27 sep 2020

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LA MOSTRA DE VENECIA

'Hopper/Welles': duelo de superegos

Un documental presentado en la Mostra recupera una conversación mantenida entre Dennis Hopper y Orson Welles en 1970

Nando Salvà

Dennis Hopper, en un fotograma de ’Hopper/Welles’

Dennis Hopper, en un fotograma de ’Hopper/Welles’

Hace justo un año que la Mostra acogió el estreno mundial de ‘El otro lado del viento’, la película que Orson Welles dejó inacabada al morir en 1985. Había empezado a rodarla 15 años antes y, a causa de infortunios como la falta de dinero y la Revolución Islámica -es una larga historia-, los mil rollos de metraje filmado acabaron extraviándose. Como se descubrió décadas después, entre ellos había una conversación de dos horas y media que el cineasta mantuvo en su día con el actor Dennis Hopper y que nunca llegó a utilizar. Ligeramente recortada, y bautizada ‘Hopper/Welles’, esa charla ha visto la luz este martes en el festival italiano.

En 1970, Welles había perdido todo el prestigio logrado gracias a ‘Ciudadano Kane’ (1941), comúnmente considerada la mejor película de la historia; tras pasar dos décadas repudiado por Hollywood, había decidido usar ‘El otro lado del viento’ para canalizar toda la rabia acumulada contra el mundo del cine. Hopper, en cambio, acababa de estrenar su ópera prima como director, ‘Easy Rider’ (1969), que abrió el camino a una nueva generación de cineastas también integrada por Coppola, Scorsese, Altman y Cimino; ‘La última película’, que se encontraba filmando por aquel entonces, no tardaría en ser un fracaso estrepitoso, pero aquella noche, durante aquella charla, tenía el mundo del cine rendido a sus pies. Y esa disparidad de estatus entre ambos dota ‘Hopper/Welles’ de mucha más significancia que los asuntos tratados en él.

Simpatía por Franco

A lo largo de sus 130 minutos se habla de autores como Buñuel, Antonioni y De Sica, se discute sobre si el cine puede impulsar el cambio político y se debate sobre si un cineasta es un dios o un mago. Hopper recuerda que se hizo director para tener más sexo, confiesa una fijación malsana con su madre y afirma creer que sus opiniones podrían llevarlo a la cárcel; Welles farfulla de forma descreída sobre la posibilidad de que un negro ocupe la Casa Blanca, explica por qué se le acusaron de simpatizar con Francisco Franco y, al oír el nombre de Bob Dylan, pregunta: “¿Y ese quién es?”.

Resulta imposible saber cuánto hay de verdad en sus palabras y cuánto de interpretación. En todo caso, asumir que sus verdaderas personalidades condicionaron aquella conversación improvisada es demasiado tentador como para no hacerlo. Y, mientras pregunta de forma a menudo agresiva e impaciente al joven posiblemente drogado que tiene enfrente, la vieja gloria no puede evitar que sus palabras lo delaten. Por un lado, quizás presa de los celos y el resentimiento, trata una y otra vez de poner a su interlocutor contra las cuerdas; por otro, en cambio, se muestra ávido por descifrar qué tiene el director novel en la cabeza. Tal vez Welles buscó en Hopper la clave para reconectar con la industria que lo había olvidado. El tiempo demostraría que no la encontró.