VERSOS DE ORFEBRE

Los momentos fulgurantes de Josep Maria Fonalleras

El escritor y articulista publica 'L'estiuejant', su primer libro de poesía, donde dedica a la pandemia la parte central

El escritor y articulista de EL PERIÓDICO, Josep María Fonalleras, publicaL’estiuejant’, su primer libro de poemas. / JORDI COTRINA

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Ernest Alós
Ernest Alós

Jefe de sección de Participación

Especialista en historia, cultura, literatura fantástica y de ciencia ficción, ornitología, lenguas, Barcelona

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“'La tristesa es transforma en una eina / per treballar, com ho són per al fuster / una barrina, un martell / un ribot, una serra'”. La tristeza sobrevenida es la herramienta (más cincel o cepillo que rascan y pulen que barrena o serrucho que rasgan y perforan) que ha utilizado Josep Maria Fonalleras (Girona, 1959) para convertir en poemas las escenas vividas o observadas que agrupa en su primer libro de poesía, ‘L’estiuejant’ (Edicions Vitel·la). A menudo son momentos felices, o de éxtasis estético. Fulgurantes (puede ser una breve iluminación, pero también rayo que fulmina). Porque la tristeza viene después, cuando el poeta constata que el pasado ha quedado atrás, ha llegado el abandono o la ruptura o el equilibrio está a punto de quebrarse.

Hay algunos (o bastantes) hilos que conectan los artículos breves que publica cinco días a la semana en EL PERIÓDICO y algunos de sus poemas. Además de las ilustraciones de Leonard Beard, que en lugar de acompañar artículos del diario en este caso abren y cierran los tres bloques del libro, con un poema en 238 versos hexasílabos, que ocupa el cuerpo central, dedicado a la pandemia. ‘Sarabanda’, que empieza con “'la noticia vaga dels primers infectats'” aquel “mes dos de l’any vint” y acaba con los sufrimientos del santo Job. “Para el trabajo del diario me iba bien llevar una libreta en la que ir apuntando ideas, casi un dietario para ir teniendo un control de las cosas que iban sucediendo; entonces cada artículo iba sobre la pandemia, y parecía que hicieses algo mal hecho si escribías de alguna cosa más frívola”, explica. Escenas como los ataúdes de Bérgamo o las cajas informes con una nota –“'head'”- para saber cómo habían colocado al difunto desfilan al ritmo de la ‘Sarabande’ de Haendel. “Durante mucho tiempo hicieron un anuncio de la Generalitat que utilizaba la ‘Sarabande’. Transmitía una cierta serenidad pero la repetición daba una sensación de peso, de tiempo detenido. Un ritmo que he intentado transmitir al poema”.

Sufrimiento colectivo

De la experiencia de la pandemia Fonalleras cree que “la cosa más definitoria es que era un sufrimiento colectivo, todo el mundo estaba pasando por lo mismo, hablabas de una cosa en la que todo el mundo se podía sentir identificado desde experiencias diferentes”. Pero si algo caracteriza el resto del libro es justo lo contrario de lo colectivo. “Es una cosa que hago a menudo, que es la observación externa de un hecho que después se convierte en una aproximación más propia, más íntima; trabajarlo como poema hace que ya no formes parte de eso, certificas una ruptura. A mí me sirve mucho una definición de poesía que hacía William Woodsworth, que era la emoción recogida en la tranquilidad”. Esa emoción de un momento puede surgir en una cena con buena compañía que hoy ya no lo es, un cuadro de Tintoretto en Venecia, un cementerio en Sete, la capilla de los Scrovegni en Padua...

“Esa atención al detalle era una de las cosas que no tenía claras. Cuando di el libro a leer, algunos amigos me lo destacaron como un elogio y otros proponían que lo cambiase. Que dijese ‘un bar de Gràcia’ en lugar del Salambó. Pero era el Salambó. Yo creo -concluye- que va a favor del poema ser concreto en lugares y detalles”.

El Mediterráneo

De la lectura transversal de los poemas surgen muchos mapas. Primero uno geográfico: Girona, Roses, Sant Feliu, Banyoles, Barcelona, Sête, Roma, Padua, Venecia y Creta. “El Mediterráneo, sí”, dice. Otro, poético: citas explícitas a Vinyoli, Carner, Riba y Comadira, Valery y Szymborska, Auden y Keats, Gil de Biedma. Este mapa de lecturas también define al autor. “Me han influido en este libro y en toda mi trayectoria. Mi educación literaria nace básicamente de la poesía: de la poesía aprendes cosas importantes. El artefacto, la forma, para que después explote de sentido”.

Aún habría más mapas que trazar. Pero más eclécticos, más ligados a las circunstancias biográficas, a los viajes hechos, a las exposiciones visitadas. ¿Artes plásticas? Viola, Hocknbey, Giotto, Tintoretto, Barceló, Andrea Pozzo... ¿Música? Paolo Conte, Arcade Fire, Chicho Sánchez Ferlosio, un directo de Bruce Springsteen... ¿Escena? Pina Bausch o Shakespeare. ¿Gastronomía? Mucho café, vino blanco y un filete Wellington. De hecho, un poema podría funcionar como receta para este trozo de carne hojaldrada, y saldría.

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Más orfebre que ingeniero

Entre sus artículos, relatos o novelas no cree el autor que haya tanta distancia. “En mucha de mi prosa ya hay este intento de hacer de orfebre más que de ingeniero. Siempre he hecho cosas más bien concisas, y la poesía era esto llevado al extremo para explicar momentos fulgurantes y felices y al mismo tiempo dejar constancia de aquello que se ha perdido”. O que ya mientras los vivía temía que se iban a estropear, añade. ¿Un poco cenizo, no? El poeta levanta los hombros y sonríe resignado.  

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