05 ago 2020

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CRÍTICA

Reencuentro dichoso en el anfiteatro con 'A tocar!'

La compañía Baró d'Evel deja su sello mágico en una inauguración del Grec marcada por el covid

José Carlos Sorribes

Blai Mateu y su hija Rita, en una escena de ’A tocar!’.

Blai Mateu y su hija Rita, en una escena de ’A tocar!’. / FERRAN NADEU

Todo lo vivido desde marzo hacía que la del martes no fuera, no podía serlo, una inauguración al uso del Grec. Era la noche del reencuentro con las artes escénicas, y el festival de verano de Barcelona llega, con todos sus protocolos de prevención, como la primera cota alcanzada en una escalada temible para el sector cultural. Si había que elegir a unos maestros de ceremonia para que insuflaran a la apertura de poesía, magia y juego nadie mejor que Blaï Mateu y Camille Decourtye, la pareja de Baró d’Evel, una compañía que partiendo del gen circense supera cualquier etiqueta que encasille.

En esa línea se mueve 'A tocar!', un montaje idóneo para abrir el Grec y creado a contrarreloj, casi como la propia organización de un festival que nunca se resignó a ceder ante el covid-19. Es 'A tocar! un colaje de números, algo irregular y sin una columna dramatúrgica que los sostenga con firmeza, en el que se transita de la alegría al recuerdo triste de lo vivido, de la denuncia al juego, del absurdo al humor ingenuo, pero siempre con el mágico sello propio de Baró d’Evel. Esa falta de tiempo les ha llevado a recuperar números de 'Là' y de 'Falaise', el mejor espectáculo del pasado curso, como los vestidos de escayola que llevan Mateu y Decourtye y que se resquebrajan en el primer número. Qué mejor manera de apelar a la fragilidad humana.

'A tocar' transita
de la alegría de la vida a la apelación amarga de la pandemia en un juego escénico sin fronteras

La pareja de Baró d’Evel son unos superdotados con una compenetración arrolladora. Decourtye demostró, además, su solvencia como cantante, por ejemplo en un vibrante rap con coletazos de beatbox. También contaron con unos colaboradores de primera y algunos de ellos, muy cercanos. Jaume Mateu, el padre de Blaï, fue el Tortell Poltrona de siempre, un clown maravilloso y que se encargó de verbalizar –con su «qué bestia»– la denuncia tan obvia como necesaria en favor de un mundo más sostenible y justo.

«'Senyora alcaldessa, ¿qué hem de fer'», le espetó a Ada Colau, al frente de las autoridades que asistieron al reducido estreno, con presencia mayoritaria como invitados de trabajadores sanitarios y otros colectivos de la primera línea contra la pandemia. Rita, la hija de 6 años de Blaï y Camille, jugó con su abuelo, estuvo  como en el patio de su casa y se atrevió incluso con un cante flamenco al lado de la guitarra de Refree.

Fuera de la familia, Refree puso la música con piano y guitarra junto a la fadista portuguesa Lina, cuyo desgarro evocó esos días tan oscuros. Maria Muñoz desplegó un baile elegante en la 'troupe', mientras que Imma Colomer emocionó con un texto de la filósofa Marina Garcés que nos recordó que la «vida es un temblor» y también evocó «los sueños de las noches de verano». Y el artista plástico Frederic Amat, otro nombre del Lliure como Colomer, jugó con el negro del luto y el blanco de la vida tanto en unas magnéticas proyecciones con tinta en el fondo de piedra del anfiteatro como pintando el suelo del escenario, para lo que llegó a emplear un carrito con cal de aquellos que marcaban las líneas de los viejos campos de fútbol. Así de geniales son la gente de Baró d’Evel.