01 abr 2020

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LOS EFECTOS DEL METOO

La abismal desigualdad del cine español

Los datos revelan la mínima presencia de las mujeres en la industria cinematográfica española

Beatriz Martínez

Leticia Dolera. 

Leticia Dolera.  / LAURA GUERRERO

En octubre del 2017 se hacían públicas las denuncias a Harvey Weinstein por acoso sexual y tras el impacto inicial y la crudeza de las acusaciones, poco se tardó en buscar un equivalente dentro del cine español.

Algunas actrices declararon haber sido víctimas de acoso en el entorno laboral, entre ellas Aitana Sánchez-Gijón, Belén Rueda, Leticia Dolera, Carla Hidalgo, Maru Valdivieso o Bárbara Rey. Sin embargo, ninguna se atrevió a dar nombres, dejando en el anonimato a sus agresores, entre los que, al parecer, se encontraban productores, directores y actores.

Desenmascarar la identidad de estos 'Weinstein' españoles dentro de la industria cinematográfica en nuestro país ha sido uno de los objetivos más buscados por parte de la prensa en estos últimos dos años, incluso se llegó a investigar a algunos posibles culpables de manera concienzuda. Y cuando parecía que todo iba a saltar por los aires… silencio. Quizás sus tentáculos eran demasiado poderosos, quizás no hubiera pruebas contundentes. Pero lo cierto es que continúan en la sombra. El miedo a posibles represalias por parte de sus víctimas, el cuestionamiento de su credibilidad, un linchamiento público o situarse en el ojo del huracán frente a una situación tan delicada pueden haber sido algunas de las razones para guardar el secreto.

Muchos piensan que, en realidad, esta caza del abusador con nombre y apellidos solo contribuía a generar sensacionalismo. ¿Es necesario poner ahí el foco de atención? ¿O en el sistema machista que sigue sustentando el cine español y que parece infranqueable?

En cualquier caso, para lo que sí ha servido el movimiento MeToo es para crear una conciencia tanto individual como colectiva en torno a lo que es o no permisible. Las mujeres son ahora mucho más conscientes de sus derechos, están aprendiendo recursos para no dejarse avasallar y tener el coraje de decir que no, y, sobre todo, saben que no están solas, que se ha generado un manto de sororidad bajo el que tener amparo y protección.

"Si hay abuso sexual es porque hay abuso de poder", dice Cristina Andreu, presidenta de CIMA (Asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales). "Y las cifras no engañan, hay una diferencia abismal entre las películas dirigidas por mujeres y las dirigidas por hombres, y esta desigualdad nos hace estar en una situación más frágil, y por eso es normal que siga perpetuándose el dominio patriarcal a costa de nuestra dignidad e integridad. Mientras los contenidos de nuestras películas sigan estando en manos de los hombres, es muy difícil cambiar las cosas. Si Cecilia Bartolomé y Josefina Molina hubieran seguido haciendo cine en vez de José Luis Garci, por citar un coetáneo, esta sociedad sería diferente".

En el último informe realizado por CIMA, de un total de 152 largometrajes (los presentados a la 33ª edición de los Premios Goya), el 71% de los cargos de responsabilidad estuvieron ejecutados por hombres, y el 29% por mujeres. Si alguien piensa que esta situación ha mejorado en los últimos cuatro años, no va bien encaminado, el balance solo ha crecido un 3%. Otro dato crucial tiene que ver con los presupuestos: entre los títulos dirigidos por mujeres y los dirigidos por hombres, existe una diferencia de 1.273.979 euros, un 50% menos de dinero.

"La única forma de cambiar esta situación es seguir luchando para que haya más leyes de protección", continúa Cristina Andreu. "En CIMA tenemos un plan de acción para cambiar esta dinámica, que haya tantas mujeres directoras como hombres, tantos contenidos hechos por mujeres como hechos por hombres, pero para eso se necesitan políticas. Viendo a Abascal en televisión riéndose de las leyes contra la violencia de género, desde luego queda claro que tenemos que seguir luchando mucho".