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DEL AUTOR DE 'EL SECRETO DE VESALIO'

El Pirineo catalán más negro y criminal

Jordi Llobregat ambienta 'No hay luz bajo la nieve' en la montaña fronteriza, por la que cruzaron los huidos del nazismo, y rescata la vida en las colonias industriales de Catalunya

Anna Abella

El escritor y director de València Negra, Jordi Llobregat, en Barcelona. 

El escritor y director de València Negra, Jordi Llobregat, en Barcelona.  / SERGI CONESA

A Jordi Llobregat (València, 1971) le llamó la atención una foto colgada en el comedor del seminario de Vic. “Había algo oscuro en ella. Era un grupo de jóvenes seminaristas a principios del siglo XX. Unos miraban con vanidad, incluso con crueldad, otro con temor, otro con odio, otro se escondía…”, recuerda el autor de ‘El secreto de Vesalio’ y creador y director del festival València Negra. Y a partir de ella fue tirando de hilos imaginarios por los que transitan judíos que cruzaron los Pirineos huyendo del nazismo, habitantes de las antiguas colonias textiles catalanas, lobos sobrenaturales a lo John Connolly o una policía con ataques de ansiedad, para armar ‘No hay luz bajo la nieve’ (Destino / Columna), novela negra bajo la sombra de Dante que lanza guiños a ‘Seven’. El escenario, la montaña pirenaica, que convierte en un personaje más, donde se respira una atmósfera “temible”. 

La subinspectora Álex Serra debe investigar la aparición de un cadáver desnudo, maniatado y con los ojos cosidos con alambre, en una estación de esquí en obras. “Es una mujer fuerte que, como hacemos muchos, se ha cubierto con una coraza y arrastra un sentimiento de culpa por la desaparición de su hermana en la infancia, que le ha marcado la vida”, señala sobre su protagonista, a la que probablemente rescatará en una próxima novela. 

Duros ataques de ansiedad

Toma demasiados ansiolíticos y sus cicatrices se manifiestan en recurrentes ataques de ansiedad, algo que el autor valenciano conoce por experiencia propia. “Cuando te pasa por primera vez y no sabes lo que es, sientes que te vuelves loco. Es la respuesta que desde la prehistoria tendrías si te dicen que te ataca un león y vas a morir: saltan todas las alarmas y, o corres, o atacas. Tu sistema simpático se dispara ante cualquier situación normal, por un abrazo que te agobia o la música alta. Es un infierno interno, sientes que tu cuerpo te dice que vas a morir y entras en pánico, las pulsaciones se disparan a 120 y tu cuerpo se prepara para una acción violenta porque tu mente le engaña enviando mensajes de peligro que en realidad no hay”. Eso, en un policía, “un colectivo que convive con situaciones difíciles de soportar”, multiplica los riesgos.             

Álex es enviada a la Vall Tova, en la Cerdanya actual, donde se crió. En paralelo, Llobregat intercala entradas del diario de Raquel, una de los cerca de 20.000 judíos que entre 1939 y 1944 atravesaron la frontera desde Francia huyendo de la Alemania nazi. “Cruzaban el Pirineo por puertos de montaña, con nieve en invierno, de noche. Niños, ancianos, mujeres y hombres, con lo puesto y cargando sus últimas posesiones, y con el miedo a ser descubiertos, detenidos y enviados a unos campos de los que intuían que no saldrían”. 

Aún hoy, explica, existe un tabú en las zonas fronterizas sobre guías habituados al contrabando que ayudaban a los huidos a cruzar por dinero pero que en algunos casos les asesinaron para quedarse con sus bienes. “La mayoría de gente les ayudó, aunque en algunos pueblos también les denunciaron a la Guardia Civil –lamenta-. No es difícil establecer paralelismos con los refugiados y migrantes de hoy, con mafias que les ayudan a pasar y el peligro de morir en el camino. La gente huye para sobrevivir”.

Esos Pirineos están salpicados, explica, de los búnkeres que Franco hizo construir en lo que llamó línea P. “Temía una invasión aliada, pero no sirvieron para nada. Fue un intento cutre de línea Maginot”.      

Antiguas colonias industriales

Recoge también Llobregat la vida en las colonias industriales catalanas, la mayoría textiles, nacidas a mediados del siglo XIX y que perduraron hasta los 70, que tan bien rescató Sílvia Alcàntara en la novela ‘Olor de Colònia’. “Fuera de Catalunya se conocen poco. Algunas aún pueden visitarse, como la Vidal, en Puig-reig, que inspira la de la novela. El patrón pagaba un jornal a los trabajadores, que al vivir en su colonia, le pagaban el alquiler, compraban en su tienda, iban a su iglesia, a su escuela… Estaban bajo su control. Allí nacían y criaban a sus hijos, futuros trabajadores, en un régimen de sumisión”. Un "sistema perverso", zanja.