ENTREVISTA

Pablo Guerrero: "En este país pasas de héroe a villano en 24 horas"

El cantautor extremeño, autor del himno antifranquista 'A cántaros', actúa en Barnasants al tiempo que anuncia su retirada tras más de 50 años de trayectoria

Pablo Guerrero.

Pablo Guerrero.

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Jordi Bianciotto

Trovador de tierra adentro, con raíces en el canto tradicional y a la vez con curiosidad por la experimentación sonora, Pablo Guerrero (Esparragosa de Lares, Badajoz, 1946) vuelve este domingo al festival Barnasants (Auditori Barradas, de L’Hospitalet) para ofrecer con su grupo un recital de corte antológico en el que recorrerá sus 50 años de carrera y adelantará canciones de su próximo trabajo, ‘Duetos inesperados’. Un disco que saldrá en otoño y con el que, nos anuncia, pondrá punto y final a su trayectoria.

Son 50 años de carrera, o algo más, desde que se plantó en Madrid a finales de los 60.

Llevo más de 50 años residiendo en Madrid, pero siempre volviendo a mi tierra, donde me siento bien porque es una cura de silencio frente al estrés y el ruido de las grandes ciudades.

Era estudiante de Filosofía y Letras, rama de Literatura, cuando dio con los integrantes del grupo Canción del Pueblo. ¿Qué representó aquello para usted?

Una forma nueva de entender la música en la que el texto era muy importante, así como el compromiso social y político. Seguíamos un poco el camino de Bob Dylan, de Joni Mitchell..., y aquí en España, de los cantautores catalanes. No me llegué a integrar en el grupo, porque cuando me ofrecí a cantar ya se había disuelto. Allí estaban Hilario Camacho, Elisa Serna, Adolfo Celdrán... Amigos muy queridos.

Se inició con la guitarra.

Y en seguida conocía a gente de Nuestro Pequeño Mundo, como Nacho Sáenz de Tejada, que se incorporó y me acompañó en los conciertos. Estuvimos juntos todos los años 70, y nunca se fue del todo.

Se ha dicho de usted que es “un poeta que canta”. ¿Le parece ajustado?

Paralelamente a los discos, escribo mucha poesía y la publico. Al principio separaba un poco las dos actividades: por una parte, me consideraba letrista de canciones, y por otra poeta. Pero creo que con el tiempo las dos facetas se han ido uniendo, y ahora mi poesía tiene que ver con un lenguaje sencillo, para la canción.

¿Cómo fue que María Dolores Pradera cantara una de sus primeras canciones, ‘Amapolas y espigas’?

Me pasó algo muy curioso: fui a un concierto suyo y me hicieron pasar a su camerino. Ella me lo enseñó, me dio unos consejos y de repente entraron Los Gemelos y cantó con ellos la canción para mí. Se puso un pañuelo en la cabeza y todo para cantarla. Imagínate, un joven como yo, que acababa de venir del pueblo... Yo estaba flotando en una nube. En el concierto la cantó, la llegó a grabar y la tuvo mucho tiempo en el repertorio.

Usted la interpretó en el Festival de Benidorm de 1969.

En aquella época era normal que los cantantes que se lanzaban fueran a los festivales. Me lo propusieron y yo, con el arrojo de la juventud, dije que sí. La canción destacó: le dieron el premio a la mejor letra. Creo que la escribí estando todavía en Extremadura.

¿También escribió en su tierra la canción ‘Extremadura’? Tiene una letra poco alentadora: “¿Por qué se fueron los hombres / de tu tierra? / Extremadura, / tierra de conquistadores / que apenas te dieron nada”.

Sí, la cantaba ‘a cappella’, sin acompañamiento ninguno, y estaba inspirada en cantos de trabajo de mi pueblo. Pero algo se ha avanzado en Extremadura. El trabajo ya no es tan duro: cuando yo vivía, todavía se araba con mulas. Creo que todo ha evolucionado. Extremadura tenía una imagen de tierra seca, dura, llena de caciques y de pobreza, y algo de eso había. Pero eso se ha ido mitigando, aunque probablemente no haya desaparecido del todo. La emigración fue muy fuerte, y ahora vuelve a serlo; vuelve a haber muchos jóvenes que se han ido a buscar trabajo a otros lugares.

