30 may 2020

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OTROS ESCENARIOS POSIBLES

La red social definitiva

Cientos de 'discjockeys' han pinchado estos días desde sus balcones poniendo a prueba las ganas de fiesta, la paciencia y los prejuicios musicales del vecindario

Nando Cruz

Gerard Cobo pincha canciones cada fin de semana en el balcón de su casa para los vecinos, este sábado. 

Gerard Cobo pincha canciones cada fin de semana en el balcón de su casa para los vecinos, este sábado.  / SERGI CONESA



El confinamiento se va relajando y poco a poco nos sacudimos las nuevas costumbres que nos autoimpusimos para sobrellevar tanto encierro. Los aplausos de las ocho son cada día más tibios. El vecino que ha hecho sonar el ‘Resistiré’ del Dúo Dinámico durante más de 60 días, se repliega también. Nada se ha resuelto todavía, pero quien más quien menos se pregunta si es necesario prolongar estas rutinas musicales. Hay que intentar pasar de pantalla, pensamos.

Gerard Cobo está justo en ese punto. Este fin de semana ha vuelto a salir al balcón de casa de sus padres con la mesa de mezclas y el equipo de luces y ha pinchado una hora para el vecindario. Empezó el segundo fin de semana de confinamiento para amenizar las noches de viernes y sábado, esas en las que más echamos de menos ir de fiesta. Pero no sabe si dejarlo ya. Mientras desde su discomóvil de balcón pincha exitazos de Rosalía, La Casa Azul, Kool & The Gang, Eurythmics y The Chemical Brothers, ya ve pasear a sus vecinos de Vilassar de Mar. Algunos hasta se animan a bailar. La vida, poco a poco, vuelve a la normalidad. Y entonces él recuerda cómo era la suya antes del coronavirus.

Bodas, eventos y chiringuitos

El discjockey de la calle Narcís Monturiol tiene solo 21 años. Empezó a pinchar en fiestas siendo menor de edad. Ahora llevaba dos temporadas sacándose un pequeño sueldo en bodas, eventos privados, cumpleaños y chiringuitos. Lo que gana lo invierte en discos y entradas de conciertos, pero, claro, ahora su agenda ha quedado congelada. Tan congelada como aquel curso de discjockey al que se apuntó y que impartía DJ Hochi, el pincha de la sala Clap de Mataró.

Gerard prepara con esmero estos menús eclécticos y bailables, pero solo pincha los fines de semana para no saturar al vecindario. Y teniendo en cuenta que reduce las sesiones a una hora, cuando en las bodas pincha al menos tres, tampoco ha recibido quejas. Tremendos fiestones se han armado en los pisos más próximos. Cuando el tercer fin de semana de confinamiento canceló su sesión balconera para preparar los exámenes de la facultad, varios vecinos salieron a protestar al grito de: “¿Dónde está el discjockey?”. Tampoco ha salido los días de lluvia: su balcón no está cubierto y no quería arriesgar el equipo.
Cuando los Strokes lanzaron ‘Last nite’, Gerard apenas empezaba a gatear. Aun así, él lo mezcla sin problemas con la voz de J Balvin. Igual que funde a Jamiroquai con Dellafuente, a Karol G con Txarango y a Depeche Mode con Rick Astley. Sin complejos estilísticos ni reparos cronológicos. Un corte que pocas veces falta en sus sesiones es ‘Flying free’, himno maquinero de las noches gloriosas de la macrodiscoteca Pont Aeri. Suele ser el penúltimo de un repertorio que cierra con algún clásico universal y revitalizador: sea ‘Hey Jude’ de los Beatles o ‘I will survive’ de Gloria Gaynor. Gerard también acepta peticiones. Ha llegado a colar hasta el ‘Cumpleaños feliz’. “Lo único que me niego a pinchar es el ‘Resistiré’”, aclara.

Resistir al ‘Resistiré’

‘Resistiré’ es la última frontera: la canción que ha dividido el país entre quienes la encajan como un guiño de fraternidad y quienes la odian a muerte. La tecnología y nuestro progresivo aislamiento ha propiciado que podamos vivir sin necesidad de soportar la música de los otros. Pero, de repente, el confinamiento ha dinamitado esos diques. No nos queda otra que aguantar lo que escucha el vecino. Y ahí afloran, más asalvajados que nunca, los prejuicios musicales.
Las redes sociales se han llenado estas semanas de comentarios clasistas. No solo se ha criticado la repetición y el volumen, que también, sino que se han enarbolado todos los tópicos del mal llamado buen gusto según los cuales determinadas músicas no merecerían ni existir. Aquella vecina se quejaba de que la torturaban con Diego Torres y prometía vengarse con Led Zeppelin; ante el jolgorio generalizado de sus seguidores de tuiter que coincidían con ella en que el primero era basura y los segundos calidad. Aquel amenazaba con llamar a los GEOS si seguían pinchando reggaeton. Al otro lo acribillaban con Queen y replicaba con REM. Nuestra música siempre es mejor que la del otro. Punto.

El más gracioso del barrio propuso “ir anotando nombres en una libretita para encargarnos de esta gente cuando todo esto pase”. Convivir con el gusto musical del vecino, qué tortura. Pues es lo que hay. El confinamiento ha resucitado la red social primigenia, la de los balcones a los que siempre dimos la espalda porque preferíamos vivir encerrados en nosotros mismos. Ahora que nos obligan a ello, para mucha gente salir al balcón y charlar con alguien ha sido la salvación. Y la música, ese ‘Resistiré’ repetido hasta la saciedad, ha sido la excusa para entablar conversaciones e iniciar amistades que tal vez duren años.