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CRÍTICA DE LIBROS

'En una selva oscura': con el precipicio a un paso

Nicole Krauss sirve una espléndida novela con el telón de fondo de su ruptura matrimonial

Domingo Ródenas de Moya

La escritora norteamericana Nicole Krauss. 

La escritora norteamericana Nicole Krauss.  / JOSÉ LUIS ROCA

En 2005 Nicole Krauss (Nueva York, 1974) conquistó la escena literaria estadounidense con su segunda novela, 'La historia del amor', donde la urdimbre de vidas cruzadas y una prosa dúctil en el relato e incisiva en la disquisiciónconvencieron a críticos y lectores. Unos y otros bendijeron la alianza de inteligencia (no solo narrativa) y elegancia (no solo estilística). El mundo de Krauss era el de los judíos cultivados, a menudo triunfadores y casi siempre descreídos del Este de los Estados Unidos: es el de escritores como Bernard Malamud o Philip Roth, con su nostalgia agnóstica de Israel y su obsesión irónicapor la pertenencia al pueblo elegido, por la historia común de diásporas, persecuciones y exterminios, por la pervivencia y la resistencia como formas de identidad. Pero, como sucede con esos otros escritores, los conflictos que plantea Krauss traspasan la esfera de la cultura judía y se cuelan por la puerta de cualquier lector.

La coyuntura de 'En una selva oscura' es bien universal: la desorientación vital, el disgusto y hasta la extrañeza con uno mismo, la angustia de sentirse extraviado en un bosque de incertidumbre sabiendo que urge encontrar un camino de salida. Esa es la imagen del título, tomada de la 'Comedia' de Dante, la de la selva oscura en la que han encallado los protagonistas, ambos judíos neoyorquinos: el poderoso abogado casi septuagenario Jules Epstein y la famosa novelista Nicole. Cada uno compone una trama distinta y ambas se alternan en la novela, reflejándose entre sí través de analogías que van de lo más anecdótico (ambos viajan a Tel Aviv y se alojan en el Hotel Hilton), hasta la estructura interna de sus experiencias. Tanto Epstein como Nicole topan con sendos guías (o Virgilios) que parecen introducirlos en círculos de conexión más profunda con el judaísmo y fuerzan una colaboración directa en ciertas empresas: la financiación de una película sobre el mítico rey David —del que Epstein se supone descendiente—o la fabulosa continuación de un manuscrito inconcluso de Kafka que custodiaba la heredera de Max Brod.

Las dos son historias de crisis existenciales que desembocan en autorrevelaciones dramáticas. Krauss las conduce con una pericia narrativa que se apoya en motivos recurrentes como el de la desaparición voluntaria o los universos paralelos, en incidentes bien graduados (el robo del abrigo de Epstein con su móvil), desconcertantes sensaciones (la bilocación de Nicole) o secretos históricos restallantes, como que Kafka no murió en 1924 sino en 1956 en Palestina, adonde emigró para vivir como jardinero bajo el nombre de Anshel Peleg. Bien mirada, toda la novela es una crónica oblicua de una única crisis múltiple: literaria, identitaria y personal, acaso la de la autora, que ha sabido rehuir las formas más manidas de la autoficción. En el bloqueo de Nicole ante la novela que ha planeado ambientar en el Hilton repercuten sus dudas sobre la prioridad de su condición de judía sobre la de escritora y la disolución de su matrimonio. Que en realidad Nicole Krauss acabara rompiendo en 2014 su relación con Jonathan Safran Foer —la pareja literaria más célebre de Nueva York después de Paul Auster y Siri Hustvedt— es solo un entretelón biográfico en esta novela espléndida sobre el incierto reencontrarse con uno mismo.