Preparó un disco, ‘Tierra’, con poemas de Miguel Hernández, un poco antes que el de Serrat, que no se llegó a publicar.

Unos meses antes, sí. Era música para una obra de teatro: la vida de Miguel Hernández, en tres partes. La censura prohibió el espectáculo y lo camuflamos un poco para sortearla en una especie de ensayo con público. Pero la policía se enteró y entró, y terminó todo de una forma bastante violenta. No quedó nada de aquello, aunque el director, Emilio Hernández, conserva una casete de la época con las canciones.

En 1975 actuó en el Olympia, de París.

Fui con Xavier Ribalta, actuamos los dos el mismo día. El concierto estaba lleno de exiliados, periodistas, gente que había emigrado, chicas que se iban a servir... En París había mucha sensibilidad por lo que pasaba en España, sobre todo en el mundo de la cultura. Paco Ibáñez fue al concierto, y luego estuvimos en su casa.

Y apenas seis meses después de la muerte de Franco, participó en el Festival de los Pueblos Ibéricos, en la Universidad Autónoma de Madrid.

Con cantautores de cada comunidad en una explanada enorme, llena de jóvenes pidiendo libertad, en la que mirabas a lo lejos y estaba todo rodeado de policías a caballo. Estaban Raimon, Labordeta, Julia León, Víctor Manuel... Fue muy emocionante.

Marcó distancias con los partidos. ¿Era escéptico?

En mis primeros años en Madrid yo era muy cercano a los movimientos libertarios. Era más de sindicatos que de partidos. Conocí a algunos de esos dirigentes cuando volvieron del exilio y era gente increíble, con una gran bondad y entrega a los problemas de los demás. Pero no soy un escéptico político; solo que no soy un hombre muy de partido. Me cuesta aceptar la disciplina. De todas formas, ahora soy de Podemos. A raíz del 15-M, me hice del partido, y ahora creo que me perdí algo bueno no militando antes, porque se conoce mucha gente que piensa de forma parecida a ti, y es muy bueno. Hay que organizarse para conseguir cosas. He evolucionado, sí.

En ‘A cántaros’ venía a pedir que una fuerte lluvia se llevara al régimen por delante. ¿Lo concibió como un himno, una canción que pudiera compartirse fácilmente?

No, no, salió por casualidad. De todas las canciones que he hecho, es la única en que estaba haciendo la letra y me vino a la cabeza la melodía, ambas cosas a la vez. Y de un tirón, y sin ninguna corrección.

¿Cree en la inspiración?

Sí, creo que hay momentos especiales. Yo lo noto. Cuando voy a escribir una poesía y sé que va a surgir. Pero, bueno, nunca he tenido momentos de importante sequedad creativa.

Después de Franco, en los 80, la situación de los cantautores, en lugar de mejorar, se diría que empeoró. ¿Lo recuerda así?

Sí, en este país pasas de héroe a villano en 24 horas. Pero, bueno, lo entendí, porque aparecían músicos nuevos con otra imagen y otra forma de componer. Pero seguí actuando. Aunque no estábamos en primera línea mediática, como diríamos ahora, la mayoría pudimos dedicarnos a vivir de cantar nuestras canciones. Con la ‘movida’ no me relacioné mucho. Algunas de sus actuaciones me parecieron divertidas, y ellos a mí me respetaron.

En 1988 comenzó, con ‘El hombre que vendió el desierto’, una nueva etapa con Suso Saiz. Discos distintos, en los que experimentaba con el sonido y la electrónica. ¿Cómo fue esa evolución?

Conocí a Suso un poco por casualidad y, como a él, a mí me gustaban mucho Brian Eno y Robert Fripp. Comenzamos a trabajar un poco en broma, a ver cómo podía quedar una canción con esos sonidos. Nos gustó experimentar y seguimos. Hasta ‘Sueños sencillos’ (2000), donde ya apareció Luis Mendo.

