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CRÓNICA

Flórez embruja en Peralada

El tenor peruano ofreció en Peralada un luminoso recorrido por su actual repertorio

Pablo Meléndez-Haddad

Juan Diego Flórez, en Peralada.

Juan Diego Flórez, en Peralada. / EFE / DAVID BORRAT

Regresó y triunfó. Juan Diego Flórez dejó feliz a su público de Peralada desde su primera intervención como Roméo hasta ese magnífico final de fiesta ¡como Calaf! Nada mejor para ir a dormir, a pesar de la contradicción, que ese 'Nessun dorma' que el gran tenor peruano regaló a un público que, como la gran estrella que es, había conquistado incluso antes de comenzar su actuación.

A pesar de que Flórez había llenado el Palau barcelonés hace solo tres meses, en su regreso a Peralada volvió a colgar el cartel de "entradas agotadas" porque su presencia sigue siendo un valor seguro. Público venido desde diversos puntos de España y Francia lo esperaba expectante. Y no defraudó en absoluto. Con una línea vocal impecable -como siempre- impuso su fraseo maravilloso desde su 'Ah! Lève-toi soleil' hasta el aria de 'Turandot' en las propinas, pasando por el 'bel canto' romántico -genial en la escena final 'Lucia'-, por Faust, por Des Grieux y, ya para el final, como un luminoso Rodolfo de 'La Bohème', siempre dándolo todo, con su zona aguda incólume y gestionando los graves extremos con inteligencia: sus orígenes belcantistas dejan huella en su cada vez más amplio repertorio.

Una pena el pavor a los agudos que demostró su compañera en el escenario, la soprano Ruzan Mantashyan, que en la primera parte, y después de frases muy bien interpretadas, llegaba a sus agudos como buenamente podía. Su entrega cambió en la segunda parte, marcándose un 'Sì, mi chiamano Mimì' y el aria de las joyas de muchos quilates.

Excelente el trabajo realizado por Guillermo García Calvo ante una concentrada Simfònica del Vallès, con una destacada actuación de la concertino; se agradece especialmente la variedad -y novedad- de las oberturas del programa.

El generoso capítulo de propinas lo abrió la soprano con un delicioso 'O mio babbino caro'; él reconquistó con 'Granada' para rematar con ópera española, el dúo 'Me llamabas Rafaliyo' de 'El gato montés', antes de que Juan Diego, guitarra en mano, deleitara con dos valsecitos peruanos y una embriagadora 'Cucurrucucú, paloma', en la que creó un mágico clima que él mismo se encargó de destrozar con su peculiar sentido del humor. Ello antes de su apoteósico 'Nessun dorma'.