20 feb 2020

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CRÍTICA

Beethoven estaría muy feliz

Gardiner concluye en el Palau la integral de las sinfonías del compositor, un ciclo que ha hecho historia con la Orchestre Révolutionnaire et Romantique, el Monteverdi Choir y el Cor de Cambra

Pablo Meléndez-Haddad

John Eliot Gardiner, este viernes, en el Palau de la Música Catalana junto a su orquesta y coro.

John Eliot Gardiner, este viernes, en el Palau de la Música Catalana junto a su orquesta y coro. / ANTONI BOFILL

Belleza y virtuosismo, reto artístico y regalo humanista. Esto y mucho más palparon quienes asistieron los cinco conciertos con los que el Palau de la Música Catalana comenzó su celebración del Año Beethoven en el 250º aniversario del nacimiento del compositor confiando en John Eliot Gardiner, en su Orchestre Révolutionnaire et Romantique y en su Monteverdi Choir (al que se unió el Cor de Cambra del Palau). El reto era el de interpretar las nueve sinfonías del genio de Bonn que el director británico ha revisado al completo por segunda vez en carrera (la primera, hace tres décadas), un proyecto que de Barcelona saltará a Londres, Chicago, Nueva York y Atenas.

Y si en el escenario se sucedieron momentos artísticos soberbios, en la sala se creó un ambiente de camaradería: en cada sesión el público se saludaba y comentaba las emociones vividas, cómplice de todo un acontecimiento.

En el escenario se sucedieron momentos artísticos soberbios y en la sala se creó un ambiente de camardería

La aventura comenzó el domingo pasado con un programa que incluía un aria de concierto, selecciones de la primera versión de 'Fidelio' -la única ópera que escribió el compositor alemán- y piezas de un ballet, todo en torno a la 'Sinfonía núm. 1', ocasión en la que se impuso un sonido elegante y virtuoso, muy aterciopelado, propio de una orquesta con instrumentos de época, con técnicas y puntos de vista anteriores a los de la música decimonónica. Un sonido que podría ser bastante fiel al de la época de Beethoven, aunque se optó por la afinación tradicional. Ya en ese concierto los calificativos y las ovaciones dejaron claro que se estaba ante el comienzo de algo tan diferente como especial, lo que se confirmó en la segunda entrega, el lunes, cuando el prodigioso sonido Gardiner volvió a agotar las localidades y a encandilar al público con la 'Sinfonía núm. 2' y, sobre todo, con la 'Tercera', la 'Heroica'.

El proyecto alcanzaría su punto álgido el martes, cuando el público del Palau ovacionó de manera nunca vista una 'Sinfonía núm. 5' en la que todo confluyó para que la velada fuera perfecta, incluso cuando le precedió una 'Cuarta' nada excepcional si se compara con lo vivido ante la popular obra cuyos primeros acordes, 'Ta-ra-ta-tán', la han hecho tan reconocible.

Un mundo particular

Después de un miércoles de descanso –y ensayos– el éxito continuó el jueves con la 'Sinfonía núm. 6 en Fa mayor, Op. 68, Pastoral' y con una de las más difundidas, la 'Núm. 7 en La mayor, Op. 92', volviendo a demostrar el prodigio de los instrumentistas -los solistas de la madera, de los bronces, el mago de los timbales, las cuerdas- y, claro, las ideas del director, creando en cada obra un mundo particular. En la 'Sexta', después de un 'Ma non troppo' casi caótico por lo festivo, llegó un 'Andante' maravilloso y teñido de melancolía antes de un espectacular 'finale'. En la 'Séptima' nuevamente las cuerdas tocaron de pie para equilibrar el sonido ante tanto viento, con un 'Allegretto' espectacular en el que se lució la cuerda grave para cabalgar hacia un 'Presto-prestissimo' brillante que desembocó en un final apoteósico y a toda máquina.

El viernes la magia de la 'Sinfonía núm. 9 en Re menor, Op. 125, Coral' volvió a humedecer los ojos del público. Ello después de una 'Sinfonía núm. 8 en Fa mayor, Op. 93' trabajada al milímetro, casi teatral, tanto como esa 'Novena' perfecta, con una masa coral grandiosa, 'tempi' tan contrastados como vigorosos y un correcto cuarteto vocal que contribuyó lo suyo con Lucy Crowe, Jess Dandy, Ed Lyon y Tareq Nazmi.

Un ciclo que ha hecho historia. Beethoven habría estado feliz; se le notaba en el busto que decora el escenario del Palau, que a ratos parecía sonreír.