05 ago 2020

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TRAYECTORIA HISTÓRICA

Sant Jordi, un fiesta móvil

Celebrar el Día del Libro en fechas distintas al 23 de abril no ha sido algo tan extraño a lo largo de los casi cien años de vida de la fiesta

Elena Hevia

Estand de la librería Catalonia de Barcelona en el Sant Jordi de 1932. 

Estand de la librería Catalonia de Barcelona en el Sant Jordi de 1932.  / GABRIEL CASAS

Quien piense que este Día del Libro celebrado un 23 de julio enmascarado y recluido en su hábitat esencial, en las librerías, será el más extraño de la historia tendrá razón solo en parte. Hay algo conmovedor y poderoso en esta fiesta nacida en Barcelona que, no es poco mérito, ha acabado irradiándose desde aquí globalmente a partir de un decreto de la Unesco que en 1995 entronizó el 23 de abril -la ‘diada’ de Sant Jordi, vamos- como Día mundial del libro y de los derechos de autor y es su capacidad de abrirse paso aún en las condiciones más extremas.

Y las ha tenido de todos los colores porque ni siquiera durante la guerra civil los libreros dejaron de plantar sus mesas en las calles y de aplicar el preceptivo 10% de descuento. Aunque el Sant Jordi del covid-19, el del 2020, acabará siendo una fecha para dejar atrás en la memoria, es muy probable que, sin multitudes, y sorteando todas las desdichas, se convierta precisamente por ello en una reivindicación de las librerías en tiempos difíciles por parte de los más fieles. Como ha sido siempre. 

Fiestas raras del Día del Libro ha habido muchas y las seis primeras, organizadas por la Cambra Oficial del Llibre de Barcelona, fundada en 1918 se hicieron en octubre. La fecha no era buena: demasiado frío --entonces los octubres lo eran más-- y además las familias ya habían desembolsado una buena parte del presupuesto en los libros escolares. El impulsor de la iniciativa fue Vicente Clavel, un valenciano instalado en Barcelona hacia 1920, amigo de Blasco Ibáñez, que aquí fundó la editorial Cervantes e inició una campaña personal con la idea de institucionalizar la celebración.

Le costó tres años que Alfonso XIII firmara un decreto en 1926 que llegó a redactar el propio editor. Lo de celebrarla en octubre fue porque se suponía, sin mucho fundamento, que Cervantes --Clavel era un devoto del escritor-- había nacido un 9 octubre, pero no era una fecha muy fiable. De hecho, ahora se postula más el 29 de septiembre y se acepta que el 9 fue el día de su bautismo.

A favor de Cervantes 

Trasladarla a la primavera como querían muchos para facilitar el negocio chocó entonces con algunas opiniones como la del editor  Gustavo Gili, que no veía claro el solapamiento con la 'diada' de Sant Jordi, patrón de Catalunya y fecha en la que era costumbre regalar rosas --cuenta la leyenda que desde el siglo XV--.

Pero Clavel era tozudo y le propinó un rotundo zasca a Gili con el argumento de que "las rosas de Sant Jordi florecerán siempre, pero corremos el riesgo de que lo que se pierda es la memoria de Cervantes". Así, Cervantes (y de rebote Shakespeare) volvían a marcar el calendario, también falsamente, ya que durante años se creyó que habían muerto el mismo día, cuando la realidad es que Cervantes lo hizo el 22 de abril y el de Stratford 10 días más tarde (la confusión viene de que en España ya regía el calendario gregoriano y en Gran Bretaña seguían con el juliano). 

Incluso en la contienda 

Así que en 1931, y ojo al dato, coincidiendo con la recién estrenada República, Sant Jordi y el día del libro empezaron a caminar de la mano. Las rosas y los libros se convirtieron en un tándem perfecto. No es de extrañar que la ciudadanía catalana acogiera la fiesta con entusiasmo patronal mientras que en Madrid el 23 de abril se replegara en una celebración meramente institucional. 

En Barcelona y desde entonces, hubo algunos Sant Jordi atípicos, empezando por los de la guerra civil --sí, la fiesta no se detuvo en aquellos tiempos revueltos--. En el 37 quiso celebrarse durante tres días de mayo, pero los hechos de ese mes entre anarquistas y comunistas obligaron a trasladarla a junio. Un año mas tarde, regresó también en junio, sin apenas buenos libros de fondo y con una oferta básicamente centrada en las memorias recientes y los libros ideológicos que marcaban el momento. Cuentan las crónicas de entonces que el fervor comprador de los barceloneses fue mayúsculo. Explica Carmen Polo en su reciente libro ‘Sant Jordi, llibres i roses’ (Viena Editors), que uno de los libros más vendidos en Dia del Libro de junio de 1938  fue ‘Aloma’, de una incipiente Mercè Rodoreda. 

Acabada la guerra y disuelta la Cambra Oficial del Llibre en favor de un Instituto Nacional del Libro español por el franquismo, Sant Jordi perdió fuelle hasta que en los 50 empezó a consolidarse con fuerza como un el día D de reinvindicación de la cultura catalana y su literatura. Una década atrás, en 1943, las autoridades religiosas habían cambiado  de nuevo la fecha a junio porque en la rigurosa Semana Santa de entonces no se concebía ninguna fiesta, fuese del carácter que fuese. 

Todavía hubo un cambio más de fechas, esta vez en periodo democrático, cuando en 1984, en vez del 23, lunes de Pascua y festivo, se cambió al 27 de abril. Pero entonces ya nada impedía que la fiesta caminara viento en popa hacia un futuro en el que se mezclarían libros, rosas, firmas, reivindicación política y multitudes. Hasta que el covid-19 se ha cruzado en su camino.