30 may 2020

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CRÍTICA DE CINE

'Continuar': la odisea interior

Joachim Lafosse retrata la relación difícil entre una madre y su hijo adolescente adoptando algunos modos esenciales del 'western'

Nando Salvà

Los dos protagonistas de ’Continuar’.

Los dos protagonistas de ’Continuar’. / EL PERIÓDICO

 
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Continuar ★★★

Dirección: Joachim Lafosse

Intérpretes: Virginie Efira, Kacey Mottet Klein, Diego Martín, Damira Ripert

País: Bélgica / Francia

Duración: 84 minutos

Año: 2018

Género: Drama

Estreno: 22 de mayo del 2020 (Filmin)

El asunto de buena parte de las películas de Joachim Lafosse son las diferentes maneras que las familias tienen de implosionar, y en ese sentido 'Continuar' es una prolongación aunque al mismo tiempo aporte novedades en la carrera del director belga. La protagonizan una madre y su problemático hijo adolescente, que cruzan a caballo un paisaje tan bello como inquietante de Kirguistán; aunque diseñado como un medio para reparar la relación entre ambos, el viaje servirá para que broten de la pareja oscuros sentimientos soterrados.

Mientras los contempla, Lafosse adopta por primera vez en su carrera algunos modos esenciales del 'western', como las divisiones morales esenciales y, sobre todo, el uso dramáticamente deliberado de los imponentes espacios abiertos. Pero, pese a estos últimos, 'Continuar' resulta igual de claustrofóbica que títulos previos de su filmografía como 'Propiedad privada' (2006) o 'Después de nosotros' (2016); pese a ser dos figuras diminutas en la inmensidad, madre e hijo están atrapados en sus propias psicologías. Ninguna de las amenazas externas que afrontan durante el trayecto es tan peligrosa como la que ellos mismos encarnan.

En su cine, Lafosse acostumbra a generar tensión a través de los diálogos; aquí, en cambio, son los silencios lo que construye una atmósfera tóxica y va haciendo hervir la relación. Paradójicamente, es cuando la pareja empieza a hacer un uso más frecuente de la palabra que el misterio se evapora, en buena medida porque lo que dicen para justificarse cae en el didactismo y la falta de lógica. Y no es el único motivo por el que el final del viaje no llega a resultar del todo satisfactorio: a lo largo de sus escuetos 84 minutos de metraje, la película no permite al espectador sentir el paso del tiempo, ni hacerse una idea de cómo la duración del periplo puede influir en la reconstrucción psicológica de los personajes.