30 mar 2020

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CUENTA ATRÁS A LOS PREMIOS GOYA

Enric Auquer: "Nunca me habían dicho que hacía algo bien"

El actor es favorito al Goya a la mejor interpretación novel por su papel en 'Quien a hierro mata'

Beatriz Martínez

Enric Auquer, en Madrid, la semana pasada.

Enric Auquer, en Madrid, la semana pasada. / JOSÉ LUIS ROCA

Enric Auquer (Rupiá, 1988) ha pasado del anonimato a convertirse en la gran sorpresa cinematográfica del año en apenas unos meses. Sus papeles de narcotraficante gallego en la película de Paco Plaza ‘Quien a hierro mata’ y de joven con diversidad funcional en la serie de Leticia Dolera ‘Vida perfecta’ han dejado al público pasmado por su versatilidad a la hora de clavar dos interpretaciones de una enorme complejidad que él es capaz de convertir en memorables gracias a su rotunda personalidad escénica. Su periplo en la temporada de premios está siendo apoteósico (dos Feroz y un Gaudí), así que parece difícil que se le resista el Goya en la categoría de mejor interpretación novel en la que está nominado.

¿Cómo fueron sus inicios?

Bastante tardíos. Mi madre insistió en que me apuntara a una escuela que se llamaba El Timbal. Joaquín Oristrell me escogió para un pequeño papel en ‘Dieta mediterránea’ y con un día y medio de rodaje tuve suficiente para saber que me quería dedicar a esto. Hice con La Fura delsBaus ‘Titus Andronicus’ y cosas con la compañía La Perla 29 de Oriol Broggi. Fue entonces cuando mi hermana pequeña y dos de mis primos entraron a estudiar en la ESCAC y comencé a hacer cortos con su pandilla. Aprendimos todos juntos las herramientas del cine. Al mismo tiempo, además de la tv-movie ‘Ebre, del bressol a la batalla’, entré en el teatro profesional en Barcelona y Lluís Pasqual me fichó para la obra ‘In memoriam’, y en el Teatro María Guerrero conocí a la directora de cásting Arantza Vélez, que me propuso el papel de ‘Quien a hierro mata’.

Usted pertenece a una nueva generación de jóvenes intérpretes y artistas catalanes que parece tener una identidad propia y un fuerte impulso creativo.

Formamos un grupo muy grande y diverso. Ahí están haciendo cosas Iván Morales, Nao Albet y Marcel Borràs, Irene Moray, Elena Martín, Marta Aguilar, Àlex Monner, amigos fotógrafos como Lluís Tudela… nos retroalimentamos unos a otros y eso es muy guay.

¿Cree que hay algo que les caracteriza?

Supongo que será el contexto, la ciudad, el momento en el que vivimos, esa cosa de destruir lo viejo. También percibo a mi alrededor el auge del feísmo como arma contra la generación anterior, en la ilustración, la foto, en el 'underground', romper con lo estético y apostar por lo incómodo. Lo importante es la libertad creativa que nos impulsa, después cada uno se busca la vida como puede.

Lo hemos conocido gracias a dos papeles muy arriesgados, ¿cómo los preparó?

A mí me ponen los retos. En el caso de Kike, de ‘Quien a hierro mata’, me fui a Galicia con Àlex Monner y muy discretamente entablé contacto con gente que se dedicaba al narcotráfico, me explicaron el negocio, las rías, y pasé allí un tiempo aprendiendo el acento. Yo trabajo mucho desde el estereotipo, que es algo que decía el director de teatro Peter Brook. Los actores a veces se pierden en psicologismos y si lo trabajas desde una serie de clichés, nunca te pierdes. Ya luego lo vas transformando a tu manera. Con Gary en ‘Vida perfecta’ tuve la suerte de contar con algunos actores con diversidad funcional, en especial con Víctor Fontela, que interpreta a Richi. Muchos me decían que el papel era una manzana envenenada, porque te podías empotrar muy fácilmente. Pero me concentré en su mirada libre de prejuicios, en su vulnerabilidad, en ese vivir el presente. Gary escucha con los ojos abiertos, expectante a lo que le da el otro y desde ahí todo me emocionaba.

¿Le gusta que lo califiquen como actor camaleónico?

Es que en realidad los actores no somos dueños de nuestro trabajo. No he hecho a Kike y a Gary yo solo. Los he hecho con Paco, con Leticia, con buenos guiones detrás y un gran equipo de gente trabajando a muerte. Y si han quedado bien es porque estaba en las mejores manos y eran dos grandes proyectos. Paco Plaza es un valiente, nunca me dijo que no a nada, siempre me dejaba libertad creativa, y si no le gustaba una cosa, no la montaba. Confió en mí y me llamaba “potro salvaje”. Se convirtió en mi aliado.

¿Cómo se pasa de tener una vida más o menos normal a ser el centro de atención?

Pues es raro, porque en el fondo siempre deseas que te vaya bien, que a la gente le guste tu trabajo. Pero no estoy acostumbrado a los piropos, me cuesta gestionar el halago porque nunca me habían dicho que hacía algo bien. Así que me ha pillado con una falsa modestia extraña. Ha sido todo un poco abrumador.

¿Le da un poco de miedo ese otro lado más turbio de la fama, el de las polémicas, las redes sociales, las opiniones sobre política?

No tengo redes sociales porque ya he vivido dos grandes follones que me afectaron mucho: el de Lluís Pasqual en el Teatre Lliure desde dentro, y lo de Leticia y Aina Clotet. Y es una cosa muy desagradable, la red es muy perversa y nociva. Lo malo es que al final, no depende de ti. Vivimos en una sociedad en la que la gente tiene miedo de decir lo que piensa. Yo lo noto con el conflicto catalán y la forma como se juzga. Pero nadie dice nada del fascismo en España y de que haya entrado en las instituciones. Supongo que da miedo decir cosas, pero se tienen que decir.