31 oct 2020

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HOTEL CADOGAN (6)

Onetti y Vilariño, 'l'amour fou'

La pareja uruguaya se embarcó en una relación de desencuentros y reconciliaciones explosivas, de cama y a puerta cerrada

Olga Merino

Juan Carlos Onetti.

Juan Carlos Onetti. / EL PERIÓDICO

Fue el 1 de junio cuando el colega Kiko Amat estrenó esta trinchera de papel con un 'ring literario' donde viene desgranando inquinas salvajes entre escritores, alguna con puñetazo y ceja partida. Mientras, en semanas alternas, se han sucedido paisajes librescos entrevistos desde la ventana del Hotel Cadogan, acuarelas imaginarias, distantes en el tiempo y el espacio, como el Londres del 'blitz', el azul de Corfú, la Indochina francesa o los páramos que hollaron los botines de las hermanas Brontë bajo la lluvia tenaz. Y hete aquí que, a los cuatro meses de andadura, descubro que bajo el pellejo de cada paisaje se ido colando inconscientemente una historia de amor truncada, una relación brutal, una 'liason' imposible: Oscar Wilde y su aristócrata tóxico, el 'affaire' de Graham Greene con una señora casada, la Duras y su amante de la China del norte… Tierra y pasión, sin haberlo premeditado, se entremezclan también hoy: ¿el paisaje? Montevideo, a comienzos de los años 50, una ciudad húmeda y barcelonesa, muy dada entonces al cotilleo y la melancolía; ¿'l'amour fou'? El que se profesaron la poeta Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti, el padre de 'Juntacadáveres'. Dos personalidades fuertes, dos talentos creativos.

"A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: 'Sos un burro; Onetti, sos un perro, sos una bestia", contó Vilariño

Se conocieron en un café de la capital uruguaya y se enamoraron casi al instante y a contrapelo: él, de un "ser delicado con una sonrisa giocondina"; ella, de "un seductor muy inteligente". Comenzaron entonces una relación de cartas —en ellas se llamaban ridículamente de usted—, desencuentros y reconciliaciones explosivas, de cama y a puerta cerrada, sin saber si era de día o de noche o si era sábado. Él se separó en 1953 para casarse otra vez con Dorotea Muhr, 'Dolly', su sostén. "Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo —confesó Vilariño—. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espaldas, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: 'Sos un burro; Onetti, sos un perro, sos una bestia'. Y me fui".

Para ser un monstruo, le dedicó uno de los poemarios más eróticamente ardientes en lengua española, 'Poemas de amor' (1957). "No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca. No volveré a tocarte./ No te veré morir".