18 sep 2020

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MUSEOS SINGULARES (4)

La piel se curtía así

El Museu de la Pell de Igualada rinde homenaje a la tradición industrial de la ciudad mediante un viaje en el tiempo para enseñar la evolución del oficio

Mauricio Bernal

Vista interior de Cal Granotes, la curtiduría del siglo XVIII donde está una de las sedes del museo.

Vista interior de Cal Granotes, la curtiduría del siglo XVIII donde está una de las sedes del museo. / MUSEU DE LA PELL

Comoquiera que Igualada y ‘piel’ vienen a ser dos palabras hermanas, no es sino producto de la naturalidad el Museu de la Pell que acoge la capital de L’Anoia, homenaje y centro de divulgación del que viene siendo uno de los principales orgullos de la ciudad; si no el principal. Al fin y al cabo, el oficio siempre estuvo aquí, si uno está dispuesto a conceder que 10 siglos conforman una especie de siempre, y es por valores como “la tenacidad” y ahíncos como “el esfuerzo” que transita el visitante al poner los pies en Cal Granotes y Cal Boyer, las dos sustanciales patas del museo, según explica su directora, Glòria Escala. “Nos gusta explicarlo de esa forma –dice–: que son mil años de oficio y de valores”.

Cal Granotes, una de las dos sedes del museo, es una auténtica curtiduría que data del siglo XVIII

Cal Boyer, el edificio principal, el museo propiamente dicho, es una antigua fábrica algodonera de finales del siglo XIX transformada para la experiencia museística, y Cal Granotes, a unos 300 metros, es una auténtica curtiduría que data del siglo XVIII. “Donde explicamos cómo se curtía la piel de forma artesanal, antes de la mecanización”, dice la directora. “Es lo que más le gusta a la gente”. Antes de la mecanización el oficio era especialmente arduo, y Cal Granotes se precia de saber trasladar esa dureza. En cierto modo, la antigua curtiduría es una sensación, y para acentuarla se trabajan detalles como la luz, escasa en aquellos tiempos, “porque se trabajaba así, con poca luz”. No es otra cosa que la recreación de un ambiente.

El bombo

Cal Boyer es más museo, más explicación que sensación, y su voluntad es conducir al visitante de lo preindustrial a lo industrial, con atención especial a los dos grandes elementos que sustentan el oficio: el agua y la piel. Pues se tienen ambas o no hay curtiembre. De todos los objetos que conforman la colección, la directora tiene uno por representativo: “el bombo”, dice sin dudar. “Fue un elemento clave de la mecanización del curtido”, explica. Grande, barrigón e imponente, con sus aires de viajero del tiempo. Luego, justo después del bombo, la colección de guadamaniles: las pieles trabajadas, repujadas y pintadas que en tiempos fueron empleadas como decoración de palacios y espacios religiosos. “Como paneles decorativos”, explica Escala. “Es un museo de patrimonio industrial, dirigido a a las personas a las que les gusta saber cómo se hacen las cosas, pero más allá de eso nos gusta pensar que el museo explica una forma de ser”. Que es, naturalmente, donde confluye todo.

"Son más de mil años de oficio y valores", explica la directora del centro, Glòria Escala

“El oficio de curtir la piel está íntimamente ligado con la historia de Igualada”, subraya, y quién sabe si es necesario. En el XVIII, siglo de oro del oficio en la ciudad, se llegaron a contar más de 200 curtiembres en la calle del Rec, trazada junto al canal de riego de cuya agua dependía el oficio tanto para ser como para prosperar; pero aún hoy la precede su fama. “Es un referente mundial, y grandes marcas como Gucci o Loewe utilizan el producto de aquí”. Es decir que si los derroteros de este verano de turismo por lo próximo llevan a alguien a la capital de L’Anoia, aunque sea de paso, en fin: se recomienda parar. Para aprender y para sentir y porque rara es la ocasión de volver de vacaciones con una foto junto a un bombo.