01 jun 2020

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ENTREVISTA

Alek Popov: "El humor y la sátira son lo contrario del elitismo"

El escritor búlgaro firma 'La caja negra', una brillante novela satírica sobre complots corporativos, inmigración y tensiones fraternales que evoca la trepidante trapisonda de los Coen y el humor ulceroso de Kurt Vonnegut

Kiko Amat

 El escritor búlgaro Alek Popov

 El escritor búlgaro Alek Popov

Dos hermanos búlgaros reciben por correo una caja de plástico con las cenizas del padre, fallecido en “circunstancias extrañas” en Estados Unidos. Quince años después, las circunstancias vuelven a unirles. Uno de ellos, Ned, trabaja en Wall Street, lo que le convierte en cretino mayor y BTE (Búlgaro que Triunfa en el Extranjero). El otro, Ango, es un editor arruinado, y por definición GFAB (Gilipollas Fracasado Atrapado en Bulgaria), quien, tras ganar un pequeño premio en la lotería, abandona el país y se instala en el pisito neoyorquino de Ned. Ango se ve envuelto en una esperpéntica conjura que involucra a una empresa de comida canina, un perverso enclave de paseadores de perros y una mujer fatal. A Ned lo mandan de vuelta a Bulgaria para encontrar a un encargado de fábrica desaparecido (Kurtz) y disolver el loco culto proleta que ha erigido a su alrededor. Con estos mimbres, Alek Popov construye la trama de 'La caja negra' (Automática, 2020), una vonnegutiana sátira sobre el capitalismo occidental, el fin del comunismo, la conjura corporativa y la inmigración.

'La caja negra' nació de hechos reales.
Perdí a mi padre de forma repentina durante el último año de mis estudios en la Universidad de Sofía. Yo tenía 24 años. Él estaba en Estados Unidos enseñando matemáticas en la Universidad de Filadelfia. Era un erudito muy respetado en su campo. La causa inmediata de su muerte aún no está clara. Recibimos sus cenizas en una caja negra de plástico, justo cuando el caos político y económico que siguió a la transición estaba a punto de estallar en mi país. Estos son los eventos de fondo reales de la historia, y el punto de partida de la narrativa. Siempre supe que en algún momento escribiría sobre esto, y el momento llegó quince años después, en el 2002, cuando fui a visitar a mi hermano a Nueva York. Había pasado solo un año del desastre del 11 de septiembre. Estaba caminando por la Zona Cero y, al pasar junto a las fotos de personas desaparecidas, me invadió un sentimiento extraño. ¿Qué pasaría si viese aquí la foto de mi padre? Era una locura, pero comencé a especular: cómo nos había engañado a todos al ocultar su desaparición y reinventarse a sí mismo, comenzando una nueva vida como banquero de inversiones, casándose, teniendo hijos, etc. Al final decidí no usar ninguna referencia al 11 de septiembre, pero la semilla estaba plantada.

¿Has dicho que la causa de la muerte de tu padre sigue sin aclararse?
Existen registros médicos. Fue un ataque cardíaco. Mi padre era bebedor empedernido. Los matemáticos viven bajo presión mental constante, y muchos de ellos acaban dándole a la bebida. La parte más difícil para mí fue emanciparme de la realidad de esa experiencia y lograr un nivel de libertad ficticia, crucial para resolver la historia. Establecer una distancia que ayudara a mis personajes a crecer y seguir su propio destino. De lo contrario me hubiese quedado atrapado en la realidad. Esto no pretendía ser un documental ni unas memorias; es ficción pura. Adquirir dicha distancia me llevó mucho tiempo.

La mezcla de humor negro y giros retorcidos, los personajes raros, la visión satírica de las corporaciones y la historia, recuerdan a Kurt Vonnegut.
Cuando yo era joven, Kurt Vonnegut era uno de mis escritores favoritos. Fue ampliamente publicado en Bulgaria debido a sus puntos de vista críticos con el capitalismo y el mundo corporativo, que en ese momento encajaban bien en el marco ideológico del régimen comunista. Pero nosotros lo leíamos principalmente por su burla a la clase dirigente, al margen de su contenido ideológico. Tenía una especie de enfoque anarquista hacia el orden dominante que era muy atractivo para la juventud librepensadora.

"En las últimas décadas la literatura ha sido secuestrada por los académicos. Lo suficiente como para ser desviada de su curso natural"

El humor tiene una reputación terrible en círculos literarios. Es irónico, si consideramos que la literatura comenzó como comedia.
En las últimas décadas la literatura ha sido secuestrada por los académicos. Quizás no del todo, pero sí lo suficiente como para ser desviada de su curso natural. Esta tendencia refleja la marginación de la literatura en su conjunto, pues ya no es el canal universal de narración y entretenimiento que solía ser. Las narrativas de hoy fluyen a través de la televisión y las películas, y la literatura se considera un jardín sagrado donde solo las ideas y los sentimientos nobles deben prosperar. A menudo, el humor y la sátira no satisfacen las altas expectativas intelectuales de esos círculos elitistas separados de la vida real. El humor y la sátira son lo contrario del elitismo. Me temo que la literatura se ha vuelto demasiado hermosa, se presta demasiada atención a las palabras en lugar de a su verdadero significado, la inherente incoherencia humana ha sido sustituida por modelos políticamente correctos, y la reverencia y el escrutinio han prevalecido sobre la audacia y la mentalidad abierta.

