01 jun 2020

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ENTREVISTA

The New Raemon: "Ahora todo tiene que ser muy 'cuqui'"

El músico barcelonés alza el tono en 'Coplas del andar torcido', un álbum en el que refleja su desencanto ante la industria musical y la 'festivalitis'

Jordi Bianciotto

Ramón Rodríguez, The New Raemon, en una imagen promocional.

Ramón Rodríguez, The New Raemon, en una imagen promocional. / NOEMÍ ELÍAS

The New Raemon, vehículo de Ramón Rodríguez, convierte sus agrias sensaciones sobre la profesión musical en convulsas canciones en su nuevo disco, 'Coplas del andar torcido'. Una obra oscura, con renovadas texturas y ambientes, que ve la luz este viernes y que le da pie a cargar contra el 'marketing', el culto al éxito y la apariencia, los trazos que, a su jucio, dominan actualmente la escena musical.

-En su disco anterior, 'Una canción de cuna entre tempestades' (2018), nos habló del influjo de los 'poetas del holocausto'. ¿Ha seguido tirando de ese hilo tan tenebroso?

-Este disco representa el final de una época de desencanto por mi parte respecto a la maquinaria de la música. Aquel álbum tuvo bastante eco mediático, y la gente lo disfrutó, y lo escucharon muchos miles de personas en Spotify, pero luego eso no se tradujo en más lugares donde actuar, y el dinero generado fue muy escaso. El disco representa un punto en el que he llegado a estar en paz con esta preocupación. La angustia se ha traducido en música. Pero cuando lo estaba terminando de grabar yo ya tenía claro un cambio.

-¿En qué sentido?

-Mi plan ya antes de la pandemia era hacer 10 conciertos con este disco con la banda, y seguir con el espectáculo Paula Bonet en los teatros ['Quema la memoria']. Porque no me interesa este circuito, ni los festivales. Lo que quiero es tener mi propio circuito y tocar para mi público. La autogestión total. Pero todo es muy complicado. Luego, siento un desencanto por cómo han intentado sustituir nuestro oficio por la venta constante de una historia de éxito en las redes. Todo eso de los 'sold outs' y esa manera asquerosa de vender el éxito. Yo no entiendo el éxito así. Supongo que en el disco hay toda esa oscuridad, porque todo lo que envuelve el negocio es un desastre, y responde a una mentalidad antigua y te la venden como si fuera moderna.

-¿Se refiere a la euforia impostada, a la representación de un ideal del éxito que no se corresponde con la precariedad del sector?

-Totalmente. A hacer 'marketing' con tu historia, a estar obligado a hacer promoción constantemente. ¿Por qué tenemos que hacerlo? Al fin y al cabo, nosotros hacemos canciones. La canción que cierra el disco, 'La última palabra', habla de esto, de vender autenticidad y grandeza. Luego, muchos de los grupos que ves en los festivales apenas tienen escuchas. Todo es mentira, esto no deja de ser 'Matrix'. Yo no quiero que me identifiquen con una marca, ni quiero participar de esta fiesta absurda solo porque hay gente que quiere ganar mucho dinero. Ya lo cuento así porque me la pela. Quiero tocar para quien esté interesado en venir a un concierto mío. No quiero hacerlo por dinero, de ese modo tan perverso.

-¿Cómo conjugar entonces esa ética personal con el plausible afán de ganarse la vida?

-Tienes que aprender a vivir con lo que generas. Uno puede aprender a vivir con menos, y se vive más tranquilo. No hace falta generar tanto. Entramos siempre en ese juego del dinero, que no deja de ser un tipo de adicción. Es como una droga. El dinero ayuda, claro, pero al final la idea del dinero es una horterada.

-¿Se arrepiente de algo?

-Me he equivocado muchas veces en el camino, pero no me arrepiento. Siempre he intentado ser lo más coherente posible, y uno es responsable también de haber decidido cosas de un modo ingenuo. Pero a mí me sabe mal ver a compañeros tan preocupados por el éxito del otro. Eso es horrible. Si a alguien le va bien, yo me alegro.

-¿Vería como una buena noticia que los grandes festivales tuvieran que repensarse y que la música en directo se encaminara hacia los aforos más reducidos?

