09 ago 2020

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ANÁLISIS

Lógica irrefutable y alguna sorpresa

Sin duda alguna, 'Dolor y gloria' es la película española del año

Quim Casas

Antonio Banderas, con el Goya al mejor actor 

Antonio Banderas, con el Goya al mejor actor  / AFP / JORGE GUERRERO

El guion puede alterarse a medida que avanza el rodaje y, después, cambiar muchas cosas en la sala de montaje, allá donde se cuecen definitivamente las películas, pero siempre respetando las directrices de base de ese primer tratamiento: el guion es el andamiaje de toda película. 'Dolor y gloria' ha logrado entre otros los dos Goya, al montaje (Teresa Font) y al guion (Pedro Almodóvar), y fue el director y escritor de una película tan reflexiva sobre su propia existencia quien le pidió al actual presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que redacte un buen guion para su mandato, y aunque tenga que cambiar cosas, se mantenga fiel al mismo cuando deba de ponerlo en práctica; tendrá que modificar cosas al final, evidentemente, pero que no lo traicione. Fue un buen símil entre cine y política (después, al recibir el Goya como director, lanzó un grito de socorro al presidente sobre la situación del cine de autor español) en medio de una ceremonia que navegaba entre un dudoso gusto estético pero tenía algunas saludables salidas de tono por parte de Silvia Abril, el recuerdo a los fallecidos el año pasado durante la actuación de Jamie Cullum y varios galardones inesperados. Lo fue el primero en otorgarse, ya que pocos esperaban que el premio a la mejor actriz revelación se lo llevara Benedicta Sánchez por 'Lo que arde', película que ganó también el que me parece el Goya más incontestable de esta edición: no hay dirección de fotografía que supere a la de Mauro Herce en el filme de Oliver Laxe, así que si hay premios políticos, relativos y discutibles, también los hay de muy justos, y este es uno de ellos.

La polarización 

A medida que la gala fue avanzando, y con alguna decisión sorprendente –no creo que casi nadie pensara que Belén Cuesta iba a vencer a Penélope Cruz, Greta Fernández y Marta Nieto como actriz principal–, la polarización entre Almodóvar y Amenábar, que diría nuestro amigo y compositor Luis Troquel, fue en aumento. 'La trinchera infinita' quedaba definitivamente como la tercera en discordia, pero los Goya de “artesanía” (maquillaje y peluquería, dirección de producción, dirección artística y vestuario, más el mejor secundario para un Eduard Fernández que ha sabido mesurarse en el papel de un personaje tan desmesurado como el militar franquista Millán-Astray) se iban para la otra película con la guerra civil y la posguerra española como telón de fondo.

'Intemperie', sinceramente, tenía poco que hacer y era la convidada de piedra, y 'Lo que arde' es demasiado disidente para unos galardones que nunca se han caracterizado por un atrevimiento mayúsculo. Así que se impuso la lógica, diría que aplastante –y mayoritaria– y 'Dolor y gloria' copó las distinciones más importantes: película, director, guion, actor principal, montaje y música, más actriz secundaria, que en realidad vino a ser un reconocimiento global a toda la trayectoria de Julieta Serrano, actriz fundamental en el ecosistema almodovariano. ¿Es el filme español del año? Sin duda alguna.