Los críticos no suelen valorar los libros que no nacen de otros libros, porque se apartan de su experiencia personal, bibliófila por defecto.
Los consideran vulgares [ríe]. El problema es que algunos escritores tienen demasiada educación, y lo digo muy en serio. La asignatura de escritura creativa, tan popular en Estados Unidos, representa un problema grave para nuestro arte. Es una máquina que se autoperpetúa, pues solo produce más profesores de escritura creativa (no escritores). Es extremadamente dañino. Yo he enseñado muy raramente, unos pocos seminarios para gente joven, no puedo ni imaginar lo que debe ser enseñar narrativa de modo regular. Sé que destruiría mi escritura por completo. Todo el día analizándolo todo, encajando cosas en esquemas preestablecidos… El sobreanálisis mata el proceso de creación. 

Tu libro me hizo pensar en escritores rusos como Dovlátov y Limónov. Fueron a Nueva York pero, un poco como Ned, solo sentían repulsión hacia sus compatriotas inmigrantes.
Lo que comentas es natural para hombres y mujeres, especialmente escritores, que sienten dolorosamente el desapego de su lengua materna. De repente uno se convierte en nadie, enmarcado en una comunidad cerrada de inmigrantes envueltos en pequeñas animosidades. En estas comunidades las opciones de socialización suelen ser muy limitadas, y los búlgaros no se unen demasiado. Sus comunidades en el extranjero tienden a ser poco flexibles y solidarias. Tenemos una mentalidad individualista. En algunos casos para bien, en otros no tanto. Por lo general nos adaptamos bastante rápido y sin problemas a sociedades ordenadas. No nos apegamos a las tradiciones, o lo hacemos a un nivel muy superficial. No somos como los griegos, que se adaptan pero montan sus pequeños enclaves, mantienen vivas las tradiciones…

"La cultura gitana tuvo un gran impacto en la mentalidad búlgara. Todos somos un poco gitanos. ¡El espíritu errático de los Balcanes!"

La novela menciona la “obstinación balcánica”, y ahora has tocado el individualismo. ¿Qué más dirías que define a tus compatriotas?
La cultura gitana tuvo un gran impacto en la mentalidad búlgara. Todos somos un poco gitanos. ¡El espíritu errático de los Balcanes! Para mí, el rasgo más espectacular de los balcánicos es su parodia del orden y la jerarquía. Hay algo anarquista en la mentalidad balcánica que quizás provenga del hecho de que, durante el gobierno otomano, las poblaciones balcánicas vivieron en un limbo histórico durante siglos. Tiene también una fuerte vitalidad pagana. El hombre o la mujer de los Balcanes no tiene verdadero respeto por la autoridad y tiende a ridiculizar la sobriedad y la pretensión. Están muy abiertos a las paradojas, son capaces de reconciliarse y vivir con ellas. Eso podría hacer llorar de frustración a cualquier persona sofisticada y justa [ríe], y ha sido una fuente constante de lamentación para los intelectuales de mi país, especialmente los que tratan de imitar la cultura occidental. Yo fui apreciando poco a poco ese espíritu carnavalesco. Es creativo, totalmente igualitario y democrático. Aprendí a no esperar nada más del contexto. Esa es la clave: vivir con ello, no tratar de ordenarlo ni estresarte por el caos. Porque es estresante, pero tiene su lado bueno.

¿Crees que aplicas ese caos nacional a tu arte?
Sí. El espíritu de mis libros es anárquico. Incluso nihilista. El nihilismo puede ser muy creativo, es una fuente de libertad narrativa, especialmente en los tiempos que corren. Es un espíritu de resistencia ante el orden impuesto. Esa disrupción puede ser destructiva, pero es necesaria a la hora de luchar por la libertad.

Tu novela tiene un final casi feliz. Por alguna razón suele creerse que la tragedia y la decepción son más “realistas” que la felicidad y los sueños cumplidos.
Cuando era joven escribía historias de terror, que siempre terminan fatal. La caja negra es uno de mis primeros finales felices.  Si casi todo puede suceder en la vida real, ¿por qué no hacer que suceda en el arte? A menudo olvidamos que el mundo de la literatura y el arte son puramente artificiales. Esa realidad virtual puede parecer creíble, incluso palpable, pero no es realidad. Me gustan las historias oscuras y el humor negro, pero siento que los lectores merecen un final que les dé la sensación de un nuevo comienzo. No me refiero a un final feliz azucarado y artificial, sino a algo que acarree ciertas posibilidades. Una luz en el túnel de la aburrida vida cotidiana, al menos a nivel ficticio.