-No sería una buena noticia cuando hay tantos puestos de trabajo en juego, pero sí que hay ahora una oportunidad de replantear cosas. Porque estos festivales deciden la música que escuchamos, y la estética, y eso es peligroso, porque no hay espacio para todo el mundo. Y no lo digo por mí, que soy un dinosaurio y hago mi camino, sino por quien viene detrás.

-En su música tiende a convertir la oscuridad en belleza artística.

-Sí, y si estoy explicando un conflicto es porque busco la manera de resolverlo o de clasificarlo en mi cabeza. No creo que mis canciones sean negativas, pero sí que utilizo a veces imágenes oscuras para encontrar al final el punto de luz. Pero ahora todo tiene que ser muy 'cuqui', y mis canciones no pueden serlo, porque la vida está llena de grises. Una canción te debe poder dar un tortazo, para que veas la belleza y que la gente haga un esfuerzo y lea entre líneas.

-En este disco hay más guitarras acústicas que eléctricas, y ambientes distintos.

-Guitarras eléctricas hay muy pocas. He trabajado con David Cordero, de Úrsula. Músico gaditano experimental, hace 'ambient'. Cuando iba por la mitad de la composición me quedé estancado y le pedí ayuda. Me dijo: "Yo no tocaré ningún instrumento, solo mándame las pistas y yo generaré paisajes encima". Con su 'software', un radiocasete y los cachivaches que tiene. Esos sonidos como fantasmales que van pasando son suyos.

-'Ruido de explosiones' está envuelta en unas capas electrónicas poco corrientes en su obra.

-Un poco Depeche Mode, ¿no? Esta canción y 'En la feria de atracciones' están escritas a cuatro manos. Es mi primer disco en solitario en el que no todas las canciones están compuestas por mí. Me pareció interesante para que el disco fuera a un lugar diferente. Si no, habría sido más continuista.

-Y en 'Días de rachas grises' hay unas armonías inhabituales, con resonancias orientales o quizá flamencas.

-La 'intro' me recuerda un poco a Nusrat Fateh Ali Khan, aun sabiendo que intentar hacer lo que él hacía es imposible. ¡Y el ritmo es un reguetón! Lo toca Salvador d’Horta con una batería de madera. Mezclé cosas en este disco: quité guitarras eléctricas, puse guitarras españolas... Creo que es el álbum en el que todo es más denso y está más integrado. La voz no está muy alta, como si todo fuera una misma cosa. Más cinematográfico y con más espacios. Esta canción iba a hacerla con Rocío Márquez, porque le gustaba mucho, pero tuvo una hernia y la tuvieron que operar, y hablé con Annie B. Sweet, con quien nos conocemos desde hace muchos años. Me había dicho que le había gustado mucho el disco anterior, y le propuse participar. Al final ha cantado en cuatro canciones. Es una tía muy currante y me mandó muchas propuestas melódicas diferentes para las mismas canciones. Fue complicado elegir, porque todas eran muy chulas.

-Destaca el tema 'El árbol de la vida'.

-Es la mejor canción del disco y de las mejores que he hecho. Dura seis minutos y es aparentemente sencilla, con un motivo que se va repitiendo y va creciendo. Me emociona el texto, las estrofas, ese fraseo muy Battiato, en un tono más bajo.

-¿Su imaginario musical, de los artistas que le han interesado, está cerrado o admite novedades?

-Entra gente nueva, aunque a veces sea gente nueva muy antigua. Lo que hace Adrianne Lenker con Big Thief, por ejemplo, es muy chulo, muy orgánico, con un punto de los 90 pero yendo más allá. ¡Pero también escucho a Chaikovski!

-Se entrevén posibilidades para la música en directo este verano, con todo empequeñecido: formatos y cachés. ¿Se ve ahí?

-No me parecen mal las propuestas, pero me pillan en un momento en que ya no me preocupa tanto tocar menos. Lo que quiero hacer es tocar menos y mejor, y disfrutarlo. Yo ya me he hecho a la idea de que este disco no lo tocaremos mucho. Nosotros teníamos que hacer dos presentaciones, Madrid y Barcelona, y si se trata de formatos reducidos, llevar una banda de siete músicos a Madrid, no sé si lo podremos hacer. Por salud mental es mejor esperar a ver cómo evoluciona todo y entonces planificar.