28 feb 2020

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HOTEL CADOGAN (16)

Conan Doyle y las médiums

El padre de Sherlock Holmes, persuadido de que había vida después de la muerte, quiso seducir al mago Houdini en un fiasco de sesión espiritista

Olga Merino

Sir Arthur Conan Doyle. 

Sir Arthur Conan Doyle. 

Anoche se escucharon golpecitos en la repisa de la chimenea, en el ‘mantelpiece’ —¿habrá palabra más novelera y victoriana?— de la habitación 118, la misma donde arrestaron a Oscar Wilde. Toc, toc, toc, unos toques secos, de escalofrío, que sobresaltaron hasta al último huésped del hotel, y todo porque a las chicasde la lavandería, incautas ellas, se les ocurrió entretenerse jugando a la güija con la intención de invocar no el espíritu de Tío Oscar, sino el de Arthur Conan Doyle. Al final, con la tontería, las chicas lo consiguieron: apareció el padre de Sherlock Holmes, se arrellanó en una butaca de terciopelo rojo y se pidió una copa de clarete; venía muy contento del más allá. En el Cadogan ocurre lo impensable.

Hacia 1886 Conan Doyle ya había comenzado a interesarse por el espiritualismo; es decir, en la vida después de la muerte, una creencia que reforzó tras el fallecimiento de su hijo Kingsley al resultar herido en la batalla del Somme, en 1918. De la sesentena de libros que escribió, al menos 20 están dedicados a esta doctrina. Sí, el creador de un criatura detectivesca devota del método, la observación empírica y la deducción, estaba persuadido de que las médiums podían contactar con los finados, y trató de llevarse al mago Houdini a su huerto. Al fallecer la madre del gran ilusionista, Conan Doyle le organizó a medida una ‘séance’ que resultó un descalabro: la difunta habló en inglés con la médium (la segunda esposa de Doyle, Jean), quienen su trance rellenó 15 páginas de escritura automática. Houdini, el rey del escapismo, montó en colera porque su madre, nacida en Budapest, no sabía ni una palabra en el idioma de Shakespeare, y se consagró a una batalla encarnizada contra la impostura espiritual.

Conan Doyle no cejó en el empeño. En 1923 escribió a la médium irlandesa Hester Dowden pidiéndole que le diera recuerdos a Oscar Wilde, con quien había mantenido una relación cordial y de respeto desde que los presentó un editor. La mujer aseguraba haber mantenido varias conversaciones con el espíritu del dramaturgo plagadas de frases ingeniosas, del tipo “estar muerto es lo más aburrido que puede ocurrirle a uno, con la excepción del matrimonio”. Hacia el final de sus días, el pobre ‘sir’ Arthur se había ganado fama de crédulo; un gigantón con alma de niño, decían.