23 sep 2020

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UNA HABITACIÓN CON VISTAS (4)

Despedida en Castelldefels

El actor George Sanders se suicidó en el Hotel Rey Don Jaime el 25 de abril de 1972

Junto al cadáver se hallaron cinco tubos de pastillas sedantes

Olga Merino

Sanders, en una escena de ’Eva al desnudo’ (1950), papel por el que ganó el Oscar a mejor actor de reparto.

Sanders, en una escena de ’Eva al desnudo’ (1950), papel por el que ganó el Oscar a mejor actor de reparto. / EL PERIÓDICO

Hace cuatro veranos, estuve tentada de hospedarme durante una semana en el Gran Hotel Rey Don Jaime, en la misma habitación donde George Sanders se quitó la vida, con el supuesto propósito de desencallar una novela, la última, que habla de suicidios. La piscina, magnífica, y la playa a un paseo de 15 minutos. ¿Nadar o se trataba de escribir? Al final, como no alcanzaba la pasta, me desengañé de un plan que a fin de cuentas tampoco derrochaba originalidad: puñados de mitómanos habían pedido antes la pieza para alojarse. Todavía hoy, casi 50 años después, la historia atrae con una corriente magnética: ¿por qué decidió el actor quitarse de en medio? ¿Y cómo diablos eligió Castelldefels?

Un coche lo esperaba en El Prat para trasladarlo al hotel, donde le habían asignado la habitación número tres, con vistas a los pinos del Garraf

El 22 de abril de 1972, Sanders, el canalla inolvidable en películas como ‘Rebecca’ y ‘Eva al desnudo’, aterrizó en el aeropuerto de El Prat procedente de Mallorca, donde había vivido por temporadas. Un coche lo estaba esperando para trasladarlo al hotel, donde le habían asignado la habitación número tres, cuya terraza no abocaba al mar, sino al otro lado, a los pinos del Garraf. Iba a quedarse cuatro días.

Tumbos en el hotel

Quien más ha indagado en las circunstancias que rodearon la muerte del actor en Castelldefels es el historiador y novelista Jorge Navarro Pérez, cuyo interés por el asunto lo llevó a entrevistar, y publicar sus pesquisas en la revista literaria ‘Alga’, a las personas que lo atendieron en sus últimas horas, como la recepcionista del Rey Don Jaime. A Divina Arbeo, que así se llamaba la señora, le sorprendieron el porte aristocrático y las hechuras del huésped, que a los 65 años llevaba con suma elegancia sus 192 centímetros de estatura, añadidos a la voz de barítono y la exquisita dicción inglesa. Divina no llegó a verlo borracho porque su turno acababa a las cuatro, pero los camareros le contaron que bebía mucho vodka, que a veces llegaba al hotel dando tumbos. Siempre solo. Se había casado cuatro veces, entre ellas, la boda más sonada y tormentosa con la actriz húngara Zsa Zsa Gabor.

El gran secundario dejó dos notas manuscritas: en una le hacía un guiño a la posteridad y en la otra pedía que avisaran a su hermana en Inglaterra

Al parecer, durante su breve estancia en el Baix Llobregat, mantuvo tratos con una agencia inmobiliaria, con la intención de comprarse una propiedad. Acababa de vender su amada casa en Palma, en el barrio de Génova, por la insistencia de una de sus últimas novias, y aún se mordía los puños de arrepentimiento. Pero ¿había algo más? ¿Lo tenía planificado? Su biógrafo y amigo, el también actor Brian Aherne, relató que Sanders había padecido una embolia, y al constatar que el accidente vascular le impediría seguir tocando el piano, acabó destrozándolo con un hacha. Qué tipo, o todo o nada. ¿Quién se escondía tras el dandi retorcido y sin escrúpulos de las películas? En su autobiografía ‘Memorias de un farsante profesional’ (1960), Sanders confesaba: “En la pantalla suelo ser un cínico de modales exquisitos, cruel con las mujeres e inmune a sus insinuaciones y caprichos. Esa es mi máscara, y me ha servido bien durante 25 años […] para proteger mi naturaleza ultrasensible”.

Nembutal y whisky

En la mañana del 25 de abril, Divina acudió a despertarlo, como le había encargado la víspera para coger a tiempo un vuelo a París, pero Sanders no contestaba a los insistentes golpes en la puerta. El entonces director del hotel, Juan Carbonell, dio orden de abrir con la llave de paso. Y allí estaba, desnudo sobre el suelo, con cinco tubos vacíos de un sedante llamado Nembutal y una botella de whisky en la mesita. El guardia civil que acudió al lugar de los hechos, Manuel Leandres Sierra, recordaba la pátina violácea del cadáver por el envenenamiento y que había unos 7.000 dólares esparcidos por la habitación. El actor dejó dos notas de su puño y letra: “Querido mundo: ya he vivido bastante, y prolongarlo sería un aburrimiento. Os dejo con vuestras preocupaciones, vuestra basura y vuestra mierda fertilizante en esta dulce letrina. Buena suerte”. En la segunda, en perfecto castellano, pedía que se avisara a su hermana Margaret, en Sussex, y advertía que había suficiente dinero para pagar el desaguisado.

La Guardia Civil tuvo que sacar el cuerpo por la ventana ante la expectación a las puertas del establecimiento

A decir del cabo Sierra, hubo que sacar el cadáver por la ventana ante la expectación que se había arracimado a las puertas del hotel, mientras en el cuartelillo no cesaba de berrear el teléfono con llamadas de periodistas de todo el mundo que pedían detalles. Hecha la autopsia, repatriaron el cadáver a Inglaterra para las exequias y luego esparcieron sus cenizas en el Canal de la Mancha. Una muerte shakesperiana para el mejor secundario de Hollywood.