18 sep 2020

Ir a contenido

ENTREVISTA

Amaral: "Estamos por la guerra de guerrillas"

El dúo zaragozano ofrece sendos conciertos acústicos en el Festival de la Porta Ferrada con su estructura reducida y el ánimo de "demostrar que se pueden hacer las cosas de manera segura"

Jordi Bianciotto

Eva y Juan Amaral

Eva y Juan Amaral

La gira ‘Salto al color’, que Amaral iba a ofrecer este verano, se ha trasformado en una serie de conciertos acústicos para audiencias reducidas, como los que el dúo zaragozano ofrecerá este fin de semana en el Festival de la Porta Ferrada (sábado y domingo). Hablamos con Eva Amaral y Juan Aguirre.

En estos conciertos entran en el escenario con mascarillas, como gesto de complicidad con el público, y se crea un momento inicial de una extraña emotividad. Este verano, ¿en el ambiente hay algo más que música?

Eva. Subirse a un escenario en estos momentos es muy emocionante. Cuando pisamos las tablas yo no puedo refrenar las lágrimas. Me pasa todas las noches en esta gira acústica. Es algo involuntario, completamente. Ves a la gente emocionada por poder asistir a un concierto, incluso bajándose la mascarilla para secarse las lágrimas, y tú vas detrás. De repente descubrimos una conexión a través de la música, y vemos que esta experiencia traumática nos ha unido. Es muy incómodo estar de gira en estas circunstancias, yo eso lo confieso, pero merece la pena por ver a personas disfrutando en medio de esa situación tan extraña y desoladora.

Juan. Salir con las mascarillas es también un gesto hacia toda la gente que trabaja en la organización de los conciertos, que está haciendo un esfuerzo tan grande. Cuando aceptamos el reto de esta gira, fue porque nos apetecía mucho tocar y porque nos apetecía vivir esto girando.

La pandemia ha tenido consecuencias artísticas en Amaral: ‘Salto al color’ es un disco de texturas muy elaboradas y con peso de la electrónica, y ahora se ven tocando con guitarras acústicas.

Juan. Es la vez que la puesta en escena dista más de más de la propuesta de la banda. Aunque Eva se lleve el MS-20, el ‘sinte’ que tiene a su derecha, y yo, los ‘loops’, el concierto es muy desnudo, jugando con el silencio y con las guitarras tocadas a tiempo real. El disco se hizo con tecnología del siglo XXI, y el concierto es, sobre todo, del siglo XX. Pero hemos hecho algunos hallazgos sónicos que me gustaría conservar en el futuro: ciertas combinaciones, tratamientos de las guitarras acústicas más propios de las eléctricas, que Eva utilice la guitarra como instrumento de percusión, lo cual tiene que ver con su pasado tocando la batería...

Eva. Este verano no podemos apelar a la parte del baile, sino más bien a la belleza de las melodías y a la capacidad de improvisar de dos personas solas en escena.

Eva, la posición de la voz solista, ¿es más comprometida?

Eva. Las guitarras de Juan están pensadas para arropar mi voz. Él no piensa solo en su parte, sino en la canción y en la voz, utilizando notas que no peleen con las mías. Los dos nos vamos buscando.

Juan. Además de varias guitarras acústicas, llevamos una eléctrica y elegimos la que tenía unas frecuencias menos invasivas con su voz, la Gibson anaranjada, por esa razón. La mayoría de los músicos que nos han influido son aquellos que han tocado al servicio de la canción, lejos de exhibicionismos individualistas: los músicos que tocan con Beth Gibbons, o con Morrissey, o con Leonard Cohen... Uno de estos, Javier Mas, era de nuestra ciudad, por cierto.

Les gusta manejar muchas influencias musicales: el recientemente fallecido Ennio Morricone, por ejemplo, a quien homenajean en un momento del concierto.

Juan. Hace unos días, en una actuación, Eva dijo que ‘Sin ti no soy nada’ no la habríamos arreglado tal como es si no hubiéramos escuchado a Ennio Morricone. Así fue, la recuerdo hablando de los ‘spaghetti westerns’ cuando grabamos el tema en Londres.

Eva. Esa escena del tema ‘The ecstasy of gold’ (de ‘El feo, el bueno y el malo’, 1966), en el cementerio, cuando gira la cámara en redondo..., me parece una cosa espectacular. Cuando veo esas imágenes, lloro. Es increíble lo que aporta ahí la música.

