RADIOGRAFÍA DEL GÉNERO

¿El cine de terror está en crisis?

Estos tiempos de incertidumbre reabren el debate sobre la supuesta mala salud del género y su futuro, pero la última década ha dejado un gran número de extraordinarias propuestas artísticas y magníficos creadores

Toni Colette, en un fotograma de ’Hereditary’, de Ari Aster

Toni Colette, en un fotograma de ’Hereditary’, de Ari Aster

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Uno de los debates que brotan cíclicamente en los medios y en las redes es la posible crisis del cine de terror. Ha vuelto a pasar las últimas semanas, y es lógico: en tiempos de incertidumbre es normal dudar del futuro de todo. No sabemos cómo será el cine de terror que nos espera: ¿Cómo responderá al revés económico del 2020? ¿Las plataformas jugarán a su favor? ¿Qué géneros y temas latirán en las películas que están por venir? El pronóstico no es fácil: de momento es difícil sacar patrones claros, más allá de cierta tendencia a hablar del aislamiento y del desconcierto (por desgracia, los temas estrella de este año) en los filmes de la próxima temporada. Pero no deja de ser sorprendente que se hable de la crisis de un género que los últimos años ha deparado infinitas alegrías.

Es importante dejar constancia de la cantidad de propuestas extraordinarias, talentos sorprendentes y nuevas vías de exploración del género que ha generado el terror de la última década. Hay mil cronologías posibles para probarlo. Por ejemplo esta: 2011 arranca con ‘La cabaña en el bosque’, monumental ensayo sobre el propio género que pronostica una década gloriosa para la fantasía y el terror. En el 2017, David Lynch lleva el miedo a otra dimensión en ‘Twin Peaks: The return’. Y en el 2018 se estrena ‘Hereditary’, predestinada a convertirse en clásico. Por mal (y no es el caso) que pinte el 2021, ¿no es un poco audaz decir que el cine de terror está en crisis?

Es imposible resumir lo que ha dado de sí el género esta última década: siempre quedarán películas fuera. No se ahondará en este texto en consideraciones industriales: mapear, por ejemplo, las productoras de terror (o con predilección por él) que han despegado esta década, entre ellas Blumhouse, A24, Atomic Monster o SpectreVision, daría para otro artículo. Pero, centrándonos en cuestiones artísticas y dejando a un lado las series (excepto por la alusión a ‘Twin Peaks’), aquí va un posible resumen de 10 años de esplendor.

Fotograma de 'Un lugar tranquilo', de John Krasinski.

El cine comercial bien, gracias

Para empezar, llevamos varios años de un cine de terror comercial magnífico, entendiendo por comercial un cine que busca al espectador, que pretende comunicarse independientemente de si al final es un éxito o no en taquilla. La figura más importante de este cine mayoritario es James Wan. El director de ‘Expediente Warren: The Conjuring’ (2013) es un virtuoso que controla como nadie los mecanismos del género y diseña los mejores sustos. No es fácil hacerle sombra, como no es fácil hacérsela a M. Night Shyamalan, otro cineasta popular que estos últimos años ha dirigido dos películas de terror extraordinarias: ‘La visita’ (2015) y ‘Múltiple’ (2016).

No es fácil hacer sombra a James Wan y M. Night Shyamalan en lo que toca al cine de terror comercial

Pero esta década han sido varios los cineastas que han brillado con propuestas comerciales que, en muchos casos, han sido también éxitos de taquilla: Scott Derrickson (‘Sinister’), Fede Álvarez (‘Posesión infernal’, ‘No respires’), John Krasinski (‘Un lugar tranquilo’), Andy Muschietti (‘It’ e ‘It: Capítulo 2’) o Mike Flanagan. ‘Doctor sueño’ (2019), la película más ambiciosa de este último, no fue un exitazo. Pero él es interesantísimo por cómo ha dinamitado estilísticamente el ‘blockbuster’.

A vueltas con el “terror elevado”

Pero al terror, a su pesar, también le han pasado cosas malas últimamente. Y una es la aparición de la etiqueta “terror elevado”, utilizada para cuestionarse filmes extraordinarios alegando que en ellos el terror es más la excusa que el fin. El escapulario le ha caído, por ejemplo, a las películas de Jordan Peele (‘Déjame salir’, ‘Nosotros’) y de Ari Aster (‘Hereditary’, ‘Midsommar’). El primero ha sido acusado de “sacrílego” por estar más pendiente de la dimensión política de sus propuestas que de la pesadilla en sí. El segundo, por atreverse a trabajar materiales como las enfermedades mentales y las relaciones tóxicas utilizando las herramientas del género (como si Roman Polanski, William Friedkin y Nicolas Roeg no lo hubieran hecho antes). Esa etiqueta también ha recaído sobre películas entendidas como acercamientos esnob, artificiales y deshonestos al género. Hay dos casos claros: los filmes de Robert Eggers –quizá más ‘El faro’ (2019) que ‘La bruja’ (2015)– e ‘It Follows’ (2014), de David Robert Mitchell, los tres magníficos.

Daniel Kaluuya en 'Déjame salir', de Jordan Peele.

Es cierto que es incómodo cuando la fantasía y el terror son meros recursos estéticos, cuando los cineastas solo recurren a ellos para darle un toque exótico a relatos que van por otro lado. Y está de moda: por favor, no más melodramas familiares y cine social disfrazados de película de terror. Tampoco más cine ‘art house’ con arreglitos fantásticos. Pero los cineastas citados en este bloque están por encima de eso. Más allá de la carga emocional, reflexiva o de compromiso que sostienen, sus películas son ejercicios incuestionables de cine fantástico y de terror. Son obras perfectas en su ambivalencia y sus autores, algunas de las voces más estimulantes en activo.

