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EL IMPACTO DE LAS PROTESTAS

La Sala Atrium: "Que nadie se asuste, pero estamos sitiados"

El pequeño teatro de 54 butacas ha pagado cara su vecindad con la Conselleria de Interior

Mauricio Bernal

Patricia Mendoza, directora de la Sala Atrium, grabó con su móvil lo que ocurría en la calle mientras tenía lugar el estreno de ’Quincas la mort i la mort’, el pasado día 16. / JOAN CORTADELLAS / VÍDEO DE PATRICIA MENDOZA

La Sala Atrium tenía que estrenar su segunda obra de la temporada el pasado día 16, y justo esa tarde los disturbios post sentencia se trasladaron a las puertas del teatro. No es un recurso narrativo: la manifestación convocada por la tarde en Gran Via con Marina degeneró en protesta violenta ante la Conselleria de Interior y se extendió por las calles adyacentes, entre ellas Consell de Cent, donde está el pequeño teatro de 54 butacas donde llevaban días preparando la puesta de largo de 'Quincas la mort i la mort', monólogo tragicómico de Òscar Muñoz sobre el tema de la amistad. Era el teatro por un lado y eran las fogatas por el otro. El cóctel por aquí y las cargas policiales por allá. No olvidarán esa noche.

El estreno de la segunda obra de la temporada coincidió con las protestas ante la conselleria

Ya la semana había empezado mal, pues la sala había programado la rueda de prensa -la presentación de la obra ante los medios- para el día 14. El día de la sentencia. "Era a mediodía y no se presentó nadie", dice la responsable, Patricia Mendoza. "Informativamente hablando, la cultura es lo primero que se sacrifica en días como ese". Huelga incidir en la importancia que tiene la difusión en medios para una sala modesta como Atrium. Si era un mal augurio, la sala prefirió ignorarlo. "La verdad es que no pensamos que la situación pudiera afectarnos. Es verdad que a partir del martes empezaron a comunicarnos bajas de gente invitada al estreno, pero era gente que vivía fuera de Barcelona, que decía que no podría venir sobre todo por el tema de las carreteras cortadas", recuerda Mendoza. Siguieron adelante.

Mendoza, en la puerta de la Sala Atrium. / JOAN CORTADELLAS

Llamaradas a lo lejos

El martes, día 15, tuvo lugar el último ensayo antes del estreno. Para entonces, las protestas violentas que habían tenido lugar en el aeropuerto la noche anterior se habían trasladado al centro de la ciudad, al paseo de Gràcia y alrededores. Como un anuncio de lo que ocurriría al día siguiente, los responsables de la obra vieron a lo lejos las llamaradas cuando cerraron la sala. "Pero yo seguía pensando que no iba a pasar nada. La manifestación del miércoles era en Marina. No tenía por qué afectarnos". Nadie podía prever nada, ni ella ni nadie. El fuego se mueve a discreción. Los preparativos continuaron con normalidad y el miércoles, una hora antes del estreno, Mendoza vio que el paseo de Sant Joan, a 50 metros de la sala, estaba tomado por la policía. Los Mossos blindaban la conselleria. "Había mucha policía y gente que venía subiendo de Marina. La gente que llegaba al estreno miraba el ambiente con preocupación, pero yo les decía: 'Vamos a estrenar igual'. Ya sabe: 'the show must go on'".

De 54 invitados previstos, al final acudieron solo 32

De 54 invitados acudieron finalmente 32: un golpe duro, un 40% menos de público en un día capital para la obra. "Fue doloroso", dice Mendoza. En un clima extraño dio comienzo la función. La responsable se quedó afuera y al ver que cada vez había más gente y que empezaban las carreras, que lanzaban objetos y había disparos, bajó la persiana del local. Luego volvió a abrirla y vio las barricadas en la calle, a 10 metros de la sala. "No tenía miedo, pero sí estaba preocupada por la responsabilidad que tenía sobre la gente que había acudido al estreno. ¿Qué haríamos si no podíamos salir?". Por el ventanal superior hizo algunos vídeos de lo que ocurría, y al finalizar la función, después de los aplausos, se subió al escenario, tomó la palabra y anunció: "Que nadie se asuste, pero estamos sitiados".

Salida escalonada

En el interior, la gente no se había enterado de nada. "Al menos sirvió para comprobar que la sala está bien insonorizada", dice Mendoza con una sonrisa melancólica. Desde el escenario, la responsable dijo que quien quisiera salir podía hacerlo, faltaría más ("no iba a retener a nadie ahí"), pero quien quisiera se podía quedar a tomar un vino, mientras se calmaban las cosas. Algunos se fueron y algunos se quedaron. La gente salió escalonadamente y Mendoza fue recibiendo mensajes en el móvil de: "Ya llegué a casa". "Estoy en el metro", y cosas por el estilo. Y así acabó la noche, pero así empezó la segunda parte de la pesadilla: "Lo cierto es que la situación no nos perjudicó tanto ese día como los posteriores, que están siendo muy duros". "No sé si es por la zona en que estamos o por no haber podido hacer la rueda de prensa".

"La gente no quiere hacer planes. Nadie compra entradas anticipadas estos días"

"La gente no quiere hacer planes", dice. "A nadie se le ocurre comprar unas entradas anticipadas estos días". "Estamos haciendo funciones para 10 personas, cuando una obra como esta, con un actor solvente y conocido, media sala la podemos tener vendida con las anticipadas". "Se ha parado todo", sentencia. "Yo soy la primera que voy a las concentraciones, la sentencia es injusta, hicimos huelga general, pero hay vida más allá de todo esto". Dice la responsable que la cultura sirve para comprender mejor las cosas, y para relajarse, y para desconectar, pero que este país no está acostumbrado a consumir cultura, y cuando ocurre algo así, "es la puntilla". Ahora, la sala tiene que funcionar al día. "Si somos 10, somos 10, pero si somos cinco no haremos función". Ya vendrán tiempos mejores. O no.