Y Paco Ibáñez, a quien lanzan un guiño con ‘A galopar’, ¿forma parte de su mundo?

Eva. En ‘A galopar’ hay algo muy profundo, una fortaleza... ¡En realidad, es rock’n’roll! Lo que cuenta es muy espiritual, y siempre me ha fascinado su energía.

Juan. Paco Ibáñez está en el aire. No sé por qué.

Eva. ¡Es nuestro Johnny Cash!

Circula esa viñeta que apunta que, desde que murió David Bowie, en el 2016, todo ha ido a peor. ¿Sienten nostalgia del siglo XX?

Juan. Yo tengo nostalgia por artistas concretos, pero somos bastante entusiastas de las cosas nuevas que vamos descubriendo, incluso del pop más comercial. Igual podemos escuchar viejos discos de folk de Pentangle que a Rihanna o Beyoncé, que hacen cosas tan buenas como las de la Motown en su día. Sí que echamos de menos las bandas que nos movieron a ahorrar para comprarnos una guitarra. Es lógico. A Bowie lo amamos. Probablemente sea el artista que más nos ha influido, y no solo sónicamente. El día que murió, me puse a llorar yo solo en la cocina. Y él nunca jugó con la nostalgia, y sus discos de madurez fueron buenísimos: ‘Heathen’ (2002), por ejemplo, con el tiempo será tan valorado como ‘Aladdin sane’ o ‘Low’.

En su último álbum hay trazos de ritmos latinos. ¿Hablar de reguetón es mencionar una palabra maldita, o no hay que darle más importancia?

Eva. Para nosotros, en la música no hay nada que sea maldito. Ese mundo rítmico siempre nos ha interesado, porque en el nuestro, que es más anglosajón, los patrones son más rígidos.

Juan. Ya cuando grabamos el segundo disco, en Brixton, recuerdo que salías a la calle y atravesabas el mercado, y la música que te llegaba no tenía nada que ver con ‘Ziggy Stardust’: era un mundo jamaicano. Comenzamos a obsesionarnos con los graves, pero nosotros no sacamos nada a la luz hasta que no lo sentimos nuestro. En el disco, la muestra más evidente es ‘Bien alta la mirada’, hecha con un ‘loop’ de percusión. Y luego, de la que más orgulloso me siento es de ‘Ruido’, que a mí me lleva a los discos de Moreno Veloso. Pero todo eso lo hacemos sin olvidarnos de que somos de Zaragoza.

Cuando vemos a artistas populares, como Amaral, dando conciertos, aunque sean de pequeño aforo, se puede pensar que la música no está tan mal y que las cosas siguen adelante, pero hay una parte oscura: las salas, los instrumentistas, los técnicos...

Juan. Uno de los motivos para hacer esta gira ha sido pensar en nuestro equipo técnico. Podíamos parar y esperar a que volvieran los conciertos grandes, con la escenografía y la banda entera, o salir ahora con una parte del equipo técnico, que es, a cortísimo plazo, una manera de generar actividad. Hay gente que lleva veinte años con nosotros. Los técnicos son los grandes olvidados.

Eva. Lo de salir de gira ahora ha sido también por seguir ofreciendo trabajo. No podemos viajar todos, veintitantas personas. Además, juntos en el autobús, sería incluso irresponsable. Pero hacemos guerra de guerrillas: un equipo pequeño con el que podamos reaccionar con rapidez ante las dificultades que vayan saliendo.

Juan. También se trata de abrir camino y de intentar demostrar que se pueden hacer cosas de manera segura.

Entre las actitudes posibles ante la pandemia, hay dos extremos: el de que todo irá bien y el de buscar un extraño confort en el pesimismo. ¿Dónde se sitúan?

Eva. Tenemos sentimientos contradictorios. Yo lo único que puedo pensar es que, por favor, se termine esta situación, por la parte sanitaria. Muy optimista no soy, pero creo que nuestra obligación es serlo. Porque si se nos hunde la moral no saldremos de esta. Pero como sociedad hemos vivido un trauma. Hay generaciones de niños de seis años a los que les han dicho que tienen que mantener unas distancias con sus compañeros de juego. Esto va a pasar factura. A ver todo esto cómo lo encaminamos, y si intentamos aprender algo de ello.