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ÓBITO

Muere Javier Aguirre, director sin par que alternó cine comercial y experimental

El prolífico cineasta, que tenía 84 años, dirigió a Los Bravos, Parchís, Raphael, Lina Morgan y Paul Naschy, pero también hizo cine fuera del sistema

Quim Casas

Javier Aguirre, en el 2002.

Javier Aguirre, en el 2002. / EFE / ALFREDO ALDAI

¿Un director puede ser el artífice de una película pop de Los Bravos, cuatro filmes del grupo Parchís y varias cintas de corte experimental, entre ellas una reactualización de la tragedia de Medea? Javier Aguirre, fallecido este miércoles en Madrid a los 84 años, demuestra que sí se puede.

Y no solo eso, porque el cineasta nacido en San Sebastián en 1935 fue capaz de muchas otras cosas antagónicas. A 'Los chicos con las chicas' (1967), en la que se sirvió de los Bravos para emular al Richard Lester de sus comedias con los Beatles, los cuatro títulos al servicio del grupo musical-infantil Parchís -entre ellos 'La guerra de los niños' (1980)-, y algunas películas fuera del sistema que hizo con su segunda compañera sentimental, la actriz Esperanza Roy -'Carne apaleada' (1978), 'Vida/Perra' (1982), 'La monja alférez' (1987) y 'Medea 2' (2006)- deberíamos añadir un sinfín de propuestas de cine comercial en las que hizo lo que los productores le mandaban y el público le pedía, pero a su manera.

Con el imposible Torrebruno realizó la comedia 'Rocky Carambola (La criada se enamora)' (1979), en la que el cómico italo-español corría aventuras circenses con un chimpancé como si fuera el Clint Eastwood de sus películas con un orangután. A Paul Naschy-Jacinto Molina, el todoterreno del cine de terror español, lo dirigió en 'El gran amor del conde Drácula' y 'El jorobado de la Morgue', ambas rodadas de una tacada en 1972, en un pispás.

Hay más. Aguirre se puso los ropajes de una Agatha Christie en 'El asesino está entre los 13' (1973), con varios personajes reunidos en una casa de campo para esclarecer un asesinato. Y. claro, llegó su opus particular dentro del cine comercial del franquismo con una cinta que vale su peso en oro por tan hilarante título, 'Una vez al año ser hippy no hace daño' (1969). Con sus protagonistas, Tony Leblanc y Concha Velasco, pareja clásica de la comedia española de aquel tiempo junto al landismo, ya había hecho unos meses antes 'Las que tocan el piano' (1968). Las realizó mientras estallaban las revueltas del mayo francés, está todo dicho.

Tuvo a sus órdenes a Laura Valenzuela -'Pierna creciente, falda menguante' (1970), otro título que quita el hipo, de aquellos tiempos en que los cineastas se las ingeniaban para ser algo mordaces en materia sexual frente al conservadurismo general-, a Raphael -'Volveré a nacer' (1971)- y Lina Morgan. Practicó el 'sexploit' y envió a Tony Leblanc a la Luna en 'El astronauta' (1970), comedia chusca en la que la NASA se convierte en la SANA. Pedro Masó andaba por ahí, escribiendo los guiones de esa parcela del cine franquista que hoy se revisa desde parámetros históricos y culturales diversos. 'El insólito embarazo de los Martínez' (1974) es otro despropósito -ya se pueden imaginar quien queda embarazado del matrimonio- que hoy resulta casi posmoderno.

También hizo documentales en las antípodas del resto de su obra de ficción, en 1961 ganó la Concha de Oro en San Sebastián al mejor documental por 'Pasajes tres' y en los años 50 colaboró en la influyente revista cinematográfica 'Film Ideal'. Es difícil encontrar alguien igual en la historia del cine español.

Temas: Películas