27 oct 2020

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Músicos en la ruina: "He vendido mis instrumentos para pagar el alquiler"

Músicos en la ruina: "He vendido mis instrumentos para pagar el alquiler"

Nando Cruz | 18 septiembre 2020

Cuatro artistas relatan la situación de extrema precariedad en la que se encuentran tras seis meses de pandemia

Las protestas de la plataforma Alerta Roja han hecho aflorar la indignación de una industria musical que acumula meses de inactividad y pérdidas económicas. Festivales, salas de conciertos y promotores ven el futuro muy negro. Pero bajo esa industria están los músicos, un gremio atomizado y sin apenas organización. No existe un censo de músicos en España, pero más allá de los grandes nombres hay decenas de miles que llevan más de medio año sin ingresos.

Aquella imagen romántica del confinamiento como una oportunidad para concentrarse y componer en calma ha estallado en mil pedazos. Cada vez son más los músicos que exponen abiertamente su precaria situación. Músicos que abandonan Barcelona y buscan refugio en lugares más baratos, que vuelven a casa de sus padres, que se venden instrumentos, que buscan trabajo recogiendo fruta en el campo o vendiendo filtros depuradores de agua, productores a punto de vaciar el estudio donde grababan a otros artistas, discjockeys que revenden su colección de discos. Se da el caso de cantantes que acaban de publicar disco y mientras no pueden salir de gira se ven en la necesidad de echar mano del Banc d’Aliments que en junio puso en marcha la asociación Actúa Ayuda Alimenta en el Teatre Lliure..

La situación es extremadamente grave. Para la industria, la medida más urgente es que abran las salas o que, en su defecto, llegue alguna ayuda. Para los músicos, también sería un alivio que reabriesen las salas; no solo para volver a tocar, sino porque los conciertos son uno de los pocos espacios en los que podrían vender discos. Pero en un país en el que tantísimas actuaciones se pagan en negro y sin contrato, el derecho a subsidio es inalcanzable para miles de músicos que no tienen forma de demostrar dónde y cuándo han trabajado. Y aquí no solo entra el circuito de las músicas modernas y el de los autores de canciones, sino también el del folk y el del jazz, el de habaneras y el de flamenco, el de las orquestas, el de los eventos para empresas, el de los hoteles… El oficio de subir a un escenario para interpretar música está en la cuerda floja.

"En el mundo de la música, hay los que creen que nadie lo está pasando peor que ellos y, en el otro extremo, los que les produce urticaria que un músico se queje de algo. Las dos visiones pecan del mismo problema, creo: concebir a los artistas como una estirpe diferenciada de la gente", analiza Edi Pou, batería del grupo Za! Y así, mientras se eterniza lo que Pou califica como, "falsas idealizaciones, tediosos debates gremiales y odios anticultureta", los trabajadores de la música van cayendo como moscas; como los de cualquier otro oficio. Y, a todo eso, el Estatuto del Artista que aprobó el congreso en enero del 2019 sigue guardado en el cajón de algún despacho del Ministerio de Cultura.

La desaparición de los músicos que más duramente están sufriendo esta crisis puede implicar, a su vez, la desaparición de voces críticas. Géneros enteros caracterizados por una actitud desafiante o incómoda están quedando arrinconados en favor de propuestas más amables en un momento en que una de los pocas tablas de salvación es la contratación pública. Javier Zarco, impulsor del sello Slow Walk de artistas africanos, alerta a su vez del empobrecimiento cultural que asoma. "Si la situación del músico blanco en España ya es precaria, la de los músicos que han llegado sin papeles aún es más vulnerable. Perderemos a mucha gente por el camino", intuye. La pregunta más insistente en el sector musical es: ¿cuándo volveremos a la normalidad? La inmediatamente siguiente debería ser: ¿quién podrá volver? El impacto de la crisis trasciende el gremio de músicos y afecta a toda la sociedad. Si los músicos más vulnerables cuelgan los instrumentos, cuando todo esto acabe tendremos un ecosistema musical más pobre no solo en lo económico; también, en colores y miradas.

