28 nov 2020

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UNA VIVENCIA SINGULAR

Vivir en una obra maestra de la arquitectura

La fotógrafa Cristina Rodríguez de Acuña publica un libro sobre su experiencia en la famosa Casa Carvajal, referente del estilo brutalista español de los 60, donde vivió su adolescencia y parte de su vida adulta

Mauricio Bernal

Un aspecto de la Casa Carvajal.

Un aspecto de la Casa Carvajal. / CRISTINA RODRÍGUEZ DE ACUÑA

La casa Curutchet es una vivienda unifamiliar que fue diseñada por el arquitecto suizo Le Corbusier y construida entre 1949 y 1953 en la avenida 53 de La Plata, en la provincia de Buenos Aires. Es entre sus blancas paredes y espaciosas estancias donde vive uno de los personajes de ‘El hombre de al lado’, una de las mejores películas argentinas de los últimos tiempos. Su elección como escenario principal de la trama está en las antípodas de lo baladí, y más bien satisface el imperativo narrativo de que el hogar de Leonardo, su esposa y su hija sea una obra de arte. Aparte de redondear el sentido de la trama, la Curutchet depara momentos hilarantes cuando algún curioso amante de la arquitectura toca en la puerta a ver si tiene suerte y lo dejan entrar, y Leonardo responde de mala gana que es su casa, y señora, ¿usted le abre la puerta de su casa a todo el que le toca el timbre y le dice que quiere entrar?

Una amplia selección de las fotos que sirven de base al libro estarán expuestas hasta el 1 de octubre en el espacio Vitra Showroom de Madrid

Hay gente que vive en casas, pisos, apartamentos, cabañas aisladas en el bosque, y hay gente que vive en obras maestras de la arquitectura. Es imposible que algo así no deje huella: al fin y al cabo, es vivir rodeado de intención estética. La fotógrafa Cristina Rodríguez de Acuña es una de esas privilegiadas. Durante los seis años que transcurrieron entre sus 16 y sus 22 vivió con sus padres y hermanos en la famosa Casa Carvajal, la vivienda diseñada por el arquitecto Javier Carvajal para él y su familia, paradigma de la arquitectura brutalista española de los años 60 y ganadora en 1969 del premio Fritz Schumacher. Está levantada en Somosaguas, hoy conocido como un núcleo de urbanizaciones en el término municipal de Pozuelo de Alarcón, en Madrid, pero en la época en que Cristina y su familia se mudaron allí “eran como dos esculturas en medio de un descampado”, según recuerda la propia fotógrafa. Habla en plural porque eran dos casas, ambas diseñadas por el mismo arquitecto: la Carvajal, para él y su familia, y un poco más allá la García Valdecasas, para sus suegros. Las dos, paradigmáticamente brutalistas.

Una de las chimeneas de la Casa Carvajal. / CRISTINA RODRÍGUEZ DE ACUÑA

Conceptos escondidos

A los 22, Rodríguez de Acuña se marchó a México, donde estuvo ocho años, y luego a Argentina, donde estuvo cuatro. “Después volví a casa”, dice. Ya era una mujer adulta, y su manera de experimentar la casa cambió. “La había vivido en mi adolescencia, pero no la había sabido valorar. A la vuelta descubrí que es un lugar con conceptos escondidos que había que descifrar”. Fue una toma de conciencia profunda. Las visitas de arquitectos deseosos de conocer de cerca aquella maravilla del brutalismo habían sido y seguían siendo una constante, pero así como en su juventud apenas les había prestado atención, en ese momento encontró que eran una fuente inmejorable de conocimiento. “Esos arquitectos me fueron mostrando la casa. Yo me encontraba en un estado en que quería aprenderlo todo”.  Eran o bien seguidores o bien discípulos de Carvajal, gente como Ignacio Vicens, Alberto Campo Baeza o Ana Espinosa García Valdecasas, sobrina del arquitecto con quien la fotógrafa cultivó una relación estrecha.

Rodríguez de Acuña 'descubrió' realmente la casa al regresar del extranjero, donde estuvo 12 años

“Yo quería saber por qué. ‘Por qué me llama la atención esta esquina’, me preguntaba. ‘Por qué me siento tan bien aquí’. Todas esas sensaciones que iba viviendo en mi día a día las iba comunicando a Ana y a los otros arquitectos que conocían la casa. Eran sensaciones intensas que necesitaba compartir, pero además buscaba pistas para entender lo que me pasaba por dentro”. Muchos años después, Rodríguez de Acuña emprendía el viaje al fondo de la emoción. Uno puede ir al Mauritshuis y plantarse una hora frente a ‘La joven de la perla’ y sentir nada más que una vaga admiración, pero otra cosa es la emoción. Algo así vivió la fotógrafa a su regreso, y la experiencia fue de tal calibre que la ha volcado en forma de fotos y textos en el libro ‘Miradas cruzadas: la Casa Carvajal’, editado en mayo por Ediciones Asimétricas. Una amplia selección de los originales que han servido de base a la publicación estarán expuestos hasta el próximo 1 de octubre en el espacio Vitra Showroom de Madrid.

La fotógrafa Cristina Rodríguez de Acuña. / EL PERIÓDICO

El fuego y los dioses

“Es un análisis de lo que me pasa a mí cuando estoy en la casa. Tengo diferentes sensaciones cuando estoy en ella, y cada espacio me hace sentir algo distinto”. Por ejemplo: si alguien le pregunta a Rodríguez de Acuña por un espacio en concreto de la Casa Carvajal, ella mencionará “la chimenea que está entre los dos patios, en medio del salón y de la propia casa”, y luego dirá que frente a esa chimenea ha evocado “los rituales primitivos con el fuego”, y pensado en “el humo que se llevan los dioses”, y que es un lugar que le inspira tanto “pedir un deseo” como “pensar que hay algo más allá”. Al fin y al cabo, lo que la fotógrafa acabó descubriendo es lo mismo que descubre cualquiera que se deja poseer por el embrujo de las auténticas obras de arte. “La Casa Carvajal –dice– está asentada en valores profundos y espirituales”. Lo dicho: vivir rodeado de eso tiene que dejar huella.

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