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CRÓNICA

Goerne, unas relucientes bodas de plata liederísticas

El barítono alemán celebra su 25 aniversario en la Schubertíada de Vilabertran con un recital sobrio y exigente

Valèria Gaillard

Matthias Goerne, en Vilabertran, en una anterior edición de la Schubertiada.

Matthias Goerne, en Vilabertran, en una anterior edición de la Schubertiada.

El nombre de Matthias Goerne está estrechamente relacionado con la Schubertíada de Vilabertrán, que lo puso en cartel cuando empezaba su carrera y su nombre no despertaba la misma admiración que hoy entre los círculos de melómanos. Corría el 1994 y Matthias Goerne, de 27 años, salió por primera vez de Alemania para dar un recital en el extranjero. Desde entonces ha llovido mucho pero el barítono, hoy codiciado por los programadores, artista residente de la New York Philharmonic, no ha dejado de acudir anualmente a este templo ampurdanés del 'lied' que es la canónica de Santa María en Vilabertrán. "Recuerdo que lo fui a escuchar aconsejado por la soprano Juliane Banse y me dijo que quería venir a Vilabertran a cantar 'Winterreise'", comentaba el doctor Jordi Roch, presidente de la Asociación Franz Schubert y alma festival, el pasado sábado.

A lo largo de estos años, Goerne ha ofrecido hasta 32 conciertos, toda una prueba de fidelidad para unas bodas de plata relucientes. "Le gusta mucho venir por el público, recibe un buen 'feedback' y esto es esencial para que el concierto sea un éxito". Esta entrega se palpó también el sábado en el primero de los dos recitales programados para celebrar el 25 aniversario. El barítono, acompañado al piano por el también fiel Alexander Schmalcz, fue recibido con un cálido aplauso en una atmosfera de devoción. El programa era original y exigente, como siempre pensado por el mismo intérprete y pactado con los responsables del festival.

La primera parte orbitaba alrededor de dos compositores del siglo XX, Frank Martin y Dmitri Shostakóvich. Los 'Monólogos sobre Jedermann', de Martin, se inspiran en el drama homónimo de Hugo von Hoffmansthal y tienen su raíz en las danzas de la muerte medievales. La 'Suite sobre versos de Miguel Ángel Buonarroti', de Shostakóvich,
son unos poemas de carácter existencial y teológico. Goerne, absorbido en la partitura, casi sin levantar su mirada cristalina, transitó por este recorrido crepuscular y disonante, una especie de 'Todesreise' o viaje de la muerte, al que supo imprimir una pátina estremecedora gracias a su voz, oscura y densa, dotada de una gama cromática capaz de pintar claroscuros sonoros.

Goerne imprimió una pátina estremecedora a la 'Suite sobre vesros de Miguel Ángel Buonarroti', de Shostakóvich

Cambio de registro en la segunda parte, más risueña, con los 'Knaben Wunderhorn', una serie de textos anónimos sobre los cuales un joven Mahler compuso sus 'lieder'. Tras la apariencia desenfadada de los versos, sin embargo, se esconden toques fatalistas que requieren del liederista un dominio vocal absoluto para ajustarse en cada momento al sentido de las palabras. Goerne cantó sin necesidad casi de mirar la partitura, bailando con todo su cuerpo y expandiendo su voz por las naves de la iglesia románica, que ofrecen una acústica excelente en un microclima digamos tropical. El mismo Goerne resopló al terminar el concierto secándose el sudor de la frente con una toalla.

Esta segunda parte, más lírica, tuvo momentos de picardía -'Relieve de verano', 'Hans y Grete'- y otros delicados -'Yo iba contento'- en los que el barítono lució su dulce pianísimo. El público, entre el cual estaba Joan Matabosch, director del Teatro Real y ex del Liceo, quedó francamente entusiasmado, fregándose las manos pensando en el segundo concierto de este lunes, consagrado ya por entero a Schubert en un recital que se espera de alto voltaje.