30 oct 2020

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CRÍTICA DE ÓPERA

La descarada modernidad sexual de 'Tirant lo Blanc'

El Liceu acoge el estreno barcelonés de la ópera de Joan Magrané

Pablo Meléndez-Haddad

Un momento de la obra ’Diàlegs de Tirant e Carmesina’, en el Liceu.

Un momento de la obra ’Diàlegs de Tirant e Carmesina’, en el Liceu. / LICEU / ANTONI BOFILL

Lo primero que llama la atención al asistir a una representación de la ópera de cámara 'Diàlegs de Tirant e Carmesina', de Joan Magrané, es la adecuada escritura vocal con la que el compositor dota a sus tres solistas. Un canto que no cae en el declamado propio de la ópera de los siglos XX y XXI, ese siempre recurrente 'Sprechgesang' que ha marcado a varias generaciones de músicos de los cinco continentes, sino encaminándose hacia un melodismo que nace de la palabra, en este caso de un valenciano arcaico sencillamente delicioso. Y en este punto aparece el segundo elemento que corrobora la relevancia de esta nueva creación, un libreto que, a pesar de ser contemplativo-narrativo en lugar de optar por un discurso teatral en el que 'pasen cosas', consigue desarrollar una historia reconocible en estas escenas cuidadosamente seleccionadas de 'Tirant lo Blanc', el clásico de Joanot Martorell, obra maestra de la literatura hispana medieval.

Con muy buen criterio, el autor del libreto y director escénico de la propuesta, Marc Rosich, se inspira en un texto de increíble modernidad, incluso pasado de vueltas, que nos muestra su actualidad de manera descarada. El sexo centra un discurso en el que sorprende ese "lo no és no" que feministas contemporáneas creen haber acuñado, pero que ya estaba escrito en la primera edición de la novela en la que se basa la ópera, de 1490.

"Lo no és no", en todo caso, aquí también se presenta con coqueta ambivalencia, porque el libreto de Rosich tiene la riqueza de subrayar momentos dramáticos cargados de ironía y doble sentido, todo bien expuesto y ensamblado. El trabajo de Magrané es encomiable, y más allá de esa línea de canto que mira más a Monteverdi o Debussy que a la Segunda Escuela de Viena, construye un rico soporte sonoro con seis instrumentistas (flauta, arpa y cuarteto de cuerdas) de gran variedad tímbrica, todo muy bien coordinado por Francesc Prat. Los instrumentos son utilizados de múltiples maneras, y con muchos 'glissandi' creador de atmósferas.

Sobre el escenario Rosich mueve con inteligencia a los tres intérpretes de los cuatro personajes, consiguiendo escenas siempre inteligibles. El espectacular vestuario de Joana Martí (todo un acierto el vestido 'transformer' de la mezzo), la teatral iluminación de Sylvie Kuchinow y el espacio escénico concebido por el aclamado artista Jaume Plensa centrado en una instalación lumínica que funciona casi como un reloj que marca el paso del tiempo, conforman un espectáculo que consigue conquistar al público.

Excelente, por capacidad vocal y variedad dramática, el trabajo de Anna Alàs i Jové en sus dos contrastados personajes, la estricta Viuda Reposada y la hedonista Plaerdemavida, y muy convincente la prestación del barítono Josep-Ramon Olivé como Tirant, con la voz cada vez más asentada y en feliz evolución. Muy efectiva como Carmesina la soprano Isabella Gaudí, cuya vocalidad, algo estridente en la zona aguda, pareció convenirle especialmente al personaje. 

La obra llegó al Foyer del Liceu después de su estreno absoluto el verano pasado en el Festival Castell de Peralada, una producción de Òpera de Butxaca i Nova Creació, entidad que está celebrando -con espléndida salud- sus 25 años de andadura.