CRÓNICA

Sopa de Cabra surfea la 'gran onada' en Girona

El grupo estrenó en casa su nuevo disco en un Auditori con 390 asistentes, convertido en "el lugar más seguro del mundo", en la noche inaugural del festival Strenes

Gerard Quintana, en el concierto de Sopa de Cabra, este domingo en el festival Strenes de Girona. 

Gerard Quintana, en el concierto de Sopa de Cabra, este domingo en el festival Strenes de Girona.  / FERRAN SENDRA

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Esa ‘gran onada’ anunciada en el nuevo disco de Sopa de Cabra fue más literal y maléfica de lo que el grupo había llegado a imaginar, y se llevó por delante las sucesivas fechas de presentación hasta detenerse, por fin, este domingo, en un Auditori de Girona formateado, que dispuso de 390 de sus 1.200 localidades. Público un poco disperso, camuflado tras las mascarillas, pero unido por un carril mental a ese grupo al que ha visto crecer desde sus andanzas de litrona y casa ‘okupada’ en el “carrer dels Torrats”.

Sopa de Cabra, en su ciudad, sintiendo el calor de los suyos pese a todo, si bien las viejas historias callejeras quedan lejos y su obra moderna, en la que se basó este concierto de arranque del festival Strenes, apunta más bien a territorios emocionales, humanistas y filosóficos. Ahí despegó el concierto, con ‘Fràgil’, la avanzadilla de ‘La gran onada’, con uno de esos estribillos largos y esbeltos que a Sopa le gusta manejar en su vida adulta. Más rock que ‘roll’, con guitarras tensas y serenidad de espíritu, rumbo a las microscópicas tramas ‘afro’ de ‘Farem que surti el sol’ (“per als amics d’Open Arms”) y a la melancolía de ‘Deien adéu’, con sus guiños a los mitos de una era que se nos va.

En versión madura

El nuevo álbum al completo, con canciones que se adivinan perdurables, como el medio tiempo profundo ‘Tant se val’, la balsámica ‘La llibertat’ (con Jordi Cuixart en mente) y los bien tramados equilibrios de sensibilidad poética y trazo electrizante de ‘Entendre l’amor’ y ‘Em trenques el cor’. Cruzándose en el camino, reflejos del pasado más lejano (como la inhabitual ‘Per no dir res’) y de sus sucesivas edades de maduración: de ‘El far del sud’ a ‘Cercles’.

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En escena, una banda sujeta a delicados equilibrios internos, con un tándem Peck Soler-Cuco Lisicic que sigue queriendo encarnar la excitación rocanrolera y un Josep Thió en el extremo opuesto, el timonel cerebral que ata corto sus canciones, a menudo desde la discreta guitarra acústica. Banda en forma de septeto, con Valen Nieto (Raydibaum) y Ricard Sohn (ex-Very Pomelo), y un Gerard Quintana sólido, que disertó (sin pasarse) y que amonestó al autobús repleto de tipos bailando sin mascarilla con el que se cruzó estos días. Observación a tener en cuenta: “al final, el lugar más seguro del mundo serán los conciertos”.

El Auditori lo fue, como seguro es el terreno que pisa Sopa de Cabra en su cuarta década de vida, y firme es el vínculo con su gente, que en ‘L’Empordà’ se permitió levantarse de los asientos y alborotarse dentro de un orden. “¡Hacéis más ruido que si estuviera lleno!”, hizo notar Quintana a ese patio de butacas en familia, donde pudo saludar a algunos presentes por su nombre (“en Pere, la Núria...”), al emprender con ‘El boig de la ciutat’ (en acústico) unos bises apuntalados en sendos hitos de su primera madurez, ‘Els teus somnis’ ‘Camins’. Sopa de Cabra, a bordo de su emocionante rock de mediana edad, listo para dejarse ver en un Camp Nou con 800 asistentes, el 16 y 17 de julio, dentro del Cruïlla XXS.