27 sep 2020

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HOTEL CADOGAN (26)

Las maletas de Dovlátov

La Breu Edicions y Fulgencio Pimentel vienen recuperando la obra de un autor ruso rompedor e imprescindible

Olga Merino

El escritor ruso Sergei Dovlátov. 

El escritor ruso Sergei Dovlátov. 

A finales de junio, el Hotel Cadogan colgó el cartel de «cerrado por vacaciones», aunque a Stevens, el mayordomo, se le escapó una risilla por la sotabarba porque el servicio ocultaba otros planes. Aun cuando cubrieron los muebles de caoba con sábanas, como si los propietarios se hubiesen largado al 'cottage'en Cornualles, las criadas y los 'valets de chambre' se entregaronen el interior a la modorra asfixiante del verano, con las persianas bajadas, jugando a los señores (y a los médicos), de suerte que en su despiste se les coló por la puerta de las cocinas un tal Serguéi Dovlátov, un ruso que llegó arrastrando una maleta pesadísima y el empeño de celebrar su 'cumplemuerte' con vodka Stolíchnaya y mortadela (los muertos aquí estamos muy vivos).

Tres décadas ya que murió Dovlátov, un año antes de que se desplomara el tinglado comunista. Sucedió el 24 de agosto de 1990, en Nueva York, donde se había refugiado después de que lo 'invitaran' en 1978 a largarse de Leningrado con viento fresco por su humor cáustico, sus pullas al 'nonsense'en el paraíso del proletariado, por fijar su atenciónen quienes se habían quedado en las cunetas del sistema: los borrachines, los locos, las mujeres cargadas de exmaridos. «La única arma contra el orden soviético es el absurdo», escribió el divino y dipsómano gigantón.Como bien dijo su amigo el poeta Joseph Brodsky, otro 'exilé', Dovlátov rechazó la «tradición trágica de la literatura rusa», y, sin embargo, es rusísimo en su risa, en su escepticismo irónico, en el esperpento. Lo ruso y lo hispano se juntan en la tragicomedia, en la carcajada sin dientes.

Dovlátov no pudo publicar un carajo en la URSS, hasta que la revista 'The New Yorker' comenzó a salivar con sus relatos y lo colocó donde merecía. Aquí tenemos la inmensa suerte de que dos editoriales pequeñas, Fulgencio Pimentel y La Breu Edicions, vienen reivindicando la obra de un grande que escribía en el hueso.Lean 'La maleta' o 'Los nuestros', que acaban de salir en 'ebook'. Y en catalán, ay, debemos saludar lo bien que se acomoda la ciencia del traductor Miquel Cabal a la prosa del ruso, hasta el punto de que parece que ambos hubieran compartido vida en alguna de aquellas oficinas surrealistas de la época de Brézhnev. Se llevan como la mano y el guante de látex.