 

Miguel Grimaldo, rapero y productor

Hace un par de semanas el rapero y productor Miguel Grimaldo anunciaba a través de su cuenta de tuiter que, con todo el dolor de su corazón, acababa de venderse uno de los aparatos con los que ha compuesto música estos años. No es el único. En el último mes y medio se ha tenido que desprender de otros dos aparatos. "No son los que más uso, obviamente, pero no tenía intención de venderlos. Lo que pasa es que ahora tengo otras prioridades y la primera es pagar el alquiler", explica desde su piso en Carabanchel. Así están las cosas para el autor del mejor disco de rap de 2019 según la revista ‘Mondo Sonoro’. 

"No tienes más que pasarte por un mercadillo virtual de compraventa de instrumentos como MercaSonic o Guitarristas para ver lo que está pasando: la gente vende todo porque tiene que comer", informa. Y Grimaldo podría contar historias de otros músicos que están sufriendo más que él. "Músicos presentes en todas las revistas especializadas", músicos que veremos actuar estos días en las fiestas de la Mercè, pero "que ahora mismo tienen que centrarse más en buscar curros para poder comer que en la música". Hasta que llegó la hora de vender los aparatos, Grimaldo cobró unos meses de paro que no había consumido, pero se le acabó en agosto. Ahora subsiste haciendo encargos en negro. 

Miguel Grimaldo / DAVID CASTRO

Grimaldo conoce a la perfección la precariedad estructural del sector porque además de músico trabaja como técnico de sonido. Su diagnóstico es el siguiente: "La cultura de este país hace aguas por todos lados. La música se entiende como un hobby, no como un trabajo, y gracias a ello muchas otras personas se han aprovechado". Por eso lamenta que las movilizaciones de la plataforma Alerta Roja "persigan medidas para los empresarios y no para cambiar de base todos los problemas que provocan que cuando aparece una situación grave nuestra industria se vea mucho más afectada que cualquier otra". Por ello su visión no es nada optimista: "Nuestro sector vive al margen de todo y vivir a margen de todo en el capitalismo implica que los empresarios son los que marcan las normas. Y estos nunca dictarán normas favorables al trabajador".

Lalo López, guitarrista de Fundación Tony Manero

Imposible no haber visto a Manel ‘Lalo’ López sobre un escenario alguna vez. Lleva 25 años ahí arriba. Como guitarrista de la Fundación Tony Manero, con Nación Funk All-Stars y en multitud de proyectos que se saca de la manga. Es un trabajador de la música en el sentido más estricto, aunque él prefiere añadir el epígrafe "músico en intermitencia de mierda". Pese a haberse preocupado siempre por defender sus derechos laborales, López sólo ha logrado sumar cuatro años cotizados en un cuarto de siglo de oficio. Y eso solo le da derecho a un año de paro. Cuando lo solicitó al inicio de la pandemia, cobrar 700 euros durante doce meses suponían un buen cojín económico para estos tiempos inciertos. Otros miembros de su banda hicieron la misma solicitud y aún esperan respuesta. Pero, como reza el tópico, lo que ocurrió después les sorprenderá.

Lalo López / ELISENDA PONS

"Este verano nos salieron dos conciertos con la Fundación Tony Manero, de modo que para poder cobrarlos y cotizar yo tendría que suspender el paro el día del concierto y volver a darme de alta al día siguiente", explica. "Y lo que en un país civilizado y con un sistema informático operativo sería un trámite rápido por internet, se convirtió en una pesadilla. Llevo ya dos meses sin que el Sepe me dé de alta de nuevo en el paro. Y ahí sigo, en un proceso kafkiano mandando formularios de los que no recibo respuesta, con lo cual tengo cero ingresos y el miedo de que si un día me lo activan de nuevo y me sale otro bolo de los Manero, ¿qué hago? ¿Me arriesgo a pasar otros dos o tres meses peleándome si al final lo que voy a cobrar por tocar va a ser menos que lo que cobro del paro? ¡Me sale más a cuenta no tocar!", exclama Lalo, prisionero de la paradoja.

La situación del guitarrista no es absolutamente desesperada. Su mujer tiene un sueldo fijo, su hijo está escolarizado en un colegio público y, en caso de necesidad, puede contar con el respaldo familiar. Pero hablamos de un músico que tras vivir sus días de gloria a principio de siglo con la ubicua ‘Super sexy girl’ no ha dejado de tocar. Esta semana actúa en las fiestas de la Mercè.

