25 oct 2020

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La Contra

La cautiva de Tordesillas

Deshecha tras la muerte de su marido y víctima de intereses políticos, Juana la Loca permaneció encerrada en un convento casi 50 años

Olga Merino

La cautiva de Tordesillas

MONRA

El Museo del Prado custodia el cuadro ‘Doña Juana la Loca’, pintado por Francisco Pradilla en 1877, que sintetiza a la perfección el destino trágico de la protagonista: la reina viuda, con la mirada completamente enajenada, observa el féretro donde yace su amado esposo, flanqueado por dos grandes velones mortuorios, en medio de un paraje desolado, mientras la corte que acompaña a la comitiva fúnebre hace un alto en el camino junto a un árbol. Aunque pueda parecer una exaltación romántica del personaje, que lo es, el lienzo plasma la más rigurosa verdad histórica. Rota de dolor tras el fallecimiento de su marido, Felipe el Hermoso, hizo exhumar su cuerpo embalsamado, ya sepulto en la Cartuja de Miraflores (Burgos), al recordar de súbito su deseo en vida de ser enterrado en Granada. 

Ahí arranca la leyenda en torno a Juana I de Castilla, tercera hija de los llamados reyes católicos. El historiador Manuel Fernández Álvarez cuenta el sobrecogedor periplo en ‘Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas’ (Espasa), una peregrinación interminable, con la llave del ataúd atada al cuello, casi dos años por los caminos de Castilla la Vieja, de pueblo en pueblo, cabalgando durante las noches del gélido invierno mesetario, un siniestro cortejo iluminado “por los hachones de los guardas”, mientras los clérigos “entonaban sus tristes cantos fúnebres”. Su avanzado estado de gestación la obligó detenerse en Torquemada (Palencia), donde dio a luz, el 14 de enero de 1507, al sexto de sus descendientes, Catalina, hija póstuma del archiduque de Austria Felipe de Habsburgo. Pasada la cuarentena del parto, reanudó el camino, y fue entonces, al ver pasar el macabro séquito, cuando las gentes dictaminaron la sentencia: Juana la Loca.

¿Pero estaba realmente ida? No tanto. Si bien el biógrafo subraya su propensión a profundos estados depresivos, con algún caso similar en el árbol genealógico, tampoco se lo pusieron fácil los bandazos de ambiciones contrapuestas: la política matrimonial de sus progenitores, la ambición política de su marido y los no menos afilados intereses de su padre. La precipitó en las sombras el súbito fallecimiento de su marido, a los 28 años, víctima de unas fiebres extrañas. ¡Había amado tanto al apuesto príncipe flamenco! A pesar de los celos y de su interminable lista de amantes. Por si no bastara, al duelo se sumó una sequía atroz, el hambre y su compañera inseparable: la peste.

La inestabilidad política y el lisérgica excursión forzaron el regreso,  desde el reino de Nápoles, del padre de Juana, Fernando II de Aragón, que fue a la postre quien decidió recluirla, con su hija pequeña, en el palacio convento de Tordesillas (Valladolid), donde permaneció desde 1509 hasta el día de su muerte, el 12 de abril de 1555. Su padre no la encerró tanto por la enfermedad, como por mantenerla bajo control, a buen recaudo de intereses que pudieran instrumentalizar su legitimidad como reina. Él quería todo el poder en sus manos, sin fisuras. A la muerte de Fernando el Católico, el primogénito de la reina Juana, Carlos, procedente de Flandes, perpetuó el cautiverio. Se habló incluso de golpe de Estado. 

Salvo un breve y ambiguo lapso durante la guerra de los comuneros, quienes la eligieron como estandarte al considerarla la soberana verdadera, Juana permaneció casi 50 años encerrada en Tordesillas, sin visitas apenas ni más consuelo que la música, mientras el cuerpo de su amado permanecía insepulto en el anejo monasterio de Santa Clara. A ella no la ‘desescalaron’ ni por fases.

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