Se rebeló contra la estética de la voz y la guitarra.

Sí, me rebelé contra eso porque me gusta mucho el ‘ambient’, gente como David Sylvian, que experimentaba entonces con nuevos sonidos. Fue un momento de búsqueda, estética y personal.

La experimentación sonora no ha sido, por lo general, el terreno natural de los cantautores. ¿Quizá Mikel Laboa fue alguien más cercano a usted?

Sí, Mikel Laboa llegó a hacer discos cercanos a lo que yo hacía, muy experimentales. Fuimos muy amigos. Hizo cosas muy atrevidas, músicas con mucha ruptura armónica.

Pero consumado un ciclo de álbumes, volvió a las formas más tradicionales.

Llegó un momento en que me pareció que ese camino estaba agotado y volví a hacer canciones con guitarras y armonías, más sencillas, y acercándome al jazz. Creo que influyó la crisis económica; las compañías no daban dinero para grabar discos. Conocí al grupo que acompañaba a Luis Mendo: Cristian Pérez, Santi Vallejo y Juan Ferrari, la banda de músicos con los que actuaré en Barnasants.

Pese a las crecientes penurias discográficas, en el 2007 le montaron un disco de homenaje, ‘Hechos de nubes’, que fue un lujo.

Idea de Ismael Serrano. Un regalo, porque oír canciones mías en la voz de Serrat, o de Aute, o de Pedro Guerra, o de Javier Ruibal... Hicieron suyas las canciones y me las devolvieron renovadas. Yo estuve totalmente al margen de ese disco. Iba escuchando canción a canción a medida que Ismael me las iba mandado. Todas fueron una sorpresa. Fue un momento muy bonito de mi vida.

Ha seguido publicando discos, entre ellos uno a medias con Javier Álvarez. ¿Y ahora?

Tengo un proyecto nuevo, un disco que se llamará ‘Duetos inesperados’, donde cantaré cada canción con un músico: voz y guitarra, voy y piano, voz y armónica... Ya están las canciones compuestas y maquetadas. La grabación será para julio. Son canciones todas nuevas, con letras mías y músicas de Luis Mendo y mías, menos una que es de un poeta amigo, Santos Domínguez.

¿Textos que tienen alguna idea en común?

Iba a dedicarle el disco a Madrid, la ciudad que me ha acogido, pero al final eso no prevalece, porque solo dos de las letras hablan de Madrid. Los demás son sobre los temas que siempre me han inspirado: la amistad, el amor... También hay canciones con humor. Creo que será un disco lleno de ternura, con músicos muy buenos, como los de mi banda y Antonio Serrano a la armónica. Estoy en contacto con Quique González, Cristina Narea y Depedro. Espero que me digan que sí. Este disco probablemente sea mi despedida del mundo de la canción. Yo siempre he estado en la vanguardia en este país, probando cosas nuevas, y me quiero despedir con un disco donde haya un riesgo, porque es lo que me gusta y lo que siento.

¿Qué ha pesado en la decisión de cerrar su carrera?

Estoy bien físicamente, pero creo que llega un momento en que hay que saber decir adiós. Cohen estuvo hasta el final e hizo discos maravillosos, pero en mi caso no quiero que sea así. Los conciertos se van a acabar también. El disco saldrá después de verano y haré una pequeña gira de despedida. Responde a algo profundo, a no querer decir nada más. Después de este próximo disco el siguiente paso lógico será guardar silencio.

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‘¿Qué fue de los cantautores?’, se preguntaba su paisano Luis Pastor en su libro. ¿Qué le responde?

La respuesta ahora es un poco triste, porque muchos ya no están con nosotros, ya se fueron. Pero la figura del cantautor sigue con fuerza, y nuestros sueños han sido heredados por las nuevas generaciones. Yo creo que la canción de autor que nosotros ayudamos a definir continúa y seguirá. Siempre hay gente capaz de emocionar con una voz y una guitarra.