29 feb 2020

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ESTRENOS DE CINE

'Midway': hazañas bélicas XXL con el sello de Roland Emmerich

El cineasta alemán, experto en destrucción apocalíptica, viaja a la segunda guerra mundial para recrear este célebre episodio bélico entre Estados Unidos y Japón

Nando Salvà

Estrenos de la semana. Tráiler de ’Midway’.

A excepción de Michael Bay, ningún otro cineasta actual parece disfrutar tanto de orquestar imágenes de destrucción masiva como Roland Emmerich. Desde que llegó a Hollywood a principios de los 90, el alemán ha dejado literalmente en la ruina algunos de los edificios más famosos del mundo: derribó el Burj Khalifa, hizo pedazos la Estatua de la Libertad y el Cristo Redentor y redujo a escombros humeantes tanto el Vaticano como, en tres ocasiones, la Casa Blanca. El tema favorito de su cine siempre ha sido el Apocalipsis, causado por criaturas abisales -en 'Godzilla' (1998)- o por alienígenas -en 'Independence Day' (1996) y su secuela- o por los llamados Actos de Dios, como en' El día de mañana' (2004) y '2012' (2009).

En tanto que también acumula escenas de derribo y demolición, por un lado su nueva película, 'Midway', es una obra típica de su autor. Por el otro, sin embargo, supone algo parecido a un desvío. En ella Emmerich habla de acontecimientos históricos -la segunda guerra mundial, nada menos- y de personajes que en muchos casos están basados en gente real y, quizá por ello, exhibe más ambiciones dramáticas de las habituales en él. Midway, en efecto, se adentra en la Armada estadounidense y transita por varios niveles de su jerarquía burocrática durante los meses transcurridos entre el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 y la triunfal defensa norteamericana del atolón del título, que culminó el 6 de junio de 1942 y sentó las bases de la posterior victoria aliada en el frente del Pacífico; en concreto, la película recrea cómo ambos bandos llevaron a cabo los preparativos para la batalla y en el proceso trataron repetidamente de engañar tácticamente al oponente.

Roland Emmerich, en el rodaje de 'Midway'.

Por supuesto, en cualquier caso, las escenas centrales de Midway son las que recurren a abundante imaginería digital para escenificar aviones que se estrellan, buques que naufragan y proyectiles que causan explosiones. Emmerich, eso sí, no usa los efectos visuales para generar verosimilitud o adentrar al espectador en el caos y el horror de la batalla. De hecho, apenas hay rastro de sangre en la película; las frecuentes secuencias de combate transcurren bañadas por la obsequiosa luz del sol y exudan una inconfundible sensación de júbilo.      

Una batalla de película

Emmerich tuvo la idea de filmar Midway hace dos décadas, pero el estudio al que por entonces estaba profesionalmente vinculado, el grupo nipón Sony, no se mostró particularmente interesado en un proyecto que hablara de la derrota de los japoneses en la segunda guerra mundial. Además, al menos sobre el papel, aquella historia ya había sido contada. La primera película en hacerlo fue el documental 'La batalla de Midway' (1942), rodado por John Ford in situ durante la contienda. Filmando desde el tejado de una central eléctrica -así nos lo muestra Emmerich-, el maestro capturó las imágenes más vívidas de la guerra hasta la fecha, y mientras lo hacía sufrió una herida de metralla de ocho centímetros en el brazo.

Mucho menos memorable resultó ser después 'La batalla de Midway' (1976), que mostraba un desdén por exactitud histórica especialmente llamativo considerando que tanto su director, Jack Smight, como buena parte de su reparto -Henry Fonda, Charlton Heston, Glenn Ford, Cliff Robertson, Hal Holbrook- eran veteranos de guerra. De hecho, usaba el escenario bélico como mero telón de fondo de un melodrama romántico, y buena parte de sus escenas de combate estaban montadas a partir de fragmentos de películas previas como 'Treinta segundos sobre Tokio' (1944), 'De Pearl Harbor a Midway' (1960) y 'Tora! Tora! Tora!' (1970).

Una imagen promocional de 'Midway', de Roland Emmerich.

La película de Emmerich no solo es más fidedigna que esa predecesora, también más sofisticada, de varias maneras. Por un lado, y aunque hasta cierto punto comparte la misma agenda militarista y proamericana, al menos se esfuerza por humanizar a los nipones y por entender y representar su cultura y su código de honor, y reflexiona sobre el coraje necesario entre los soldados de ambos bandos para morir por un país cuyos líderes de ningún modo harían ese tipo de sacrificios. Por otro, y a diferencia de tantas películas estadounidenses sobre la segunda guerra mundial diseñadas exclusivamente como relatos de heroismo individual, captura un esfuerzo colectivo consagrado a la concepción y la ejecución de una estratégica bélica enormemente complicada... Todo eso, claro, mientras se deleita mostrnado imágenes de destrucción.