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CRÍTICA DE LIBRO

'Mi madre era de Mariúpol', los esclavos del Tercer Reich

La novela de Natascha Wodin entreteje la implacabilidad del 'fatum' ruso con un drama familiar

Olga Merino

Natascha Wodin, autora de ’Mi madre era de Mariúpol’.

Natascha Wodin, autora de ’Mi madre era de Mariúpol’. / EDITORIAL ASTEROIDE

Entre las tinieblas más densas del siglo XX, algunos episodios siguen reclamando antorchas en los pasadizos del tiempo, como es el caso de los millones de esclavos no judíos que los nazis explotaron en 10.000 campos de trabajos forzados para alimentar el capitalismo del Reich y su maquinaria de guerra. En su inmensa mayoría, se trataba de mano de obra procedente de los países del Este, triturada en jornadas extenuantes y al borde de la inanición. Los eslavos tenían fama de ser especialmente robustos, en palabras del mismísimo Goebbels: "Hay seres vivos que son tan resistentes porque son inferiores. También un chucho callejero es más resistente que un selecto perro pastor".

Este es el sustrato del que parte Natascha Wodin (Fürth, Baja Baviera, 1945), cuyos padres, un ruso siberiano y una ucraniana, fueron deportados a Leipzig y empleados en el consorcio Flirck, en una planta de montaje de aviones de combate. Cuando la autora germanoriental acomete el proyecto 'Mi madre era de Mariúpol', a la busca de sus orígenes, sabe bien poco de sus progenitores: que su madre, Yevguénia Iváschenko, era oriunda de esa ciudad del Donetsk, a orillas del mar de Azov, y que se suicidó en 1956 ahogándose en un río bávaro sin dejar una nota. Todo lo demás es sombra y silencio.

Resignación y brutalidad

Estructurado el libro en cuatro partes, la primera de ellas responde a la ignición de casi un milagro: a través de un foro de internet, la escritora tropieza con Konstantin, un ucraniano de raíces griegas que resulta ser un experto en informática y un apasionado genealogista, la abeja laboriosa imprescindible para desentrañar la madeja. Ambos se embarcan en una aventura de aires detectivescos que, si bien pretende en su impulso completar los inmensos huecos del álbum familiar, acaba por desenterrar el cofre del implacable 'fatum' ruso, la eterna cadencia en su historia entre resignación y brutalidad. Se encadenan así el zarpazo soviético en la carne de la élite prerrevolucionaria, la guerra civil, la colectivización forzosa de la tierra, la consecuente hambruna en Ucrania (el 'holodomor': entre 1,5 y 4 millones de muertos), las purgas estalinistas, el gulag, las deportaciones y la sangría de la contienda mundial: la desgraciada Rusia abraza a sus hijos.

Como en un juego especular, los sucesivos hallazgos en el árbol genealógico también parecen beber de una laguna mefítica donde afloran el fantasma del incesto, un matricidio y la hierba rastrera del suicidio recurrente en la saga. Es tal la concatenación de reveses que Wodin no necesita emplear aquí el artificio de una trama, aunque sí despliega su gran instinto narrativo en la sabia distribución de la información. Así reserva para el clímax los pasajes más dolorosos por cuanto le afectan directamente; esto es, la niña que asiste a la muerte de "mi pobre, pequeña y enloquecida madre", una criatura de 10 años que soporta en la escuela las burlas de los niños alemanes ("la estúpida no lleva bragas", "los rusos lavan las patatas en la taza del váter").

Otro feliz hallazgo de Libros del Asteroide. Una lectura oportuna e imprescindible para comprender adónde conducen los totalitarismos.

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Mi madre era de Mariúpol

Natascha Wodin 

Libros del Asteroide 

Traducción: Richard Gross 

312 páginas

23,95 euros