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LO QUE NO SABÍAS DE...

Benito Zambrano cuenta las anécdotas del wéstern 'Intemperie'

El equipo tuvo que soportar un calor sofocante, hacer frente a los imprevistos y a las pulgas

Jaime López debió aprender a montar a caballo, llevar el burro, ocuparse de las ovejas y jugar con el perro

Eduardo de Vicente

Benito Zambrano, durante el rodaje del filme.

Benito Zambrano, durante el rodaje del filme. / LUCÍA GARRÉ

Benito Zambrano, el director de la celebrada Solas y La voz dormida, vuelve esta semana a las pantallas con Intemperie, un wéstern ambientado en la España de la posguerra protagonizado por el pequeño Jaime López (Techo y comida), Luis Tosar, Luis Callejo y Vicente Romero. La acción se sitúa en una zona indeterminada de España en 1946. Un niño pobre huye del cortijo donde trabaja con un reloj de oro que ha robado y dirigiéndose a la ciudad. El capataz del pueblo le persigue y presiona a su familia para descubrir dónde está, pero un pastor de cabras ayudará al pequeño.

Es la adaptación de una novela de Jesús Carrasco que transcurre en zonas áridas, bajo un sol abrasador. Muestra la pobreza en la que viven los habitantes de la región y la prepotencia de los señoritos (a los que nunca se ve, pero ejemplificados por el capataz), lo que recuerda mucho a Los santos inocentes e indigna bastante. Uno de los mejores filmes de la temporada del que conviene saber cómo se hizo y las dificultades a las que hizo frente el equipo para hacerlo realidad. Nos lo explica Benito Zambrano.

Luis Tosar es un pastor que ayuda al niño en su fuga. / LUCÍA GARRÉ

-Lo peor. "Mi peor recuerdo fue lo mal que lo pasamos con las pulgas, teníamos ganadería ovina y entrábamos en muchos sitios a localizar como cuadras y cuevas. Las pulgas se te pegaban y llevábamos el cuerpo repleto de ellas. La gente de arte que acondicionaba los sitios estaba agobiada. Y había que estar continuamente con productos insecticidas. Al llegar a casa debíamos poner la ropa en una bolsa para desinfectarla para matar a los bichos y luego lavarla. Todos los días, además del polvo y la suciedad. Un día entré en una cueva con una camiseta blanca y cuando salí estaba negra porque las pulgas van a lo blanco, por eso van a por las ovejas".

-Lo mejor. "Lo más bonito fue el comportamiento y relación con la gente de los pueblos. Rodamos en Orce, Galera, Huéscar y Puebla de Don Fadrique. Cuando íbamos por la calle, la gente nos preguntaba cómo había ido el día. Gente a la que no conocía pero eran muy familiares, como amigos. Mi mejor recuerdo es la calidez humana, lo que nos ayudaron y el cariño que nos mostraron".

El filme se rodó bajo un calor sofocante.  / LUCÍA GARRÉ

-¡Ay, qué calor! "Acabábamos cada día de rodaje destrozados por el calor ya que la mayoría de localizaciones eran exteriores. Fueron ocho semanas más la preparación todo el día al sol y de mayo a agosto. Tenías que estar a primera hora de la mañana para aprovechar el sol hasta que caía. Cuando volvíamos al pueblo, la gente se bajaba del autobús e iba corriendo a pillar una cerveza fresquita. Lo único que nos daba un respiro era cuando teníamos que rodar en las cuevas, que las tienen muy arregladitas, y teníamos que ir con mantas porque allí hacía 17 o 18 grados en agosto y era muy placentero".

-¿Dónde rodar? "Tuvimos que dar muchas vueltas. Casi nos perdemos por los caminos porque intentamos que, visualmente, la película  fuera lo más rica posible. Pero teníamos que esquivar las zonas cultivadas y evitar elementos que no existían en los años 40. Era difícil porque siempre encontrabas un espacio que no pintaba nada o una torre de electricidad, pero había muchos paisajes maravillosos".

