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HOTEL CADOGAN

Recuerda, Nabókov

`Sueños de un insomne¿, publicado por WunderKammer, permite husmear en la trastienda íntima del padre de `Lolita¿

Olga Merino

El escritor ruso Vladímir Nabókov en 1964. 

El escritor ruso Vladímir Nabókov en 1964.  / HENRY GROSSMAN

El matrimonio Nabókov llegó anoche al hotel, muy tarde ya, cuando casi todos los huéspedes habían cogido el primer sueño. Alisándose el uniforme, el ‘boy’ colocó enseguida los baúles en el carro portamaletas, pero a pesar de sus gestos solícitos, la esposa, muy digna, se empeñó en cargar ella misma con el paraguas, el cazamariposas y la máquina de escribir. Vera le dio una propina muy corta, y el chico se quedó rumiando qué vistasse contemplarían a través de los ventanales cuando amaneciera. ¿La América de los años 50, la de los moteles de carretera que describió en ‘Lolita’? ¿O serían las faldas de los Alpes, en Montreux, donde el escritor acabó sus días? Esa es la ley del Cadogan: cada autor que en él se hospeda impone un paisaje y unas costumbres; a veces arrastra consigo un amor contrariado. Hemos salido de dudas esta mañana, en cuanto han corrido las cortinas: estamos en la Rusia zarista.

La melancolía rusa 

Vladímir Nabókov, maestro del matiz y el tono, hizo un motor narrativo de la ‘toská’ (tristeza melancólica) por una Rusia de la que su estirpe, aristócratas de cuna, tuvo que huir en 1919 por temor a los bolcheviques. Nostalgia sobre todo por la finca familiar donde pasaba los veranos, en Vyra, a unos 40 kilómetros de San Petersburgo. Vuelve a ella una y otra vez en su autobiografía, ‘Habla, memoria’, una hacienda inmensa con frambuesos, saúcos e hileras de robles, y otros dos palacetes dentro de su perímetro donde vivían la abuela y el tío Vasili. Allí sintió por primera vez la pulsión de escribir tras una tormenta de verano; allí su padre le enseñó el giro exacto de muñeca para atrapar una mariposa bajo la red. Como atestigua el libro ‘Sueños de un insomne’, publicado por WunderKammer, una editorial que rescata pequeñas maravillas, la casa y la infancia se cuelan a menudo en sus fantasías nocturnas. En una ensoñación, se calza unos zapatos blancos de tacón y baja a la carrera al comedor del caserón, pero, como ya es tarde y han recogido la mesa del desayuno, tiene que contentarse con un plátano del frutero tras asegurarse de que queda otro para su hermano Dimitri. ¡Qué inmenso placer el de poder husmear en la cámara secreta de un creador! Si todos los escritores beben de la infancia, Nabókov tiene de ella, de su pérdida, una conciencia hipertrofiada.