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RING LITERARIO (10)

Tibor Fischer contra Martin Amis

Donde un novelista inglés con talento para lo grotesco y aspecto de tocar en Badmanners hace de vientre sobre el 'establishment' literario inglés personificado

Kiko Amat

Tibor Fischer y Martin Amis.

Tibor Fischer y Martin Amis.

Dejemos a un lado la hemeroteca. En la entrega de hoy les hablaré de un pique entre escritores que viví en primera persona. No me refiero a mis tanganas personales (que un día publicaré en siete volúmenes, como Proust), sino a que se desarrolló ante mis lectores ojos en presente indicativo.

Corría el año 2003. Yo era 'hoolifan' del escritor inglés Tibor Fischer, que había publicado tres de las novelas más raras y gamberrasy no-aptas-para-Hollywood de los 90: 'Bajo el culo del sapo', 'El coleccionista de coleccionistas' y 'Filosofía a mano armada' (todas en Tusquets). Fischer era un novelista insolente de sangre húngara, con sentido del humor decapante y aspecto de pertenecer a la familia Balowski (de 'Els Joves'). Esperábamos grandes cosas de él.

Y no tardó en ofrecérnoslas. Aquel mismo año, Fischer hizo algo casi tan grande como sus novelas: vació sus reseñatorios esfínteres sobre la nueva novela de Martin Amis, 'Perro amarillo'. En su crítica para 'The Telegraph', titulada ominosamente 'Alguien debería decirle cuatro cosas a Amis', Fischer escribía: "El elogio que recibió Amis por 'Experiencia' fue su perdición. Claramente se le ha metido en la cabeza que puede escribir cualquier cosa y será venerado como Moisés con las tablas" y también "una de las debilidades de Amis es que no se contenta con ser un buen escritor, se esfuerza por ser profundo; el inconveniente de la profundidad es que es como ser gracioso, o lo eres o no lo eres, esforzarse no ayuda". El eco de su tiro de gracia aún resuena por los valles de la literatura británica: "'Perro amarillo' no es malo en plan no es muy bueno o un poco decepcionante. Es malo de no saber dónde mirar. Leí mi copia en el metro aterrorizado por si alguien miraba por encima de mi hombro (…). Es como si pillaran a tu tío favorito masturbándose en el patio de una escuela".

No negaré que aquel jocoso desollado en vivo inundó de regocijo las filas de los Amis-escépticos (entre los que me cuento). Incluso hoy esa es una de las pocas críticas literarias que puedo recitar de memoria. Un linchamiento publico nunca es bonito, de acuerdo, pero alguna gente se busca sus fatuas. Fischer tenía razón: si quitabas 'Los diarios de Rachel' y 'Dinero', el resto de su obra eran monsergas engoladas y bibliofílicas de exalumno de colegio pijo. Amis era el equivalente literario de una 'rockstar' autosatisfecha, con la diferencia de que Elton John al menos se disfraza de Pato Donald de vez en cuando, mientras que Mart lo único que parecía tener previsto para el futuro eran nuevas tesis sobre sus dientes, sus divorcios y Christopher Hitchens.

Se preguntarán, a todo esto, cómo se tomó Marty aquel patadón crítico a sus partes pudendas. Bajando el listón del ingenio hasta que estaba a la altura de récord mundial de 'limbo rock', Amis declaró que Fischer era "un asqueroso y un desgraciado. Ah sí: y un culo gordo". En consecutivas entrevistas le llamó Culo-Gordo Fischer, y diez años más tarde aún bufaba y perdía la continencia de su vejiga si algún periodista la sacaba a colación.

Dejando de lado su fijación por las nalgas del novelista que acababa de arrastrar su nombre por el fango (y admitiendo nuestra ignorancia sobre el verdadero tamaño de las posaderas de Mr. Fischer), lo único que clarificaron las ramplonas respuestas de El Marto fue quién había ganado el pulso de vituperios. Sin más dilación, a nuestra izquierda, vencedor por K.O. verbal del ring literario de esta semana, El Úrsido Magiar, ¡Tibo-o-o-or, Fischer!