29 oct 2020

Ir a contenido

ESTRENO DE CINE

África me mata

El director Esteban Crespo estrena 'Black Beach', un 'thriller' con toques almodovarianos que intenta retratar las contradicciones del continente negro desde la mirada europea

Beatriz Martínez

Candela Peña y Raúl Arévalo en una escena de ’Black Beach’.

Candela Peña y Raúl Arévalo en una escena de ’Black Beach’. / EL PERIÓDICO

Cuando tenía 25 años, el madrileño Esteban Crespo trabajó como arquitecto en Guinea Ecuatorial montando un parque nacional. Desde ese momento se enamoró del África negra. Además de varios documentales en Namibia o Botsuana, Crespo firmó el cortometraje ‘Aquel no era yo’, que estuvo nominado a los Oscar y ganó el Goya en el 2013. Giraba en torno a un niño soldado y una cooperante española.

Después de su ópera prima ‘Amar’, ahora se encarga en ‘Black Beach’ de ampliar muchos de los temas que siempre le han interesado alrededor de los vínculos contradictorios que los europeos sienten hacia el continente africano, y utiliza al protagonista que interpreta Raúl Arévalo, Carlos, como una especie de alter ego que refleja de qué manera el idealismo y el compromiso de juventud se van perdiendo por el camino. Su regreso al país en el que de joven estuvo colaborando, y donde incluso se enamoró, provocará en él un enorme impacto al darse cuenta de la precariedad, la represión y la total desprotección en que se encuentran sus habitantes. También se reencontrará con Ale (Candela Peña), que se ha mantenido fiel a las convicciones que él las dejó atrás olvidándose por completo del activismo humanitario para centrarse en ganar dinero.

Un continente transformador

“Yo viví tres vidas en Guinea Ecuatorial”, cuenta Crespo. “Por una parte te apasionas con el lugar, pero también te enfrentas a las dificultades por las que atraviesan de manera muy directa. Eso te hace relativizar mucho tus problemas, las cosas que te importan en España allí son totalmente secundarias. África te transforma y ese sentimiento tenía que estar en ‘Black Beach’”.

El título de la película hace referencia a una cárcel real donde los presos viven en condiciones lamentables, en la que se entra pero nunca se sale, y a la que tendrá que ir el protagonista a salvar a su antiguo amor de juventud. Lo que parecía un simple trámite de la multinacional en la que trabaja Carlos para esclarecer la desaparición de uno de sus empleados se convertirá en un complicado entramado de intereses económicos y políticos. La película nos lleva de la miseria en las calles a los hilos que se mueven en las Naciones Unidas, y que pasan por la corrupción de un sistema dictatorial y los privilegios de los empresarios sin escrúpulos. “Lo que más me interesaba era ir de lo macro a lo micro. En la película hay un ecosistema de injusticias sociales y quería analizar cómo repercute eso en las personas”.

Un tema de moda

En los últimos años, el cine español ha empezado a mirar al continente africano desde diferentes perspectivas. ‘Adú’, de Salvador Calvo, ‘El viaje de Marta’, de Neus Ballús, o ‘A este lado del mundo’, de David Trueba, abordan la inmigración y la posición que el ciudadano medio toma frente a esta problemática. “Hace 20 años, cuando yo quería hacer una película allí, a los productores no les interesaba invertir, no era un tema de moda. Sin embargo, ahora hay una sensibilidad diferente al respecto”.

Para Crespo, la clave está en una cuestión básica: hasta qué punto uno es capaz de mojarse. Pero no solo se trata de tomar conciencia de la situación, sino de ponerse manos a la obra para que las cosas cambien. Por eso el protagonista, Carlos, tendrá que poner en una balanza su vida llena de privilegios o lanzarse a destapar todas las maquinaciones entre el gobierno y su empresa, que inevitablemente lo condenará al exilio y a una vida en la sombra. “A veces hacer justicia puede poner en peligro tu propia vida”, dice Crespo.

Algo de melodrama

‘Black Beach’ juega con diferentes géneros. El director la define como un ‘thriller’ que esconde dentro de sí un melodrama almodovariano. Hay hijos secretos, relaciones madre e hijo muy retorcidas, traiciones de lo más variopintas y mucho sentimiento de culpa.

La película se rodó entre Ghana, Gran Canaria, Bruselas, Toledo y Madrid durante ocho semanas. Crespo no quería hacer una película de malos y buenos, sino ofrecer una mirada inquisitiva a través de un crisol de perspectivas sobre un territorio nihilista marcado por la desesperanza y donde el sentido de la ética se sitúa en primer término.