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CRÓNICA

New Order, desolación 'sexy' en Porta Ferrada

El grupo británico transitó con autoridad desde el oscurantismo pospunk de Joy Division a sus hitos electrónicos bailables en el festival de Sant Feliu de Guíxols

Jordi Bianciotto

Bernard Summer, cabecilla de New Order y ex-Joy Division, en la actuación del grupo en el Festival de la POrta Ferrada.

Bernard Summer, cabecilla de New Order y ex-Joy Division, en la actuación del grupo en el Festival de la POrta Ferrada. / ACN / ALEIX FREIXAS

Guitarras saturadas y ritmos electrónicos, oscuridad posindustrial y el hedonismo que jalonó el camino hacia el acid-house. New Order representa, desde sus raíces en Joy Division, esa evolución desde el pospunk más depresivo (sin postureos: Ian Curtis se dejó ahí la vida a los 23 años) hasta los brillos químicos de la pista de baile, espoleados por infinitas noches ibicencas. Resumen andante de una parte del devenir de la música pop contemporánea, escenificado este lunes en un marco inédito, el Espai Port de Sant Feliu de Guíxols, dentro del Festival de la Porta Ferrada.

New Order se puso historicista desde que abrió fundiendo una canción moderna, ‘Singularity’, con las descoloridas imágenes del filme ‘B-Movie: Lust & sound in West Berlin 1979-1989’, guiándonos hacia una vieja Europa. El grupo luce un presente un poco discontinuo, con el defendible ‘Music complete’ (2015) como referente, del que tocó otras cuatro canciones. Pero la principal diferencia respecto a su última visita, tres años atrás en el Sónar, fue el homenaje al primer álbum de Joy Division, ‘Unknown pleasures’, en su 40º aniversario, con aquel nervioso ‘She’s lost control’ que se agenció Grace Jones a golpe de dub, y un bastante punk ‘Transmission’ (tema no incluido en la edición original del disco), invitando a acatar la histérica consigna: "Dance, dance, dance, dance, dance to the radio".

Aparato electrónico y rock

En la pantalla, la portada del álbum, de Peter Saville, con su representación de 1919 de la onda de radio procedente de una estrella, incrustada en un montaje audiovisual del que los músicos se sirvieron para compensar que no son bestias de escenario. Bernard Sumner nunca ha sido un ‘frontman’ poderoso ni un cantante refinado, pero su mezcla de frialdad y vocalización desaliñada forma parte del mensaje. New Order es una arquitectura sonora, con su aparato electrónico (la siempre ‘cool’ Gillian Gilbert a los teclados) y su gusto por un músculo rock: ‘Bizarre love triangle’ y la línea de bajo de ‘The perfect kiss’, que Tom Chapman punteó a partir del molde de Peter Hook.

A veces es como si las canciones de New Order fueran más grandes que ellos, y un monumento como ‘True faith’ sobrevive a la estampa de Sumner animando al público a dar palmas. Es en esos temas de culto universal donde radica el poder magnético por encima de las personalidades. Con ‘Blue Monday’, de 1983, en lo más alto, con su ritmo seco y su glamur desmotivado, que acabó emparejado con el ‘single’ que le precedió en su día, ‘Temptation’. Reconciliado desde hace años con su pasado más lejano, New Order evocó su identidad primigenia, la de Joy Division, para despedirse: del réquiem sobrecogedor de ‘Atmosphere’ al tótem ‘Love will tear us apart’, recordándonos el alcance de su revolución emocional, en la que nunca la desolación fue tan sexy.