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ÓPERA

València aclama a Plácido Domingo en su regreso a España

El público del Palau de les Arts vitorea al cantante en su primera actuación en el país tras las acusaciones de acoso sexual

Pablo Meléndez-Haddad

Plácido Domingo, en el ensayo general de ’Nabucco’, el viernes pasado en el Palau de les Arts.

Plácido Domingo, en el ensayo general de ’Nabucco’, el viernes pasado en el Palau de les Arts. / MIGUEL LORENZO

La sola presencia de Plácido Domingo en un teatro de ópera es todo un acontecimiento. Pero esta vez, en su cita anual con su público del Palau de Les Arts de València (con las entradas agotadas para todas sus actuaciones con semanas de antelación), se sumó el morbo que suponía asistir a la primera actuación del artista madrileño en España después del escándalo que significó la publicación de dos artículos de una agencia de noticias en los que una veintena de mujeres le acusaban de abuso sexual y conducta inapropiada. Y así como en Estados Unidos esta superestrella de la lírica ha visto su carrera finiquitada debido a las acusaciones, en Europa ha contado con el apoyo incondicional de teatros, público y prensa.

Buena prueba de ello fue este retorno a València, el lunes, como protagonista de la verdiana 'Nabucco', ópera que hace un mes Domingo ya cantó con gran éxito en Zúrich en su reencuentro con el público europeo después del verano.

Espléndida forma

En València, donde ha sido especialmente idolatrado -el Centre de Perfeccionament de Les Arts lleva su nombre-, volvió a triunfar, siendo acogido en el estreno de 'Nabucco' con calurosos aplausos por un público que lo ha aclamado y hasta vitoreado después del aria 'Dio di Giuda'. En espléndida forma, el ahora barítono demostró su poderío milagroso -casi con 80 años- con una voz potente, de amplia proyección, timbre atractivo y brillante, junto a su inigualable poder de comunicación. Su interpretación dramática fue muy creíble, transformándose en Nabucco de principio a fin.

A su lado se pudo disfrutar de una Anna Pirozzi sencillamente espectacular como la temible Abigaille, asumiendo sin aparentes esfuerzos uno de los papeles más temidos de todo el repertorio. Pero a Pirozzi le sobra talento, y así lo pudo demostrar.

El tenor mexicano Arturo Chacón-Cruz estuvo muy entregado como Ismaele, aportando su timbre tan personal y de suficiente proyección, todos ellos muy bien secundados por la correcta Fenena de Alisa Kolosova, cuya escena final deslució su entrega previa con problemas de afinación.

A distancia se movió el poco rotundo Zaccaria de Riccardo Zanellato, muy limitado de proyección y sin graves extremos, aspectos necesarios en su personaje.

Colorista y poco novedosa

La puesta en escena, tan colorista como poco novedosa -utiliza recursos ya muy vistos-, de Thaddeus Strassberger, gustó al público por su juego de teatro dentro del teatro al ambientarse en La Scala de Milán en la época del estreno de la ópera y no en Palestina, Siria y Mesopotamia en tiempos de Nabucodonossor.

Los lujosos trajes de Mattie Ullrich y la conseguida ambientación (escenografía de telones pintados del propio 'regista' -que debería ver los motajes de Mestres Cabanes- e iluminación de Mark McCullough) jugaron a favor de una velada en la que tuvo una actuación extraordinaria el Cor de la Generalitat, impresionante en el siempre esperado 'Va, pensiero' ya convertido en un himno a la libertad (aspecto que se subraya al reperirlo al acabar la función, después de los aplausos), así como la estupenda Orquestra de la Comunitat Valenciana. Todos estuvieron bien guiados y concertados por la también muy aplaudida dirección musical de Jordi Bernàcer; el joven y consagrado maestro valenciano demostró empatía con los cantantes, mano suficientemente flexible con el coro y aplicó una convincente mirada teatral a su discurso.