19 feb 2020

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Crónica teatral

Un musical para todos los públicos

'La tienda de los horrores' triunfa en el Tívoli con una vistosa producción y un tono amable que rebaja el aspecto más 'gore' de una obra con una planta carnívora como protagonista

José Carlos Sorribes

Marc Pociello (centro), en una escena del musical ’La tienda de los horrores’. 

Marc Pociello (centro), en una escena del musical ’La tienda de los horrores’.  / DAVID RUANO

Aún bajo el recuerdo del gran éxito de 'La jaula de las locas' –de inminente aterrizaje en el Teatro Rialto de la Gran Vía de Madrid–, se ha estrenado en el Coliseum, tras su paso por el Grec,  'La tienda de los horrores', el nuevo musical de la pareja Angel Llàcer-Manu Guix y tercero de la productora Nostromo. La misma que ya financió 'La jaula de las locas', la obra que siguió a su debut con 'Casi normales', de menor impacto popular pero bajo el mismo patrón de excelencia en el acabado.

'La tienda de los horrores' es el musical inspirado en una película de serie B de 1960 con una planta carnívora como protagonista. El filme tuvo una exitosa versión en el Off Broadway en 1982, y el propio Llàcer también fue uno de sus protagonistas en la estrenada en Madrid en el año 2000. Ya un clásico, por lo tanto.

El insaciable vegetal revoluciona el marginal barrio de Skid Row y da un vuelco en la vida de unos empleados, Seymour (Marc Pociello) y Audrey (Diana Roig), en la floristería del señor Mishnik (Ferran Rañé). Además de la plantita que se alimenta con sangre humana, 'La tienda de los horrores' narra también una historia de amor: la de Seymour y Audrey. No resultará fácil porque ella tiene novio. ¡Y qué novio! Es un sádico dentista con pinta de motero rockero (José Corbacho).

Enfoque algo plano

A una historia propia del género fantástico le han aplicado Llàcer y Guix una receta de diversión amable, quizá demasiado: apta para mayores de 8 años. Lo dice todo la etiqueta. La dosis de comedia negra y 'gore', una apuesta que quizá hoy sería más idónea, queda blanqueada con ese objetivo de llegar a un público familiar y que vayan al teatro el nieto y la abuela. Todas las gastadas costuras de un original de 1960 aparecen en un enfoque algo plano con personajes caricaturizados cuando no estereotipados. Por boca de la modosita Audrey, por ejemplo, salen unas frases acerca del brusco trato que le dispensa su novio que hoy chirrían a más no poder. 

La versión
de Llàcer y Guix
 luce un tono muy amable y tiene su nota más alta en el trío de las Sey Sisters

Hasta aquí la cuenta del debe. A favor del musical, juega una producción muy cuidada y vistosa, de aquellas que saben aprovechar sus grandes recursos y se ganan el apoyo del público, como ocurre en el Coliseum. La faceta musical, por ejemplo, está siempre a un excelente nivel y ahí destaca el papel de las Sey Sisters (Chiffon, Crystal y Ronette), un terremoto vocal y escénico en su papel de coro. Bravo, bravo. Si ellas ponen el acento soul, el mismo brío luce con un temario más rockero Manu Guix con sus canciones y como la voz de la planta, de nombre Audrey 2. 

También canta con voz poderosa Diana Roig, más segura que cuando es la simplona Audrey, mientras Marc Pociello se deja la piel en una composicióm un poco a lo Jerry Lewis de Seymour. De Rañé no hay que descubrir  su capacidad de un veterano de mil batallas. Y Corbacho, por último, se convierte en otro incuestionable gancho del musical. Con su papel de malote da un giro al montajeo con una aparición en la que interactúa con los espectadores de las primeras filas con unos chistes tan actuales como facilones. Así, 'cubanea' a tope y el público bien que lo aplaude.