Joe Psalmist, cantante y teclista

El nigeriano Joe Psalmist lleva 15 años viviendo en Catalunya y es el prototipo de obrero invisible de la música. Además de ser cantante del grupo Alma Afrobeat y dirigir un coro africano de gospel, lidera un trío con el que solía actuar en hoteles, restaurantes, bares, bodas e incluso iglesias, donde algunos domingos ofrecía dos pases en encuentros de la comunidad nigeriana. Este verano solo ha podido salvar las actuaciones en un hotel de la Costa Brava; los otros dos, los ha perdido. Vista la situación, y sin contar con apoyo económico familiar, no le ha quedado otra que entrar a trabajar de repartidor de Amazon. 

"Ahora trabajo nueve o diez horas al día cinco días por semana", explica. Reparte unos 150 paquetes por jornada. No tiene pausa para comer. "Hay días que trabajo hasta las 6.30 de la tarde, conduzco dos horas hasta Pals, actúo en el hotel hasta las doce, conduzco otras dos horas de regreso, me voy a dormir a las dos de la madrugada y al día siguiente vuelvo a repartir para Amazon", relata. Un fin de semana empalmó tres jornadas en Amazon y dos noches en el hotel de Pals. Aún le duelen los huesos cuando lo recuerda entre risas.

Joe Psalmist / MARC VILA

Como es Amazon quien elige los días que puede librar, a menudo le toca trabajar en domingo, de modo que ha tenido que renunciar a muchos oficios para la iglesia de su comunidad. Las giras internacionales con el coro de gospel también han quedado aparcadas, por supuesto. Aun así, Joe se considera un afortunado: "He tenido más oportunidades que muchos otros músicos que conozco y que no han podido tocar ni un solo día desde hace seis meses". De hecho, su trío ha quedado reducido a dúo porque el batería ha entrado a trabajar en una fábrica. Otro músico más que ha desaparecido con la pandemia.

En la economía sumergida de la música hecha en España, paraíso del dinero en negro y la ausencia de contratos, abundan casos similares al de Joe Psalmist. Especialmente, entre músicos migrados y sin papeles. Son miles y miles de trabajadores invisibles para el sistema, sin derechos laborales pese a haber trabajado a destajo durante años.

Lil Russia, rapera

Irina Casado lleva desde niña obsesionada con la música. En la primavera del 2019 publicó su primer epé bajo su alias de rapera: Lil Russia. Tan bien le fueron las cosas en verano que en invierno se planteó dedicarse exclusivamente a la música. "Vi que con tres bolos al mes podía comer y vivir", recuerda. Cabe matizar que para Irina comer y vivir significa "vivir en un piso compartido y tener que renunciar a muchas cosas que colegas con un sueldo de mil y pico euros sí se pueden permitir. O sea, que ni comer era comer ni vivir era vivir", resume.

Lil Russia / FERRAN NADEU

"¡El 2020 iba a ser mi año!", suelta aún entusiasmada, "porque notábamos que la bola se iba haciendo grande", asegura. Su éxito era silencioso, pero real. Cifras de visualizaciones discretas en Youtube, escasa presencia en los medios molones, pero el móvil sonando continuamente porque la requerían en numerosas fiestas mayores alternativas. Y todo se congeló con el coronavirus. "El 2020 iba a ser mi año, pero no solo en lo musical. Tengo 27 años y al fin veía cerca la posibilidad de independizarme". Semanas después de que el mundo de la música quedase paralizado, Irina volvió a casa de sus padres y empezó a echar currículums. Desde julio, trabaja seis tardes a la semana en una frutería.

"Mucha gente me dice que le gustan mucho mis canciones y mi conciencia de clase. Yo respondo que si esto sigue así, dentro de un año ya no haré canciones porque no me lo podré permitir", lamenta. Su siguiente profecía es más de contexto: "Nosotros estamos muertos, pero quien monta actividades desde el pueblo y para el pueblo está igual". Se refiere a asociaciones, centros sociales y fiestas alternativas: el circuito natural de quienes se mueven al margen del circuito comercial. ¿Cuántos sobrevivirán? ¿Cuántos podrán volver a pagar unos cachés dignos? "Los pocos recursos para cultura se los ha quedado la industria potente. Las grandes empresas son las únicas que han podido montar su tinglado. La música es un poco un sistema de castas", concluye. Por eso hace un llamamiento: "Debemos cuidar la cultura de base real, la popular, la que no tiene recursos. Si un pueblo no tiene voz, nunca saldremos de esta".

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