05 ago 2020

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OTROS ESCENARIOS POSIBLES

¿Y si lo montamos nosotros?

Una veintena de melómanos ebrencs se compincharon para organizar un concierto en una finca a las afueras de Amposta

Nando Cruz

Una imagen del concierto autogestionado realizado en una finca cercana a Amposta. 

Una imagen del concierto autogestionado realizado en una finca cercana a Amposta. 

Todo empezó con un mensaje whatsapp que circulaba por Amposta: “Buscamos 20 personas para hacer un concierto en un terrado, un patio o algún sitio privado. Como experiencia... 10 euros cada cual y decidimos entre todos qué grupo podemos traer por 200 euros. Os traéis nevera con birras”. Era la reacción tras conocerse la suspensión de todas las fiestas mayores en los municipios de las Terres de l’Ebre. Y a las pocas horas se había completado el aforo.

Aquella experiencia fue tan gratificante que en cuanto acabó el concierto se pactó fecha para el siguiente. Sería el domingo 5 de julio. Y esa tarde, hacia las siete, aparecieron coches y más coches a un alojamiento rural a las afueras de Amposta. El ambiente era de rave, aunque la música que se oía a lo lejos no era electrónica. Un cuarteto probaba sonido en un insólito escenario ubicado al pie de las escaleras que conducían al depósito de agua, entre la lavadora y el rincón de la leña. Una veintena de personas aguardaban inquietas y aprovisionadas de refrescos, alcohol, pasteles y galletas. En condiciones normales, la sala de conciertos más cercana está a cien quilómetros. Había ganas de fiesta.

Sin intermediarios

La ceremonia autogestionada empezó con un breve parlamento de Jaume Vidal, gestor cultural de miras amplias e impulsor del encuentro. “No renunciamos a ver conciertos”, proclamó. Acto seguido reunió diez euros de cada asistente y entregó el fajo al grupo: 290. Sin comisiones o intermediarios. En las noches más generosas de verano, cuando pagan los ayuntamientos, la banda cobra el doble, pero su caché habitual son 400 euros. De todos modos, lo más insólito es que en casi una década de carrera nunca habían cobrado antes de actuar. Y que parte de su caché procedía de una fila cero a la que había contribuido Adiós Luxemburgo, el grupo que actuó el primer día; otro detalle del espíritu horizontal y colaborativo de esta iniciativa que, por no tener, no tenía ni nombre.

Y a todo eso, ¿quién actuaba? ¡Ah, sí! Llomillo, un grupo rematadamente ultralocal. Tan querido en su pueblo, Masdenverge, que cada Fin de Año tocan después de las campanadas. Se dedican a adaptar éxitos del pop y el rock a la cotidianidad ebrenca. Costumbristas y humoristas, en sus manos, los clásicos de Madonna, Miguel Bosé y REM renacen versando sobre conflictos paternofiliales cuando llega la época de recoger la aceituna o sobre enamorarse locamente de la pubilla que sale en el programa de la fiesta mayor. Sus letras mencionan locales y personas que su público conoce perfectamente. El protagonista de ‘Another brick in the wall’, de Pink Floyd, es el dueño del bar Sport. Además, Josep Borràs, su cantante, incorpora localismos como esllemenar, carxots, frigitela, menjar golut o malgastín que conectan aún más con el público local.

Llomillo no ha editado ni un disco, pero la mayoría del público conocía sus letras y las cantaba. El ‘Highway to hell’ de AC/DC (‘Borraines en mel’), el ‘Living on a prayer’ de Bon Jovi (‘La carn de casa’) y ‘Vertigo’, de U2, cuyo estribillo 'llomillo' supera con creces el original de Bono: “Fan bous! Fan bous! A on? Al poble del costat!”. El cantante reconoció que tocan más que ensayan, ya que parte de la banda vive en Barcelona, pero a nadie allí le molestó que se les desmontase el ‘People have the power’ de Patti Smith. “¡Pasa el plato, que ponemos 10 euros más!”, gritó Elena. Por cierto, aquel que tocaba el bajo era Pau Julià, miembro de los disueltos Manos de Topo y, ahora, en Hijos del Trueno.

Otro aspecto del concierto de Lomillo.  / NANDO CRUZ

Chupitos y pasodobles

Los chupitos de Gin Giró iban que volaban. La imponente palmera daba buena sombra al público. Y detrás, a lo lejos, el sobrio paisaje del delta. Podría ser el enésimo anuncio veraniego de Estrella Damm, pero no: todo allí era real. Esa araña que trepaba por el brazo y la silla de madera que no aguantó el peso de aquel espectador. El chaval con tímida cresta punki que bailaba feliz una versión de Richi E Poveri y aquel rapitenc que salió a entonar ‘Perla preciosa’, un pasodoble queridísimo en la zona que popularizaron Los Junior de Amposta. Lo más parecido al área vip sería la zona de césped artificial junto a la piscina. Allí estaban cómodamente sentados los propietarios de la finca, observando la que había liado su hijo ofreciendo sus instalaciones para aquel evento furtivo.

 Acabó el concierto y ya solo faltaba sondear al personal. ¿Había 20 personas con ganas de repetir? En tal caso, habría que elegir otro grupo, proponérselo y buscar nueva ubicación. La maquinaria ya está engrasada y se rumorea que el 19 de julio se volverá a armar. Pero el sueño de Jaume es que otras personas repliquen la iniciativa y que pronto  hubiese cuatro o cinco bandas actuando en distintos puntos de la comarca para otros tantos colectivos de gente autoorganizada. La pregunta ya no es qué está dispuesto a hacer el ayuntamiento por ti, sino cuántas cosas puedes hacer tú sin esperar al ayuntamiento.