28 sep 2020

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CRÍTICA

Un Goerne demasiado teatral vuelve a Vilabertran

El cantante favorito de la Schubertíada interpretó canciones de Beethoven y Brahms

Rosa Massagué

Matthias Goerne y el pianista Alexander Schmalcz en Vilabertran.

Matthias Goerne y el pianista Alexander Schmalcz en Vilabertran.

La magia de Matthias Goerne volvió a funcionar. El barítono consiguió que el público que medio llenaba la canónica de Vilabertran (distancia social obliga) acabara en pie para aplaudir a una de la voces más queridas y carismáticas de la Schubertíada. Esto era después del segundo concierto que ofreció el domingo con el mismo programa que había cantado allí mismo unas horas antes y que, según los asistentes al primero, había sido una especie de ensayo general con reserva de voz para el de la noche.

En su visita anual y con las circunstancias complicadas del momento (conciertos más breves y sin entreacto) Goerne ofreció un recital de canciones de corte popular de Ludwig van Beethoven -casi obligado por ser este año el del 250º aniversario de su nacimiento- y de Johannes Brahms. Su actuación puso en evidencia dos derivas. Una, positiva si está bien gestionada, es el oscurecimiento natural de su bella voz que ya se venía detectando en los últimos años. La otra, menos eficaz, es la excesiva teatralización de su actuación.

Menos es más

Empezó su programa con las 'Seis canciones sobre poemas de Gellert', compuestas por el genio de Bonn. El autor de los textos, Christian Fürchtegott Gellert, fue una de las figuras más relevantes de la Ilustración alemana. Sus obras tenían por objetivo inculcar el amor a la naturaleza y la fe en la religión. Son textos sencillos escritos por alguien piadoso, humilde y temeroso de Dios. Con la música de Beethoven, estos poemas reclaman una interpretación más austera, con menos dinámicas contrastadas, con una expresividad más interiorizada. Goerne hizo todo lo contrario.

El barítono hizo un salto de alrededor de medio siglo siguiendo sin embargo la huella de la música popular con la que había iniciado su actuación. Interpretó diversas canciones de las muchísimas que compuso Brahms con poemas de autores muy variados en las que aparece el neto engarce con la música folklórica, por ejemplo, con los valses campesinos. Son canciones románticas llenas de pequeños detalles. El barítono cantó todo el recital con las partituras, pero en estas canciones las seguía muy de cerca, lo que restaba ligereza a un canto también exageradamente teatralizado.

El barítono acabó volviendo a Beethoven con una de sus obras para voz más conocidas, 'An die ferne Gelibte' (A la amada lejana). La obra es al mismo tiempo, una de la más influyentes en el mundo de la canción poética. Con el engarce de las notas de final e inicio de cada una de las seis canciones Beethoven compone un ciclo, el primero de la historia. Él mismo bautizó su obra como 'Liederkreis' (Ciclo de canciones). En aquel momento, 1816, Franz Schubert ya escribía canciones, pero la obra de Beethoven le impulsó a componer sus grandes ciclos. En esta última parte del recital, Goerne matizó su expresividad ofreciendo lo mejor de toda su actuación y sorprendiendo al público con su voz siempre bella, pero más oscura y grave que promete nuevos e interesantes repertorios.

Alexander Schmalcz era, una vez más, el pianista fiel. Si en el 'lied' la parte del piano no es un acompañamiento si no que está al mismo nivel que la voz, siempre al servicio de la música, en este caso el piano está al servicio del intérprete y, a veces, como ocurrió el domingo, hay tensiones que no deberían estar ahí

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