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FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

La directora catalana Belén Funes impacta con 'La hija de un ladrón'

Greta Fernández y su padre, Eduard Fernández, protagonizan la impactante ópera prima de esta realizadora surgida de la ESCAC

Beatriz Martínez

De izquierda a derecha, Greta Fernández, Àlex Monner, Tomás Martín, Belén Funes y Eduard Fernández, tras la presentación de ’La hija de un ladrón’ en San Sebastián

De izquierda a derecha, Greta Fernández, Àlex Monner, Tomás Martín, Belén Funes y Eduard Fernández, tras la presentación de ’La hija de un ladrón’ en San Sebastián / AFP / ANDER GILLENEA

No suele ser habitual que una ópera prima concurse en la sección oficial de un gran festival. Y cuando eso ocurre es porque esa película contiene en su interior algo excepcional. Hace unos años fue ‘La herida’, de Fernando Franco, y esta edición ocurre algo parecido con ‘La hija de un ladrón’, de Belén Funes, directora catalana que debuta en el largometraje con una de esas obras pequeñas e impactantes que te agarran por dentro desde el primer minuto y se quedan en la memoria por la cruda verdad que transmiten.

Hace unos años Belén Funes dirigió un cortometraje titulado ‘Sara a la fuga’ que giraba en torno a una adolescente que vivía en un centro de acogida y que no veía a su padre desde hacía años. Él le hacía promesas que nunca se cumplían hasta que terminaba dándose cuenta de una terrible realidad, que estaba sola en el mundo.

Ahora, Sara ha crecido y se ha convertido en una joven que acaba de tener un bebé. Sigue viviendo en un centro de acogida, su padre acaba de salir de la cárcel. Y sigue sola. Pero es una luchadora. Se cae, se levanta y lo vuelve a intentarporque no tiene más remedio, tiene que seguir hacia delante de manera casi obsesiva e inconsciente, sin tiempo para pensar.

Cuando a Greta Fernández le llegó este papel, sabía que era su gran oportunidad de demostrar su fuerza y talento interpretativo, algo que ya dejó intuir en los personajes más pequeños que había hecho hasta el momento. Le enseñó el guion a su padre, Eduard Fernández, y decidieron embarcarse juntos en el proyecto. Sabían que tocarían temas delicados alrededor de las relaciones paterno filiales, del peso de la herencia, de la necesidad de afecto y la sensación de orfandad. Pero también fueron conscientes de haber encontrado una gran película en la que podrían explotar sus vínculos, aunque a través de un punto de vista mucho más turbio.

La precariedad laboral y afectiva

Belén Funes estudió en la ESCAC, pero a diferencia de algunas de sus compañeras de generación, su cine se sumerge en los conflictos de la clase trabajadora, en los barrios marginales, en la precariedad no solo laboral, sino también afectiva y en la falta de expectativas económicas. Al fin y al cabo, aunque no se trate de un retrato autobiográfico, ella creció en ese ambiente, y quizás por esa razón cada pequeño detalle de la película no resulta impostado, sino que contribuye a trasmitir autenticada de manera muy honesta. Más difícil todavía, Funes reniega del subrayado, apuesta por la sugerencia y los espacios en blanco a la hora de explicar la situación de los protagonistas y por qué han llegado a donde se encuentran. Y lo más importante: nunca se compadece de ellos, ni los juzga, ni los utiliza para componer un relato tremendista ni victimista. Son, con sus luces y sus sombras, unos supervivientes de la lucha cotidiana.

La radiografía social que hace Belén Funes resulta tan precisa como devastadora y Greta Fernández compone uno de los retratos femeninos más desgarradores y emocionantes de los últimos tiempos. Su Sara está tan llena de fuerza como profundamente desamparada en medio de un entorno hostil y de toda una serie de cargas que no paran de sobrepasarla cuando ella, lo único que quiere, es que la quieran, aunque ni siquiera ella sepa hacerlo porque nadie le ha enseñado.