Los actores debieron familiarizarse con los animales. / LUCÍA GARRÉ

-Buscando un niño protagonista. "La primera clave era que era un niño pobre, de una España miserable, analfabeta y muy rural. Lo más difícil era encontrar un niño que no fuera muy urbano, culto y educado porque no nos ayudaba. Que no tuviera un acento muy castellano y más del centro-sur, de Extremadura o Murcia ya que nunca se explica dónde transcurre la acción, es un lugar inconcreto. Tras muchos castings apareció Jaime, que ya había rodado Techo y comida y tenía un poco de experiencia. Pero siempre con el miedo de que era un personaje muy duro y fuerte, complicado. Había que prepararlo también físicamente, que no estuviera muy fofo, que pareciera de campo, tenía que tomar el sol para tener un tono de piel más oscuro, llevarlo al terreno del mundo rural. Además tenía que aprender a montar a caballo, a llevar un burro, a ocuparse de las ovejas, a ordeñar, a jugar con el perro. Y teníamos que esperar a que cada día terminara las clases. Estuvimos 20 días intensivamente y con una coach para que cumpliera todos los requisitos y siempre que tuviera claro donde estaba".  

-El doble de Tosar. "No solo el niño, todos los actores tuvieron que hacer una preparación previa con los animales y tenía que ser muy creíble. Teníamos un pastor encantador, Ángel, que nos dejó su propio ganado, hizo de entrenador de animales y, en todos los planos generales aparece él, porque acabó haciendo de doble de Luis Tosar".

El personaje sin piernas es un actor que se sometió a un trucaje.  / LUCÍA GARRÉ

-El personaje sin piernas. "No era realmente minusválido. Hicimos pruebas para encontrar a un actor así pero no funcionaban porque no eran profesionales. Acabamos escogiendo a un actor que tuvo que entrenarse con un carrito a su medida, que lo manejara, lo hiciera rodar, que fuera parte de él y que lo integrara en su cuerpo. Luego utilizamos un doble fondo en el cajón que disimulaba las piernas para que pareciera que no las tenía".

-Rodando en un falso pozo. "La escena del pozo fue rodada en dos localizaciones. Para el interior aprovechamos una cueva grande que tenía una especie de chimenea para que le entrara aire. La abrimos con una grúa para que tuviera la anchura de un pozo y la parte del agua, el huequito donde se esconde el niño y las paredes son de decorado. La parte exterior se rodó en otro lugar".

El caballo que montaba Vicente Romero estaba muy descontrolado. / LUCÍA GARRÉ

-Trabajo con animales. "Los perros no estaban adiestrados y hacían lo que querían. Las ovejas iban de un lado a otro y es que las tienes que preparar mucho tiempo antes porque son animales de costumbres y si las separas empiezan a balar. A medida que avanzó el rodaje se acostumbraron al burro pero al principio era un cachondeo, los cuidadores estaban al lado y los tuvimos que borrar luego en digital. El burro fue el mejor de todos, era muy tranquilo y con los caballos no hubo muchos problemas excepto con uno negro, el de Vicente Romero. No estaba capado y era muy difícil y tuvo que hacer un trabajo tremendo para que no se le descontrolara".

- Los vehículos. "Trabajamos con vehículos muy antiguos. Lo peor fue la camioneta, que no funcionó y nos jodió una tarde entera de rodaje. Con la moto tampoco nos fue bien, tampoco iba y lo tuvimos que arreglar tirándola por una cuesta abajo y poniéndole el ruido del motor en posproducción".

Tanto la camioneta como la moto fallaron en alguna ocasión. / LUCÍA GARRÉ

-La escena final. "Es una escena muy importante en la trama pero tuvimos que rodarla muy rápido porque se prendió fuego a la estación y no se podía parar, había que aprovecharlo. Se hacía de noche y empezaba a llover, caía el atardecer y nos quedábamos sin luz y todos íbamos corre corre en la secuencia más vital. Presiones del rodaje..."

-La relación con Los santos inocentes. "La tenía en la cabeza pero no pretendía imitarla. Sí que coinciden en esa relación de servidumbre, la mentalidad esclava de la gente, la miseria. Pero yo no quería que el malo fuera el señorito. Me parecía demasiado cliché, hay demasiadas películas sobre ello y quería jugar con el capataz. Se cree que es el señorito. En su ausencia es el que lo lleva todo. El señorito no vive allí, que es la zona más seca, árida y fea. Estaría en la ciudad de puta madre o tendría cortijos en diversas zonas y viviría en los más bonitos". 

Luis Callejo interpreta al malvado capataz. / LUCÍA GARRÉ