15 ago 2020

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PAISAJES CON MÚSICA Y LETRA (2)

Marc Almond y la Barcelona portuaria

El cantante de Soft Cell cayó rendido en los 80 a la capital catalana y a sus ambientes canallescos y trabajó con Manolo García

El músico británico compuso una canción inspirada en el personaje Anarcoma, creado por Nazario en 'El Víbora'

Jordi Bianciotto

Marc Almond, en el barcelonés CCCB, en el 2000.

Marc Almond, en el barcelonés CCCB, en el 2000. / JOAN CORTADELLAS

La Barcelona portuaria de los 80 podía ser bastante incómoda para sus habitantes, pero de lo más atrayente para guiris en busca de exotismos ultramontanos, como Marc Almond, que vio en ella la proyección de sus fantasías más extremas y decadentes. La ciudad del Bagdad, del Barcelona de Noche y del bar Kike le atrapó desde que, en 1983, pasó por Studio 54 con el dúo Soft Cell, subido a la ola del éxito de ‘Tainted love’.

Hace 13 años, en una entrevista con este diario, confesaba haberse “enamorado” de Barcelona en aquellos tiempos, ya que perderse por sus callejuelas más oscuras, decía, “era como vivir en una novela de Jean Genet o en una canción de Jacques Brel: el puerto, la carabela, los bares de absenta, La Paloma...”, recitaba entusiasmado. La capital catalana conservaba aún en el siglo XXI “una identidad y un punto de locura”, observaba. Menos mal. Y nos consta que Marc Almond sigue visitándonos de vez en cuando, con discreción, recalando por lo general en su querido hotel Colón.

En la Barceloneta pre-olímpica

Testimonios de aquella pasión condal son un par de delirantes videos, de las canciones ‘Melancholy rose’ y ‘Mother fist’, de 1987. Ojos como platos: Almond, saliendo de un ataúd arrastrado por una caravana de ‘freakies’ (entre ellos el recordado Llàtzer Escarceller, el ‘avi’ de ‘Filiprim’), poniéndose teatral ante los decrépitos baños de Sant Sebastià, danzando en La Paloma con sombrero cordobés y deleitándose con los neones de los clubs de la parte baja de la Rambla, como el Panam’s. Clips ambos dirigidos por Peter Christopherson, el que fuera miembro del equipo de diseño Hipgnosis (aquellas portadas de Pink Floyd, etcétera) y músico integrante de los pioneros grupos industriales Throbbing Gristle y Psychic TV.

Se sitúa a veces a Manolo García en el origen de esa conexión de Almond con Barcelona, pero su encuentro no tuvo lugar aquí sino un poco más al sur, en Ibiza. Recién disueltos Los Rápidos, poco antes de crear Los Burros (el precedente directo de El Último de la Fila), Manolo fue requerido por el promotor Pino Sagliocco para participar como compositor en un proyecto en los rampantes estudios Ibiza Sound. “Le dije a Pino: ‘mira, voy mal de pasta, así que déjate de derechos de autor y dame un dinerillo por cada canción y ya me espabilo’. Me propuso darme 10.000 pelas por tema, y yo, encantado”, explica Manolo García. En Ibiza se dejó caer Almond, así como Nina Hagen. “Aquello era una fiesta y un disparate continuo y yo era un pueblerino al que solo faltaba la boina”.

De ahí surgió el único disco del grupo Europa 2, con piezas suyas (no acreditadas), y por otro carril, el aflamencado tema ‘Cara a cara’, “la historia de un niño que torea a la luz de la luna”, con letra de García y música suya en colaboración con Jaime Stinus. Composición que entusiasmó a Almond, que “estaba prendado del rollo español, los toros, las castañuelas...” y que la grabó, en castellano, con destino a una cara B de ‘single’ y, años después, a la antología de rarezas ‘A virgin’s tale’ (1992).

Un detective trans

A Almond, fan de Concha Piquer y Rocío Jurado, le chifló el ‘underground’ barcelonés proyectado en las páginas de ‘El Víbora’, y compuso un tema, ‘Anarcoma’, inspirado en el personaje del mismo nombre, aquel detective trans, “mitad Humphrey Bogart, mitad Lauren Bacall”, creado por Nazario“Vino mucho por aquí, y siempre se pasaba por el bar Kike, de la calle Rauric, donde se reunían intelectuales, artistas y travestis”, evoca el dibujante. Almond descubrió la portada del primer disco de Dogo y Los Mercenarios, que firmó él, y le pidió que ilustrara su siguiente álbum. Un diseño con “un chulo sentado en un banco, y un travesti que venía de cara” que la disquera londinense desestimó por “demasiado atrevido”.

La Barcelona de Marc Almond se condensaba en esas calles que en los 80 conocíamos como Barrio Chino, con fetiches como el bar Marsella, pero trepaba Eixample arriba, rumbo al pionero club gay Martins. Y al KGB, uno de cuyos socios era el entonces cronista noctámbulo de este diario Xavier Agulló, que le recuerda inmerso “en noches muy bestias” sin límites de velocidad, si bien añade aquello de que “si te acuerdas, es que no estuviste allí”. Por todo ello, podemos entender que, en su libro de memorias, ‘In search of the pleasure palace’ (2004), Almond dedique sentidas palabras a Barcelona: “un lugar en el que felizmente podría terminar mis días”.

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