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Mazmorras flotantes

Unos 12,4 millones de africanos cruzaron el Atlántico como mercancía en barcos negreros entre finales del siglo XV y el ocaso del XIX

Mazmorras flotantes

RAMON CURTO

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Olga Merino
Olga Merino

Periodista y escritora

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El diario ‘Los Angeles Times’ traía la semana pasada una entrevista con una tía de George Floyd, el norteamericano a quien un policía arrebató la vida asfixiándolo con la rodilla sobre su cuello, un texto doliente donde se detallaba la historia de un clan con savia de esclavos en el árbol. El tatarabuelo de Floyd lo fue: se llamaba Hillary Thomas Stewart. Logró la libertad a los 8 años, se estableció cerca de Goldsboro, en Carolina del Norte, y para cuando cumplió los 21 ya se había hecho con 500 acres de tierra y unido su camino al de Larcenia, la mujer con quien tuvo 22 hijos. El álbum familiar mostraba al abuelo en camisa de cuadros y con tirantes, retratado frente a la vitrina de la vajilla.

El relato me hizo pensar en la cadena de la sangre, en quién fue el primero en atravesar el Atlántico metido en la barriga de un barco negrero, una de esas “mazmorras flotantes” que, a decir de Markus Rediker, conformaban una extraña combinación de “máquina de guerra, prisión móvil e industria”. En su ensayo ‘The slave ship: a human history’ (Penguin Books, 2007), el experto calcula que 12,4 millones de africanos cruzaron el océano, entre finales del siglo XV y el ocaso del XIX, como mercancía canjeable en los mercados del Nuevo Mundo. Solo en el tránsito, el llamado “pasaje de en medio”, murieron 1,8 millones de esclavos cuyos cuerpos se arrojaron a las aguas. Otro historiador, James Walvin, aventura que pudieron realizarse unos 40.000 viajes en los cuatro siglos de trata.

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A su lado, el encierro pandémico es de pacotilla; ¿cabe imaginar un confinamiento más atroz? Aun cuando la “carga” debía despacharse en perfecto estado de revista, la estampa que ha pervivido en el imaginario colectivo como símbolo de la esclavitud, de su horror y crudeza, a lo largo de los siglos es la del barco ‘Brookes’ (1788), un navío armado en Liverpool con capacidad para 609 almas en sus tripas. La imagen muestra un plano en sección de las cubiertas donde el proyectista pintó a los negros como sardinas en lata, como fósforos alineados en su estrecho ataúd de cartón. El ‘owba coocoo’, el temido barco para cruzar la “grande agua”.

Los varones hacían el viaje desde las costas africanas con los tobillos anillados a un compañero y, a diferencia de hembras y niños, en contadas ocasiones subían a respirar aire limpio. Los barcos apestaban a inmundicia y enfermedad, sobre todo la disentería, a millas de distancia. A los esclavos más rebeldes les colocaban argollas al cuello y una especie de máscara bozal hecha de hierro. Pasaje y marinería se recelaban mutuamente. Como se trataba de un periplo durísimo, en los barcos se enrolaba lo mejor de cada casa -borrachos, pendencieros, lobos de mar con deudas de juego o con la justicia-, una tripulación en minoría que forjaba la disciplina a golpe de látigo.

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Con el viento a favor, un barco que hubiera zarpado de las costas guineanas podía echar el ancla en Barbados en apenas seis semanas, de haber evitado el destino una tempestad, algún percance con las vituallas o una rebelión a bordo: no era extraño que los negros, ignorantes de su destino, con terror a ser canibalizados, se negaran a ingerir alimento o bien intentaran suicidarse, razón por la cual los barcos acabaron llevando una tupida red alrededor del casco para cazarlos al vuelo.

Llegados a puerto, para disimular los estragos del viaje, les untaban la piel con aceite de palma (otra razón para odiarlo). A los enfermos los vendían por lotes y a precio de saldo.