CRÓNICA

Rozalén, contando historias en Cap Roig

La cantante y compositora albaceteña se llevó el recinto por delante con sus temas desenfadados y reivindicativos

Rozalén, en Cap Roig, el jueves.

Rozalén, en Cap Roig, el jueves. / JOSÉ IRÚN

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Jordi Bianciotto

María de los Ángeles Rozalén se pone al público en el bolsillo con su mezcla de contadora de historias y defensora de causas justas, siempre con más simpatía que dientes apretados, manejando canciones con quiebros ingeniosos y un carácter cercano con el que resulta fácil identificarse. En los sucesivos hitos de su carrerón de estos años habrá que sumar el paso, este jueves, por el Festival Jardins de Cap Roig, donde ofreció uno de sus generosos recitales, con tantas canciones como parlamentos sobre su vida y su circunstancia.

Rozalén entró en escena después de escuchar las palabras de Mario Benedetti en los versos de ‘No te salves’, que ella toma, dijo, como medida de su "filosofía", resumible en "no quedarte plantado al borde del camino" y obrar de corazón. "Lo que hagas, hazlo con el alma", aconsejó al tiempo que se metía en arena con ‘Será mejor’ o ‘Vivir’. Junto a ella, seis músicos y una presencia ya conocida, la de Beatriz Romero, que fue trasladando cada palabra y cada estrofa al lenguaje de los signos expresándose con todo su cuerpo y convirtiendo el acto comunicativo en un espectáculo.

La memoria familiar

La albaceteña, que da los últimos coletazos a la gira de su tercer disco, ‘Cuando el río suena...’ (al que siguió meses atrás la antología y libro ‘Cerrando puntos suspensivos’), se mostró risueña y encantada de estar en "un lugar tan bonico". Jugo con cierta relativización de su personaje (cuando en ‘Ahora’ cantó que tenía "un amor en cada puerto", añadió entre líneas: "Yo ya querría...") y se centró en una de sus especialidades, el recorrido por su árbol genealógico.

Siempre con mensajes de fondo: ‘El hijo de la abuela’ evocó al independentista vasco que en tiempos de Franco fue desterrado a Letur, Albacete, y acogido por su abuela Ángeles; ‘Justo’, a otro de sus ancestros, "nuestro desaparecido de la guerra civil", y ‘Amor prohibido’, al complicado romance de sus padres, en que él era un sacerdote que acabó colgando los hábitos.

De la habanera a la ranchera

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Todo ello lo contó Rozalén sin ponerse trágica y a través de un cancionero de formas muy libres y cambiantes: temas que podían comenzar a ritmo de vals y convertirse en una habanera (cita a tradicional ‘La caña dulce’), textos torrenciales a toda velocidad, parones secos, guiños a la ranchera y al pasodoble, y texturas que iban de la guitarra eléctrica al acordeón de verbena. Con homenajes a canciones más grandes que la partitura, como ‘La belleza’, de Aute, que brindó un contraste sustancioso a voz y piano.

Y las cartas más populares de Rozalén, canciones en las que combinó el reproche amoroso ("no me quieras tanto / y quiéreme mejor", cantó en ‘Tu nombre’) con las diversas variaciones sobre el mismo ‘t’aime’, como diría Gainsbourg, de ‘Comiéndote a besos’ a '80 veces', dejando un rastro de romanticismo peleón en la noche de Cap Roig.