EL LIBRO DE LA SEMANA

Crítica de 'Exhalación': el futuro, ese tiempo noble

Esta excelente colección de relatos de Ted Chiang utiliza la ciencia ficción como un modo de cuestionar lo que dábamos por hecho

El escritor norteamericano Ted Chiang. 

El escritor norteamericano Ted Chiang. 

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Sergi Sánchez
Sergi Sánchez

Crítico

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En el sorprendente relato inaugural de 'Exhalación', titulado 'El comerciante y el puente del alquimista', Ted Chiang se decanta por una puesta en abismo, en clave de 'Las mil y una noches', de los viajes en el tiempo, clásico argumento universal del género de ciencia-ficción. Sin embargo, los utiliza de un modo completamente original: aquí no se trata de sortear los peligros que provocaría un cambio del pasado al futuro sino de inmiscuirse en el tiempo visitado para aprender a vivir en él, para comprenderlo mejor, para salir de él siendo una persona más noble y sabia. "Nada borra el pasado. Existe el arrepentimiento, existe la enmienda, y existe el perdón. No hay más, pero con eso basta", concluye el narrador. Para Chiang, la ciencia-ficción funciona como un modo de cuestionar lo que dábamos por hecho, ya sea el libre albedrío ('Lo que se espera de nosotros'), el poder de la memoria ('La verdad del hecho, la verdad del sentimiento') o de la identidad moral ('La ansiedad es el vértigo de la libertad'). Hay algo de edificante en estos cuentos, algo que desafía a tiempos tan apocalípticos como los que vivimos, como si el género fuera un refugio para la esperanza de conocernos mejor, mal que nos pese.

A veces, muy pocas, a Chiang (en 'Exhalación', por ejemplo, el cuento menos conseguido del volumen) se le nota demasiado que se gana la vida escribiendo manuales de 'software', y el resultado es en exceso farragoso. No es, ni mucho menos, la tónica general de su prosa, que se las ingenia para explicar escenarios complejos, con imaginativos ‘gadgets’ -los digientes, mascotas robóticas que toman autoconciencia de sus deseos, en un guiño obvio a Philip K. Dick y Brian Aldiss; la Niñera Automática; un prisma llamado 'Pasarela Intermundos Maximizada'- como protagonistas estelares, con una pasmosa simplicidad, para que lo estrafalario de las premisas, tan cuánticas como cibernéticas, nunca empañe el humanismo de su punto de vista.

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La tecnología sirve, pues, para que nos enfrentemos a los miedos de nuestra soledad, y practiquemos lo que significa ser padres en una sociedad donde la inteligencia artificial aspira a rivalizar con los celos y las miserias de sus creadores ('El ciclo de vida de los elementos de software', casi una novela breve, el mejor de los relatos de 'Exhalación'). La tecnología, esa ocurrencia anacrónica en forma de portal arábigo que encapsula tiempo tras tiempo e historia tras historia, se parece mucho a la magia, si no estuviéramos en un ecosistema literario dominado por la razón pseudocientífica. Una magia que, para cerrar el círculo (la poética de lo circular, del tiempo que se curva, tan presente en 'La historia de mi vida', el cuento que inspiró la fascinante 'La llegada' de Denis Villeneuve), nos da la posibilidad de vivir en la piel de una versión mejorada de nosotros mismos, un cuerpo y un yo alternativos que tomarán decisiones para enmendar nuestros errores, aunque solo sea para que otro -cualquier lector- tome nota de lo que a la literatura aún le queda por enseñarnos.