CRÍTICA

Una trinidad musical desciende sobre Vilabertran

Florian Boesch, Juliane Banse y André Schuen dejan un listón muy alto en la Schubertíada

El barítono alemán Florian Boesch en Vilabertran, Girona. 

El barítono alemán Florian Boesch en Vilabertran, Girona.  / DAVID BORRAT

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Rosa Massagué
Rosa Massagué

Periodista

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Si el ‘lied’ como género es uno, su interpretación en la Schubertíada de Vilabertran ha sido trina gracias a las maneras muy distintas de transmitir la poesía que encierran las canciones ofrecidas por una santísima trinidad musical que lleva los nombres de Florian Boesch, Juliane Banse y André Schuen. Tiene mérito traer a la canónica ampurdanesa la excelencia de estas voces, pero aun tiene mayor merecimiento hacerlo en tiempos de pandemia, cuando la mayoría de festivales de verano --por no hablar de las programaciones estables de temporada-- han optado por la cancelación.

Después de un buen inicio de festival con el Cuarteto Quiroga y la música de Franz Schubert, el compositor vienés dominó totalmente los dos primeros recitales y, en parte, el tercero. Era la primera vez que Boesch actuaba en Vilbertran. Compromisos familiares lo habían impedido otros años. En esta ocasión (día 20), el trastorno en la vida cotidiana que ha causado el covid, lo ha permitido. El barítono austríaco interpretó ‘Die schöne müllerin’ (‘La bella molinera’), el ciclo de 20 canciones con poemas de Wilhelm Müller que Schubert compuso cuando contaba 26 años.

El hilo narrativo del ciclo tiene por protagonista a un joven caminante que se enamora de la bella molinera del título, pero ella prefiere a un cazador. Si el ciclo empieza de un modo jovial y entusiasta, acaba, como era de prever, en tragedia, con el caminante acunado por el arroyo que ha sido presencia constante y ahora es su morada final.

Una discusión interminable en el mundo liederístico es si el cantante que interprete ‘La bella molinera’ tiene que ser joven o alguien maduro, capaz de entender y reconocer el fracaso vital. Si quien lo interpreta es Florian Boesch, la discusión deja de tener sentido. El cantante austriaco no es un jovencito, se aproxima a los 50, pero su interpretación de la evolución del personaje fue de nota. Subió al escenario un joven lleno de vida y de ilusión. Acabó con la imagen del derrotado, con los hombros hundidos y la cabeza gacha.

Gran expresividad

Entre uno y otro momento, desgranó las canciones con una gran expresividad muy teatral, muy emocional, quizá no apta para los vigilantes de la ortodoxia, pero de una gran eficacia gracias a una voz que corría con extrema agilidad pese a tratarse de un bajo-barítono.  El británico Malcolm Martineau, habitual de Vilabertran, debía acompañarle al piano, pero la cuarentena impuesta por Boris Johnson a quien regrese de España impidió que viniera. En su lugar, acompañaba a Boesch el pianista Christian Koch.

Otra discusión inagotable es la de si ‘Winterreise’ (‘Viaje de invierno’), el otro ciclo completo de canciones de Schubert, lo tiene que cantar una voz masculina, a ser posible, baritonal, o femenina. La Schubertíada rompió moldes hace 28 años, cuando en su primera edición lo interpretó la mezzosoprano Brigitte Fassbaender. Ahora (día 21), lo ha hecho la soprano Juliane Banse, una asidua de Vilabertran donde ha cantado en 22 ocasiones y la discusión también dejó de tener sentido. Banse había cantado esta cima del romanticismo en compañía de una bailarina. En Vilabertran se consideró acertadamente que no hacía falta tal complemento. La soprano ofreció el triste y dramático recorrido del caminante del ciclo de manera muy alejada a como había cantado Boesch. Lo hizo con una mirada muy interior, muy íntima, con un canto refinado y elegante. Pero en este recital ocurrió algo insólito.

Exhibición pianística

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Decía Martineau en una entrevista en el programa digital de mano del festival que el cantante es más importante que el pianista porque es el que tiene el texto y explica la historia. Pero, añadía que desde el punto de vista musical, los dos son iguales. En el recital de Banse no ocurrió ni una cosa ni la otra. Al piano estaba el gran Wolfram Rieger y, sin dejar de ser el colchón sonoro que arropa a la soprano ni desmerecer en ningún momento su trabajo, hizo una exhibición de cómo tocar el instrumento en el mundo de la canción poética difícil de olvidar.

Completaba la trinidad ‘liederística’ André Schuen. Interpretó canciones de Schubert, pero también otras de Gustav Mahler, las ‘Canciones de un compañero de viaje’ y los conocidos como ‘Rückert lieder’, con el pianista Daniel Heide. Era la tercera vez que el barítono acudía Vilabertran. Había mucha expectación porque siempre había dejado muy buen recuerdo. En esta ocasión superó todo lo que había hecho antes en la Schubertíada. Su voz es de una gran belleza. La dicción y la técnica, impecables. Si algún reproche se le puede hacer es el de su juventud para interpretar las atormentadas canciones de Mahler. El público de la canónica puesto en pie le aplaudió a rabiar. Respondió con una gran generosidad, con cinco propinas.