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CRÓNICA DE ÓPERA

Una 'Aida' a la que le faltó un hervor

La ópera de Verdi regresó al Liceu con la monumental escenografía de telones pintados de Mestres Cabanes

Pablo Meléndez-Haddad

Un momento de la representación de ’Aida’ en el Liceu

Un momento de la representación de ’Aida’ en el Liceu / A. BOFILL

El regreso de una ópera tan popular como 'Aida' es una buena noticia para el Liceu, porque con obras como esta el público acude en masa y se equilibran las finanzas a pesar del gran número de funciones programadas. En esta ocasión regresaba todo un clásico, el amortizado montaje con la escenografía de telones pintados de Mestres Cabanes de mediados del siglo XX, una hermosa pieza de museo que había demostrado funcionar muy bien, pero esta vez el director de escena, Thomas Guthrie, impuso tal cantidad de situaciones y puntos de vista que no solo desmontó la magia de los telones con ese prólogo y epílogo absurdos, sino que llenó de actividad doméstica las escenas, optó por carteles tipo cine mudo con información discutible y puso figurantes por todo sitio, niños incluidos, siempre ‘haciendo cosas’. Cambió los ballets convencionales por apuestas modernas que convencieron en el sacrificio de la escena de la invocación a Fthà y en la lucha de los maestros de ‘capoeira’, aunque la fórmula era más apropiada para una lucha grecoromana que egipcia. Menos mal que estaban los hermosos telones destacados por la iluminación de Albert Faura.

El reparto incluía a casi todos los protagonistas debutando en sus papeles, y quizás por eso mismo destacó especialmente, por línea y adecuación al estilo, el desenvuelto Amonasro de Franco Vassallo, de canto impecable, expresivo y absoluto sentido dramático. El veterano Kwangchul Youn estuvo sobrado, mientras desilusionaban el poco seductor Rey de Mariano Buccino y, sobre todo, tanto el sonoro Radames del tenor coreano Yonghoon Lee –una rareza indómita de la naturaleza con un vozarrón ‘verista’ aquí completamente fuera de estilo– como la voluntariosa Amneris de la mezzosoprano francesa Clémentine Margaine, cuya hermosa voz no tenía nada que hacer con el papelón verdiano que defendía, sin graves y hasta desafinando.

La soprano estadounidense Angela Meade cumplió con nervios como Aida –aquí sin maquillaje de negra ante la corrección política– en un papel de gran exigencia que seguro que en el futuro le reportará éxitos, con un tercer acto espectacular (exceptuando la dicción anglófila y a pesar de esa subida al Si bemol que se le quebró); ella es una gran intérprete, pero obviamente le falta decantar este personaje inmenso.

Quizás a todos les hubiese ayudado a encontrar caminos más adecuados en cuanto a estilo un ‘regista’ más centrado en sus protagonistas que en las escenas costumbristas, como también un director musical probadamente verdiano y de tradición operística, porque el correcto y musical Gustavo Gimeno, aquí un excelente concertador que ¡también debutaba la obra! no pudo hacerlos brillar. Buena actuación de la Simfònica liceísta –incluso con trompetas 'ad hoc'– y con altibajos el Coro, no siempre brillante en una obra hecha para que se luzca.

Temas: Ópera Liceu