Ir a contenido

LOS EFECTOS DEL METOO

La beligerante feminización de la literatura

El fenómeno ha corrido paralelo a un gran reconocimiento social de las escritoras

Elena Hevia

La escritora mexicana Elena Poniatowska junto a una imagen del narrrador Juan José Arreola. 

La escritora mexicana Elena Poniatowska junto a una imagen del narrrador Juan José Arreola.  / EFE

Que el movimiento MeToo, con toda la simplificación pero también con la eficacia que conlleva el fenómeno, ha sido el detonante de la revolución feminista 4.0, la que más y más intensamente está logrando cambiar los viejos estereotipos, es algo que también puede detectarse en el sector del libro. Persiste en este una contradicción interna bastante significativa, el hecho de que en la industria editorial española exista una amplia mayoría de mujeres, e incluso una CEO, Núria Cabutí, en la cumbre de Penguim Random House, uno de los dos gigantes editoriales del país, pero siga existiendo un cierto machismo latente. Y es que la consideración de vaca sagrada de la literatura, sea eso deseable o no, la siguen ostentando ellos, aunque ahora quizá sean contemplados con menos reverencia frente a la presión de las escritoras que en la última década han multiplicado su presencia y su recepción en las librerías. Y es que se está consolidando el consenso de que algunos de los más interesantes libros de los últimos tiempos están escritos por mujeres y no hay más que remitirse a la lista de los mejores libros del 2019 elaborada por EL PERIÓDICO.

La escritora y activista Gabriela Wiener, una de las firmantes junto a Rosa Montero y Claudia Piñero del manifiesto sobre la disparidad de género que rige en la mayoría de eventos culturales y literarios en América Latina en ocasión de la escasa presencia femenina en la Bienal Mario Vargas Llosa, recuerda que ella misma empezó a escribir en un momento en el que tenía que pelearse por los pocos espacios destinados a las autoras: "Una vez Octavio Paz elogió a la poeta peruana Blanca Varela llamándola ‘escritor’. Bueno, pues no creo que hoy haya muchas escritoras que accedan a borrarse el género para que las consideren buenas y dignas".

En Estocolmo y en Ciudad de México 

¿Escándalos? Que en el ámbito local no se hayan visibilizado ni apenas difundido en los medios no quiere decir que no los haya habido. La joven poeta, escritora y editora Luna Miguel, por ejemplo, denunció la humillación, el menosprecio y el acoso sexual que ella y muchas de sus colegas habían sufrido en diversos festivales de poesía en España y Latinoamérica. El caso más significativo, por directamente delictivo y por estar en la cumbre de la consideración literaria, el Premio Nobel, se situó en el 2017 en Estocolmo cuando a Jean-Claude Arnault, marido de una de las académicas, fue acusado por 18 mujeres y llevado a prisión con cargos de violación. Eso provocó que la adjudicación del premio de 2018 se retrasara durante un año y quizá que la destinataria fuera una mujer (una ‘torna’ para los malpensados que quizá no benefició a una autora de la categoría de Olga Tokarczuk). Más cerca está el MeToo mexicano que en diciembre entonó la premio Cervantes Elena Poniatowska al anunciar que el ya fallecido narrador Juan José Arreola -otra vaca sagrada literaria- era el padre de su primer hijo y producto de una violación cuando ella tenía 22 años y él era un padre de familia casado.

Wiener destaca la solidaridad, la sororidad que en la actualidad se establece entre las autoras, alejadas de la competitividad masculina, y cómo los temas de las distintas violencias (la gordofobia, el aborto inseguro, el acoso, la violación, la maternidad impuesta…) están germinando en los libros de todas ellas: "Puedes encontrarlas escribiendo cuentos perfectos o testimonios intensos, literatura de género o sobre el género, da igual". Algo más reticente con las consecuencias del MeToo en la literatura se muestra la veterana editora Silvia Querini, antigua responsable de Lumen, sello con un marcado sesgo femenino: "Creo que el fenómeno ha traído consigo una avalancha de confesiones más o menos honestas donde lo que más importa es la exposición del yo. Y con el yo por bandera se corre el riesgo de traficar con la intimidad y dejar el estilo y la forma en un lugar secundario".