Las películas de directoras han marcado el cine de terror de la última época

Aun así, hay otros cineastas de prestigio, muchos programados en festivales que años atrás no habrían tocado una película fantástica o de terror ni con un palo, cuyo acercamiento a estos géneros es más discutible: ¿Cómo se relaciona con ellos, por ejemplo, Yorgos Lanthimos (‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, 2017) y Bertrand Bonello, de quien se acaba de estrenar en España ‘Zombi Child’ (2019)?

Terror hecho por mujeres

Otra cosa que ha marcado el cine de terror de la última década son las películas de directoras. Filmes como ‘La invitación’ (Karyn Kusama, 2015), ‘The Love Witch’ (Anna Biller, 2016) y la fundamental ‘Babadook’ (Jennifer Kent, 2014) son algunas de las películas del género más estimulantes de los últimos años. Aunque la relación de las mujeres con el terror viene de lejos, los últimos años han coincidido dos cosas. Por un lado, la consolidación de cineastas como Kusama y Biller. Por otro, la aparición de una nueva generación de directoras de terror, entre ellas Kent, Ana Lily Amirpour (‘Una chica vuelve a casa sola de noche’), Alice Lowe (‘Prevenge’), Issa López (‘Tigers are not afraid’) y Julia Ducournau (‘Crudo’).

La mayoría de sus películas coinciden en su ambición temática (la maternidad, la pérdida) y están planteadas desde la experiencia. Hay ahí una búsqueda valiosa de nuevas narrativas asociadas a la expresión de lo íntimo (y de lo silenciado durante demasiado tiempo). Pronto veremos ‘Relic’ (2019) y ‘She Dies Tomorrow’ (2020), que siguen la senda.

Un fotograma de 'Babadook', de Jennifer Kent.

El terror sin coartadas

¿Y queda espacio para ese terror puro y sin coartadas? Por mucho entusiasmo que produzcan la mayoría de las películas citadas hasta ahora, es innegable que el cine de terror de los últimos años está señalado por la intensidad (en los temas, en las emociones). Ni siquiera éxitos comerciales como ‘It’ e ‘It: Capítulo 2’ o ‘El hombre invisible’ (2020), de Leigh Whannell, están exentos de esa gravedad. De maneras distintas, los tres hablan de forma directa de acoso (como lo hace la novela de Stephen King en la que se basan los dos primeros). E incluso una propuesta como ‘Verónica’ (2017), quizá la película española de terror más relevante de los últimos años, encierra una reflexión contundente sobre la adolescencia y el relato punzante de una época.

Veteranos como Rob Zombie y Richard Stanley siguen haciendo cine fantástico y de terror sin subterfugios

Pero, en paralelo a esa corriente dominante y dentro de los parámetros de un cine independiente, sigue gestándose un cine fantástico y de terror sin subterfugios. Lo practican veteranos como Rob Zombie y Richard Stanley, este último recuperado para la ficción por SpectreVision con ‘Color out of space’ (2019), recién estrenada en España. Pero también está en manos de una nueva generación de directores, a su vez muy conectados (por el universo que describen y el ánimo que capturan) con una nueva generación de espectadores de cine de terror. Es el caso, por ejemplo, de la pareja artística Justin Benson & Aaron Moorhead (‘El infinito’, 2017) o de Adam Egypt Mortimer (‘Daniel no es real’, 2019). Sus filmes no son meros entretenimientos, manejan asuntos complejos, pero ellos defienden a capa y espada la pureza del género.

Nicolas Cage, en 'Mandy', de Panos Cosmatos.

Flecos sueltos

Por esa dificultad de resumir una década, quedan flecos. Es el caso de algunas películas de terror de esta década que, pese a ser fundamentales, son difíciles de encasillar: ‘The neon demon’ (Nicolas Winding Refn, 2016), ‘In fabric’ (Peter Strickland, 2018), las películas de Oz Perkins (‘Soy la bonita criatura que vive en esta casa’, 2016), la inmensa ‘Mandy’ (2018), de Panos Cosmatos, o 'Under the skin' (Jonathan Glazer, 2015), aunque esta se halle en un terreno intermedio entre el terror y la ciencia ficción. Quizá sea porque están más ligadas a la intimidad de sus autores que al propio género.

Y es también el caso del cine asiático y del cine de terror tecnológico. Pese a la importancia de filmes como ‘Train to Busan’ (2016) o ‘El extraño’ (2016), quizá no haya sido esta la década más fértil para el terror asiático. Pero no hay que olvidar que es la década de ‘Parásitos’ (2019), que sin ajustarse en exclusiva al género lo toca directamente, y que merece espacio en el relato de los últimos años del cine de terror por algo evidente: su éxito merecido pero inaudito (Cannes, los Oscar) ha hecho volar por los aires cualquier resto de clasismo hacia los géneros puros.

No hay que olvidar que es la década de 'Parásitos', que sin ajustarse en exclusiva al género, lo toca directamente

Sobre el terror tecnológico, pese a aciertos como ‘Cam’ (2018), la cosa apuntaba floja hasta que llegó ‘Host’, la película de terror de moda, rodada durante el confinamiento y sobre una sesión de espiritismo vía Zoom. Sin estreno previsto en España, quizá quede como un magnífico entretenimiento aislado. Pero sería maravilloso que el cine de terror que está por venir se contagie de su ingenio, su desparpajo, su consciencia del presente y su forma de arrastrar hacia el terror las imágenes tecnológicas que hemos asumido como una prolongación de nosotros mismos.

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